El clan

Pablo Trapero, 2015

Guión: Pablo Trapero, basado en hechos reales

Reparto: Guillermo Francella, Peter Lanzani, Inés Popovich, Gastón Cocchiarale

Valoración:   

Fotografía: Julián Apezteguia

Música: Sebastián Escofet

Duración: 2 h

2015: Festival de Venecia: León de Plata y Mejor Director


Arquímedes Puccio posee muchas cosas en común con Whitey Bulger, el protagonista de la reciente Black Mass. Sobre todo en cuanto a lo indignante de sus historias. Ambos fueron personajes reales, y ambos contaron con la garantía y el amparo institucional para sus crímenes.

El clan Puccio operó entre el final de los 70 y el inicio de los 80 en Argentina, es decir entre el final de la dictadura de las Juntas Militares y el principio de la democracia, constituyendo uno de los más atroces legados de terrorismo de Estado y violación con que cuenta la historia de este país. Se trata de una familia modélica y de un barrio acomodado de Buenos Aires. Incluso, el hijo mayor, Francisco Puccio, era una de las estrellas del combinado nacional de rugby. Bajo la alfombra, este estado de confort está sustentado por las rentas de secuestros, extorsiones y asesinatos perpetrados por el patriarca, Arquíemedes, y el propio Francisco, en colaboración con el resto de miembros de la familia y secuaces. Terror totalmente institucionalizado, pues de dichas rentas resultaba beneficiado el aparato del poder. Con la llegada de la democracia de Alfonsín, a las grandes esferas les dejará de interesar estar involucradas en tan turbios asuntos, y el sistema tratará de excretar a los Puccio con la misma diligencia con la que los sostuvieron cuando los necesitaron.

Pablo Trapiero, un director con un nombre labrado en la denuncia social, nos relata la historia de los Puccio mostrándonoslos en su intimidad, sacando a relucir el violento y genuino contraste entre una vida familiar cariñosa y afectiva que aprende a convivir con los gritos de muerte de los amordazados en el sótano de casa. El clan ha sabido evitar muchos de los fallos de Black Mass. Tanto es así que algo más de metraje no se habría echado de menos, especialmente para indagar en el andamiaje sobre el que se apoyaba la inmunidad de los criminales. En todo caso, es un reflejo certero de una realidad dolorosa traído hasta nosotros sobre las formas de quien demuestra saber narrar desde el dolor y la vergüenza.

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