Mes: noviembre 2015

Sicario

Denis Villeneuve, 2015

Guión: Taylor Sheridan

Reparto: Emily Blunt, Benicio Del Toro, Josh Brolin, Daniel Kaluuya

Valoración:   

Fotografía: Roger Deakins

MúsicaJóhann Jóhannsson

Duración: 2 h

 

La última película de Denis Villeneuve, aparte de un thriller solvente y bien ejecutado, es una historia necesaria. Cuenta las vicisitudes de una agente del FBI (Emily Blunt) trasladada a un grupo especial de operaciones contra el narcotráfico en la frontera mejicana. En este grupo conocerá a nuevos compañeros (Benicio del Toro, Josh Brolin) cuyos métodos le hacen replantearse sus principios y redescubrir el problema al que había consagrado su carrera. Uno de los grandes aciertos de la película es crear ambientes cargados de tensión sin necesidad de las clásicas escenas trepidantes de tiroteos y persecuciones, sino basándose en el poder de ciertas situaciones.

Pero decía que, además, era una película necesaria, especialmente en una época en la que, como el personaje de Blunt, nos damos cuenta de que los grandes principios ilustrados y humanistas que nos han permitido atrincherarnos en nuestro primer mundo están en clara tensión ante el desfío de quienes no pueden compartirlos porque siempre han tenido mucho menos que perder que nosotros. Las fronteras de la burbuja utópica en la que vivimos, sea Europa o sea América, se están convirtiendo, cada vez más rápidamente, en zonas de exclusión que nos hacen tomar conciencia de la realidad. Vivimos anestesiados por las comodidades de nuestra sociedad, cuando quizás ahora más que nunca debemos espabilar bruscamente y recordar que nunca hemos dejado de vivir en una jungla sin solución donde la única ley irrenunciable es la que dicta el más fuerte.

El cielo ha vuelto

Clara Sánchez (Guadalajara, 1955).

Planeta (Booket), 2013. 380 Páginas.

 

– Jamás descubráis vuestras debilidades, vosotras sois perfectas -dijo llevándonos a un rincón a Manuela y a mí y poniendo sus huesudas manos sobre nuestros huesudos hombros-. Un escritor puede sudar, a un banquero se le puede abrir la camisa y enseñar un trozo de barriga. A los seres humanos les ocurren percances constantemente, pero vosotras estáis hechas de otra pasta. Sois de carne y hueso como todo el mundo, pero de otra carne y de otro hueso.

 

Por el motivo que sea, hasta Milena o el fémur más bello del mundo no había tenido ocasión de leer ninguna obra galardonada con el Premio Planeta. Y, ciertamente, la obra del mejicano Zeppeda Patterson me sugirió la ilusión de tener por delante una colección de libros ganadores apasionante por descubrir. Ilusión que luego El cielo ha vuelto ha diluido bastante. Y es que quizás los libros menos merecedores de ganar una competición son aquellos que cantan tan descaradamente que han sido escritos sólo para ganar una competición. El cielo ha vuelto es una novela con personajes planos en los que casi no se profundiza, una trama lineal, sencilla y muy predecible que difícilmente concede al lector motivos para seguir adelante y escrito sin ningún tipo de oficio reseñable. Puede dar la sensación de que la autora, viendo la obra en conjunto y desde la distancia, quisiera transmitir algún tipo de mensaje global, una reflexión articulada a través de la aventura que vive Patricia, una supermodelo que descubre que su vida corre verdadero peligro desde que le advirtiera de ello una excéntrica desconocida en un avión. Pero, sea el que sea, el mensaje no llega con nitidez. Es más bien un folletín, una suerte de golosina con la que entretener pobremente unos días y que se olvida tan pronto como se metaboliza. Como mucho, sirve como incursión al mundo de la moda y de las modelos, y como reflexión sobre amar a un artista.

El clan

Pablo Trapero, 2015

Guión: Pablo Trapero, basado en hechos reales

Reparto: Guillermo Francella, Peter Lanzani, Inés Popovich, Gastón Cocchiarale

Valoración:   

Fotografía: Julián Apezteguia

Música: Sebastián Escofet

Duración: 2 h

2015: Festival de Venecia: León de Plata y Mejor Director


Arquímedes Puccio posee muchas cosas en común con Whitey Bulger, el protagonista de la reciente Black Mass. Sobre todo en cuanto a lo indignante de sus historias. Ambos fueron personajes reales, y ambos contaron con la garantía y el amparo institucional para sus crímenes.

El clan Puccio operó entre el final de los 70 y el inicio de los 80 en Argentina, es decir entre el final de la dictadura de las Juntas Militares y el principio de la democracia, constituyendo uno de los más atroces legados de terrorismo de Estado y violación con que cuenta la historia de este país. Se trata de una familia modélica y de un barrio acomodado de Buenos Aires. Incluso, el hijo mayor, Francisco Puccio, era una de las estrellas del combinado nacional de rugby. Bajo la alfombra, este estado de confort está sustentado por las rentas de secuestros, extorsiones y asesinatos perpetrados por el patriarca, Arquíemedes, y el propio Francisco, en colaboración con el resto de miembros de la familia y secuaces. Terror totalmente institucionalizado, pues de dichas rentas resultaba beneficiado el aparato del poder. Con la llegada de la democracia de Alfonsín, a las grandes esferas les dejará de interesar estar involucradas en tan turbios asuntos, y el sistema tratará de excretar a los Puccio con la misma diligencia con la que los sostuvieron cuando los necesitaron.

Pablo Trapiero, un director con un nombre labrado en la denuncia social, nos relata la historia de los Puccio mostrándonoslos en su intimidad, sacando a relucir el violento y genuino contraste entre una vida familiar cariñosa y afectiva que aprende a convivir con los gritos de muerte de los amordazados en el sótano de casa. El clan ha sabido evitar muchos de los fallos de Black Mass. Tanto es así que algo más de metraje no se habría echado de menos, especialmente para indagar en el andamiaje sobre el que se apoyaba la inmunidad de los criminales. En todo caso, es un reflejo certero de una realidad dolorosa traído hasta nosotros sobre las formas de quien demuestra saber narrar desde el dolor y la vergüenza.

Victoria

Sebastian Schipper, 2015

Guión: Olivia Neergaard-Holm, Sebastian Schipper

Reparto: Laia Costa, Frederick Lau, Franz Rogowski, Max Mauff, Burak Yigit, Nadja Laura Mijthab

Valoración:  

Fotografía: Sturla Brandth Grøvlen

Música: Nils Frahm

Duración: 2’5 h

   

  • 2015: Festival de Berlín: Contribución artística sobresaliente
  • 2015 Premios Lola de Cine Alemán: Mejor película, director, actor y actriz

 

Victoria presenta la propuesta innovadora de todo un metraje, nada menos que dos horas y media, en plano secuencia. Es innegable que con ello se consigue hacer partícipe al espectador de los hechos como un personaje más. A esto contribuye el comienzo de la historia, que podría ser la que protagoniza cualquier emigrante de las generaciones tan abocadas como las de hoy al desgarro sin remedio de alejarse de todo y de todos. Y por otro lado, como es imprescindible en un experimento de este tipo, la interpretación sobresaliente de todo el elenco, destacando los protagonistas Laia Costa y Frederick Lau. El efecto por tanto es de acción rápida, eficaz, pero desaparece pronto. Hay varios factores que hacen que se quede en el precedente, en lo innovador, y no en lo magistral. El guion de la protagonista no me pareció del todo creíble, su comportamiento no parece el propio de alguien que se enfrenta solo a una noche en una ciudad desconocida. Además, hacia la mitad de la película, lo que comienza como algo curioso e interesante adopta rápidamente las formas del thriller clásico tantas veces visto, perdiendo gran parte del atractivo de lo original.

Truman

Cesc Gay, 2015

Guión: Cesc Gay, Tomás Aragay

Reparto: Ricardo Darín, Javier Cámara, Dolores Fonzi

Valoración:   2 estrellas

Fotografía: Andreu Rebés

MúsicaNico Cota, Toti Soler

Duración: 1 h 45 ‘

2015: Festival de San Sebastián: Mejor actor (Ricardo Darín y Javier Cámara)


Película de lucimiento para Ricardo Darín y Javier Cámara, labor que se vio cumplidamente reconocida en el último Festival de San Sebastián. La historia que sirve como pretexto es la visita que uno de los amigos hace al otro para despedirse definitivamente al enterarse de que ha decidido poner punto y final al tratamiento dilatorio de su cáncer. La interpretación de ambos protagonistas, destacable pero no inolvidable, se articula en la contención dramática: el personaje interpretado por Cámara se ve obligado a aceptar, en virtud de la amistad y el respeto mutuo, la decisión de su amigo, mientras que el interpretado por Darín, por su parte, decide afrontar el duelo desde la aceptación y la serenidad. Si el argumento del duelo es poco original últimamente, no lo es más el enfoque desde la aceptación, el optimismo y la fortaleza de ánimo, perspectiva tomada por las recientes Bajo la misma estrella (2014) o Yo, él y Raquel (2015). Por otro lado, el personaje de Darín, salpica esta actitud con una extravagancia que transmite poca sensación de realismo, no quedando claro por otro lado si sus comportamientos son innatos o vienen condicionados por la proximidad de la muerte. El comportamiento de su hijo también es extraño. Es como si la originalidad del guion, la puesta en escena o el calado de los personajes hubieran sido desatendidos en virtud de la solera interpretativa de los protagonistas, que se presume suficiente para sacar adelante una película. Y parece serlo, puesto que, por lo demás, Truman resulta amena y simpática.

Juegos de la edad tardía

Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948).

Tusquets, 1989. 400 Páginas.

-¡Exacto! -gritó Gil, con gallos y astillas-. ¿No le he dicho que yo quería ser pensador?

-¿Y a qué espera?

-Es que no se me ocurre nada. Es terrible. Me pongo a pensar y nada. Yo tuve un maestro de niño que decía que los filósofos se dan más en las orillas del mar porque allí la gente come mucho pescado y el pescado tiene mucho fósforo. Solía decir, y perdóneme por la expresión: “Así come el mulo, así caga el culo”. Y aunque es una barbaridad, sin embargo yo creo que el destino de cada uno empieza en la fisiología. Mi problema, por ejemplo, son los ojos. Si los cierro, me ocurre que donde estaban los ojos se forman unos agujeros que los veo con la mente, y veo tantas chirivitas que me distraigo y no puedo pensar. Si los abro me distraen las cosas y tampoco puedo. A mí me admira la gente capaz de pensar hasta en un bazar. Yo enseguida me distraigo, es terrible. Además, me duelen los pies y las muelas, y sufro ardores de estómago. Yo, señor Faroni, nunca podré ser pensador. Yo soy un enfermo, eso es lo que soy -y se oyó como un sollozo reprimido.


Juegos de la edad tardía fue la ópera prima del ya consagrado Luis Landero, escrita a sus 42 años. Tras su publicación, fue galardonado con el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa. Y es que no es una novela del montón; está llamada a formar parte de los nombres propios que en el futuro se estudiarán como Historia de la Literatura en castellano. Yo diría que estos reconocimientos se deben, ante todo, a tres factores que Landero ha demostrado manejar magistralmente: por un lado la forma, la riqueza del estilo, por otro un humor que parece ser característico en el autor, patético y nostálgico, y por otro el perfil psicológico y el calado de su protagonista, Gregorio Olías.

Muy por el estilo de lecturas recientes, como la Intemperie de Jesús Carrasco, Juegos de la edad tardía es, en una de sus facetas, un indiscutible ejercicio de estilo, una demostración por parte del autor de un dominio total sobre el lenguaje. El lector se ve transportado continuamente en viajes descriptivos o reflexivos motivados por el recreo en el lirismo y la artificiosidad de la expresión. Este dominio está en gran parte de las ocasiones puesto al servicio de la descripción de situaciones de gran comicidad. Se trata, como se ha dicho, de un humor melancólico, triste y patético, cervantino, que resulta de hacer pasar los sinsabores de la rutina por el filtro de las ambiciones y los sueños de juventud no realizados del protagonista.

Llegamos así al tercer gran elemento de la novela, el entrañable y a la vez miserable Gregorio Olías. La novela cuenta la evolución de este personaje, siendo la fuerza motriz de la misma la mencionada divergencia entre la descorazonadora existencia en la que se encuentra abandonado, una vida anodina y sin alicientes a la que le ha llevado su apatía y desilusión, y de otra parte sus fantasías, que vemos fraguarse en la infancia y que dibujan excéntricos delirios de brillantez intelectual, indomabilidad de espíritu, exóticas aventuras y desordenados romances. Al menos, como muchos hacemos, Olías puede asirse a la fantasía, al inagotable torrente de su imaginación, que se esparce por toda la novela configurando una atmósfera onírica con la que Gregorio adereza su día a día.

El hecho fatal ocurre con la aparición de Gil, un compañero de trabajo con el que mantiene una relación telefónica. Se presenta entonces ante Gregorio la oportunidad de vivir la ficción con la que siempre ha soñado, de jugar a juegos demasiado peligrosos haciéndose pasar por el personaje idealizado, al que bautizará como Faroni, mentira a la que se suma Gil, que fatalmente necesita un referente con el que consolar sus propias miserias. De esta forma, ambos personajes, ambos por necesidad, acabarán fundiéndose en el gran Faroni en una espiral de rebeldía, nostalgia, embustes, ambiciones frustradas y la amenaza constante del mortal golpe contra la realidad. Es imposible no sentirse identificado con Gregorio Olías porque es un personaje eterno. Su historia es la historia de todos los hombres que en el crepúsculo de sus vidas se descubren varados en una existencia que nunca habían pedido, y que se dan cuenta resignados de que en el viaje han naufragado todas sus ambiciones de hace años. Todos los que alguna vez hemos soñado, hemos aprendido también a conformarnos con destilar nuestros sueños en un pequeño Faroni que vive en nuestro interior, al que veneramos y atesoramos, pero al que nunca, como hace Olías, hemos de dejarle tomar los mandos.

Marte

Ridley Scott, 2015

Guión: Drew Goddard, partiendo de la novela The martian, de Andy Weir

Reparto: Matt Damon, Jessica Chastain, Chiwetel Ejiofor, Jeff Daniels, Kate Mara, Michael Peña, Sean Bean

Valoración:   

Fotografía: Dariusz Wolski

MúsicaHarry Gregson-Williams

Duración: 2 h 20 ‘

 

En un futuro próximo, en el que se supone que son posibles expediciones tripuladas a Marte, el astronauta Mark Whatney (Matt Damon) es abandonado en el planeta rojo por su equipo a causa una desgracia en el momento de despegar de vuelta a la Tierra. Dado por muerto, Whatney se descubre abandonado en la inmensidad de un planeta desconocido e inhóspito. Esta aventura de supervivencia en condiciones extremas y de infinita soledad es originalmente una novela de Andy Weird. Ahora, Ridley Scott, capaz de firmar desde grandes producciones (Gladiator, American Gangster) hasta creaciones francamente mediocres (Exodus, Robin Hood), la convierte en bastidor del lienzo de una narración ágil y efectista que despliega unos magníficos efectos visuales y una gran inteligencia emocional, a través tanto del náufrago espacial en sus avatares, como del equipo de la NASA encargado de traerlo de vuelta, personajes todos ellos con los que es imposible no empatizar y que además nos interpelan a través de conflictos éticos de tan astronómicas dimensiones. Por otro lado, son puntos a su favor la inteligente contextualización en las repercusiones mediáticas, que se mantienen a una distancia prudencial pero siempre están presentes, y la banda sonora, un repertorio nostálgico y celebérrimo que hace un contraste muy original con los escenarios marcianos. Se la ha tachado de chovinista y un tanto publicitaria, y es cierto, pero el resultado final está muy por encima de estos pequeños inconvenientes.