Legado en los huesos

Dolores Redondo (San Sebastián, 1969).

Destino, 2013. 550 Páginas. 18’50 €.

“Tenía miedo y eso no le gustaba nada. No era una necia, sabía que el miedo mantenía vivos, vigilantes y prudentes a los policías, pero el que sentía no era de esa clase que acelera el corazón cuando se detiene a alguien armado; era el otro, el miedo antiguo e íntimo, el que huele a orina y sudor, el viejo miedo en el alma que durante el último año había podido mantener a raya y que ahora reclamaba su territorio.”

Legado en los huesos comienza con Jasón Medina, uno de los detenidos por los crímenes del basajaun en El guardián invisible. Y, de entrada, esto ya supone uno de los logros de la segunda entrega de la Trilogía del Baztán, pues el personaje que enlaza ambas obras era secundario, colateral, anticipando que no estamos sólo ante un nuevo caso que se abre cronológicamente después de cerrarse el anterior, si no que se profundiza en el caso del basajaun partiendo de detalles que se creían cerrados o en los que no se había reparado, avanzando la historia, además de hacia adelante en el tiempo, hacia adentro en profundidad. Es admirable que ambos títulos se unan por tantos puentes transversales, no sólo el cronológico, y Jasón Medina es únicamente uno de ellos.

El horror que Amaia Salazar creía haber conjurado con la resolución del caso del basajaun vuelve al valle en forma de la reactivación de los crímenes. Y con él, las pesadillas del pasado que simplemente estaban en estado de latencia vuelven a asediar a nuestra protagonista, sumiéndola en ese característico ambiente oscuro y opresivo que parece impuesto por los bosques, la humedad, la niebla y el frío de Baztán. Desde los ojos de la Amaia enajenada por sus temores, todos los detalles, hasta los más cotidianos, están envueltos por el halo de magia, misterio y mitología que la donostiarra ha sabido crear en torno al Valle. Todo adquiere tintes épicos, pues contribuye a aumentar o aligerar una atmósfera tan opresiva que parece sólo obra de dioses o héroes.

Redondo usa las mismas armas de la primera entrega. La investigación mantiene en vilo al lector a lo largo de toda la historia, que se diluye sin merma en cien páginas más respecto a la primera. Hay un cambio en la perspectiva desde la que se vive la acción, inclinada aún más hacia lo femenino, condicionado por la recién estrenada maternidad de la inspectora. Los personajes, que ya eran atractivos en la primera entrega, ahora se enriquecen y se nos presentan con más matices. Incluso los secundarios, los que no toman parte protagonista en la acción, tienen una profundidad y un calado propio. Y el marco, Elizondo, sus pedanías y su entorno, es tan nítido como siempre. Es cierto que las referencias a la ambientación pueden acabar siendo repetitivas, usándose los mismos recursos demasiadas veces, e incluso se puede discutir que algunos giros argumentales sean poco claros o algo previsibles. Detalles pequeños que en todo caso no impiden que el Baztán sea por derecho una parada insoslayable en la historia canónica del thriller español contemporáneo.

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