La regla del oro

Juana Salabert (París, 1962).

Alianza, 2015. 1ª ed. 320 Páginas.

 

– Cuidado con lo que insinúas, muchacho. A ver si por hacerle caso a Berta y esbozarte un retrato somero me las voy a ver encabezando vuestra lista de sospechosos a mis años. No soy tu “vengador”, como tildaba hace un par de horas en titulares al asesino esa prensa casi siempre más pendiente de bobas anécdotas y de los ciento cuarenta caracteres tuiteados en todo momento por cualquier politicastro que del golpe de mano germánico en un continente de soberanías secuestradas donde la Gran Alemania ya no precisa de la Wehrmacht para saquear. […]

 

En los últimos tiempos ha surgido un género literario (y cinematográfico) que viene denominándose ‘literatura de la crisis’. O quizás debiéramos decir que ha resurgido, de un estado de latencia durante tiempos más esperanzadores. La cuestión es que, en el contexto de esta decadencia económica y social encuentran su marco bastantes obras y autores. Y está teniendo buena acogida; parece que la constatación de una época crepuscular no impide abstraerse de ella. Hablamos, por ejemplo, de los exitosos Besos en el pan de Almudena Grandes, de los Hombres desnudos de Alicia Giménez Bartlett, último Premio Planeta, o de la saga del inspector Haritos del griego Petros Markaris. Y en 2015 contamos con la aportación de Juana Salabert (París, 1962), Premio Nadal 1996 por Arde lo que será y finalista del Nacional de Narrativa 2005 por La noche ciega, entre otros reconocimientos.

En La regla del oro la miseria se ceba, durante las Navidades del 2012 en Madrid, sobre el gremio en auge de los ‘comprooro’ en forma de un asesino en serie que pretende castigar el desalmado oportunismo de prosperar a costa de la pobreza y la alienación ajenas. Pretende la autora que la situación económica, antes que un marco, sea un personaje más, concretamente el principal antagonista, como el valle de Baztán de Dolores Redondo. Que su yugo esté omnipresente, la fuerza motriz que gobierna todas las acciones y causa todos los quebrantos.

En este intento creo que hay un grave problema con la falta de sutilidad de las formas, que se ven reducidas en demasiadas ocasiones a consignas panfletarias de poca maduración y un tanto burdas. Además, esta crispación se introduce muchas veces en forma de arengas totalmente insospechadas, a contrapié. La cita de arriba puede ser un ejemplo. Por otro lado, muchos pasajes pretenden un lirismo de factura dudosa, lo cual es más chocante si se introduce en conversaciones informales y adultera los registros: «¿Prefiere que le revele que de joven mató a Kennedy, aunque quien luego obtuviera magnicida fama póstuma fuera el retrasado de Ostwald?» (página 165).

Es mi primera novela de esta autora. Confieso que me enfrentaba a ella sin mucha atención (aún con la cabeza en el Reino de Carrère), e, incapaz de zambullirme completamente en ella por detalles como los mencionados, la tomo como un lapsus en una carrera que, por el reconocimiento recibido, debe ser tenida en cuenta.

 

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