Juegos de la edad tardía

Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948).

Tusquets, 1989. 400 Páginas.

-¡Exacto! -gritó Gil, con gallos y astillas-. ¿No le he dicho que yo quería ser pensador?

-¿Y a qué espera?

-Es que no se me ocurre nada. Es terrible. Me pongo a pensar y nada. Yo tuve un maestro de niño que decía que los filósofos se dan más en las orillas del mar porque allí la gente come mucho pescado y el pescado tiene mucho fósforo. Solía decir, y perdóneme por la expresión: “Así come el mulo, así caga el culo”. Y aunque es una barbaridad, sin embargo yo creo que el destino de cada uno empieza en la fisiología. Mi problema, por ejemplo, son los ojos. Si los cierro, me ocurre que donde estaban los ojos se forman unos agujeros que los veo con la mente, y veo tantas chirivitas que me distraigo y no puedo pensar. Si los abro me distraen las cosas y tampoco puedo. A mí me admira la gente capaz de pensar hasta en un bazar. Yo enseguida me distraigo, es terrible. Además, me duelen los pies y las muelas, y sufro ardores de estómago. Yo, señor Faroni, nunca podré ser pensador. Yo soy un enfermo, eso es lo que soy -y se oyó como un sollozo reprimido.


Juegos de la edad tardía fue la ópera prima del ya consagrado Luis Landero, escrita a sus 42 años. Tras su publicación, fue galardonado con el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa. Y es que no es una novela del montón; está llamada a formar parte de los nombres propios que en el futuro se estudiarán como Historia de la Literatura en castellano. Yo diría que estos reconocimientos se deben, ante todo, a tres factores que Landero ha demostrado manejar magistralmente: por un lado la forma, la riqueza del estilo, por otro un humor que parece ser característico en el autor, patético y nostálgico, y por otro el perfil psicológico y el calado de su protagonista, Gregorio Olías.

Muy por el estilo de lecturas recientes, como la Intemperie de Jesús Carrasco, Juegos de la edad tardía es, en una de sus facetas, un indiscutible ejercicio de estilo, una demostración por parte del autor de un dominio total sobre el lenguaje. El lector se ve transportado continuamente en viajes descriptivos o reflexivos motivados por el recreo en el lirismo y la artificiosidad de la expresión. Este dominio está en gran parte de las ocasiones puesto al servicio de la descripción de situaciones de gran comicidad. Se trata, como se ha dicho, de un humor melancólico, triste y patético, cervantino, que resulta de hacer pasar los sinsabores de la rutina por el filtro de las ambiciones y los sueños de juventud no realizados del protagonista.

Llegamos así al tercer gran elemento de la novela, el entrañable y a la vez miserable Gregorio Olías. La novela cuenta la evolución de este personaje, siendo la fuerza motriz de la misma la mencionada divergencia entre la descorazonadora existencia en la que se encuentra abandonado, una vida anodina y sin alicientes a la que le ha llevado su apatía y desilusión, y de otra parte sus fantasías, que vemos fraguarse en la infancia y que dibujan excéntricos delirios de brillantez intelectual, indomabilidad de espíritu, exóticas aventuras y desordenados romances. Al menos, como muchos hacemos, Olías puede asirse a la fantasía, al inagotable torrente de su imaginación, que se esparce por toda la novela configurando una atmósfera onírica con la que Gregorio adereza su día a día.

El hecho fatal ocurre con la aparición de Gil, un compañero de trabajo con el que mantiene una relación telefónica. Se presenta entonces ante Gregorio la oportunidad de vivir la ficción con la que siempre ha soñado, de jugar a juegos demasiado peligrosos haciéndose pasar por el personaje idealizado, al que bautizará como Faroni, mentira a la que se suma Gil, que fatalmente necesita un referente con el que consolar sus propias miserias. De esta forma, ambos personajes, ambos por necesidad, acabarán fundiéndose en el gran Faroni en una espiral de rebeldía, nostalgia, embustes, ambiciones frustradas y la amenaza constante del mortal golpe contra la realidad. Es imposible no sentirse identificado con Gregorio Olías porque es un personaje eterno. Su historia es la historia de todos los hombres que en el crepúsculo de sus vidas se descubren varados en una existencia que nunca habían pedido, y que se dan cuenta resignados de que en el viaje han naufragado todas sus ambiciones de hace años. Todos los que alguna vez hemos soñado, hemos aprendido también a conformarnos con destilar nuestros sueños en un pequeño Faroni que vive en nuestro interior, al que veneramos y atesoramos, pero al que nunca, como hace Olías, hemos de dejarle tomar los mandos.

Anuncios

2 comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s