Mes: febrero 2016

En la orilla

Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna -Valencia-, 1949).

Anagrama 2013. 11ª ed. 437 Páginas.

Muy cerca del campamento de chabolas, desarrollan su actividad dos chamarileros que amontonan ferralla y han sembrado el paisaje de mutiladas carrocerías de automóviles, neveras, lavadoras y viejos aparatos de aire acondicionado; todo eso, a unos centenares de metros de las urbanizaciones que se anuncian como lujosas en grandes carteles levantados junto a la carretera. A la gente le da todo igual; mientras no le tiren la basura del otro lado de la tapia, ni le llegue el olor de podredumbre a la terraza, se puede hundir el mundo en la mierda.  (p. 36).

 

En agosto del año pasado, unas páginas marginales de una sección también marginal en los periódicos, la de cultura, se hacían eco de la muerte de Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna, Valencia, 1949). Entonces yo aún no había leído En la orilla. Conocía a Chirbes por la repercusión de su obra, y su muerte me causó la vaga sensación de oportunidades perdidas por un autor de obras reconocidas pero a las que aún no se ha tenido la oportunidad de acceder. Conocía Crematorio, una obra que por lo que había leído recordaba que orbitaba en torno a la especulación en España, y que se llevó a la televisión en forma de serie. La novela fue Premio de la Crítica en 2007.

Ahora hace pocos días que terminé En la orilla. Pero mucho antes de terminarla, incluso cuando el lector apenas la ha comenzado, empieza a forjarse la certeza de la riqueza y de la capacidad para la disección de la condición humana, en especial de la condición social española, que atesoran sus páginas. Es una obra monumental. Ha sido considerado el mejor libro en castellano de 2013, año de su publicación. Ha recibido el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros reconocimientos. Y muchos la consideran la novela definitiva sobre la crisis.

 

Es cierto que es una novela “de la crisis”, pero no creo que este sea el tema central. La crisis es un escenario, capital, muy influyente; es la fuerza motriz, el viento que mueve las aspas para la molienda de la oscuridad y la podredumbre a la que se asiste. Estas sí son las tesis principales del libro. La crisis no es más que un catalizador, un acelerador, que viene a sacar lo peor del hombre, a infectar una herida moral, de valores, de sociedad, que ya teníamos abierta y latente en el alma.

Herida plasmada en el caso particular de unos pequeños pueblos ficticios del Levante, del tipo de los que vieron nacer al autor y debe conocer bien, Olba y Misent. El primero, de interior, agrícola, donde el tiempo se detiene y donde todo el mundo conoce a todo el mundo. El segundo, costero y sobreurbanizado, desierto en temporada baja y atestado en verano de turistas y de miserias importadas. La España profunda y salvaje y la España superficial y hortera. En estos escenarios, al calor de la implosión de pelotazos inmobiliarios y del descalabro económico, se cocinan nuestras castizas bajezas, y se toma el pulso a todo un país y una época. La crisis ha venido a ser una batalla para la que ha quedado claro que no estábamos preparados. Leer En la orilla es bañarse en el lodazal de esta decadencia económica y moral, en el lodazal de los pantanos pestilentes y contaminados de Olba. Cada acto de abrir el libro y retomar la lectura es otra zambullida en el barro, en la desesperación y en la brutalidad.

La actitud es de pesimismo. ¿Acaso cabe otra? Pesimismo teñido de abandono, de impotencia. Y de rabia. Las miserias de la cotidianidad son cogidas por Chirbes de las solapas y zarandeadas violentamente, en un grito de indignación. Rabia lanzada contra una multitud de objetivos. Paro, fracaso a los ojos de los hijos, y a los de uno mismo, el naufragio de las ilusiones de juventud, las envidias, las traiciones, la falta de valor y de valores, los recuerdos que nos torturan y que nos hacen torturar a los demás, los prejuicios, los abusos, el racismo, el machismo… Estos son los fantasmas de los personajes de Chirbes. Y también los fantasmas de nuestros días, por eso parecen tan increíblemente reales. Un reflejo de nosotros mismos, un ejercicio de lucidez y transparencia apabullante. Todas estas ideas se amontonan en párrafos, sobreviniendo una a la anterior. Un estilo apelmazado, sin puntos y aparte, casi sin espacios en blanco, que parece intencionadamente abrumador, en rima con el espíritu de la obra. Las acciones simultáneas a las reflexiones se introducen incluso entre paréntesis. Y queda también hueco para aportaciones estilísticas sorprendentes.

 

Atrapados en la infección de la crisis, los personajes de Chirbes comienzan a supurar oscuridad, turbios pasados y falta de moralidad. Pero también mucho dolor. Ya no se cuenta con la narcótica anestesia de la bonanza económica. Resulta que además de cómplices somos las víctimas de nuestra propia vileza. De ahí la añoranza y la melancolía de la infancia y de los sueños frustrados que empapa toda la obra. Y es que en el altar de los sueños se ha sacrificado demasiado; un hogar más allá del terruño donde se nace, un oficio más allá del heredado. Una vida más allá de la heredada. Un destino. Por esto son tan importantes las figuras de los personajes como Francisco, que pudieron encontrar alternativas a esta predestinación y que ahora son objetivo de tantas envidias.

También tiene importancia en la obra el tema de la familia y la amistad, laboratorios en miniatura para desahogar las frustraciones y la falta de ilusión. Para las traiciones y la desconfianza. Donde se escarmienta en carne ajena o se celebra la deslealtad y el cinismo. “Los matrimonios que mejor funcionan son los de conveniencia”, se discute en algún momento.

Hay mucho espacio también para la relación con el padre. El padre se identifica con un pasado de guerra, posguerra y represión del que heredamos una estructura social basada en el maniqueísmo de vencedores y vencidos separados por un abismo de rencores y represalias. En poblaciones pequeñas este abismo es aún más difícil de olvidar. Y es aún más difícil evitar que contamine los afectos paternales. Que invada el territorio del amor y del cariño.

 

Terminada la lectura, lo que antes era distante respeto ahora es franca veneración. La muerte de Chirbes pasa de inspirarme una vaga pérdida y la vivo con la íntima soledad de saber extinta la luz de uno de los pocos faros que aún nos iluminaba. Como los estercoleros de Olba, seguimos descomponiéndonos lentamente, pero ahora más en la oscuridad, sin los rayos de luz delatores que son su testimonio y que denunciaban la mierda que se mece a nuestros pies; en la orilla.

La juventud

Paolo Sorrentino, 2015

Guión: Paolo Sorrentino.

Reparto: Michael Caine, Harvey Keitel, Rachel Weisz, Paul Dano

Valoración:   

Música: David Lang; Fotografía: Luca Bigazzi; Duración: 118′

 

  • 2015: Óscar: Nominada a mejor canción
  • 2015: Premios César: Nominada a mejor película extranjera
  • 2015: Globos de Oro: Nominada a mejor actriz de reparto (Fonda) y canción original
  • 2015: Premios del Cine Europeo: Mejor película, director y actor (Michael Caine)
  • 2015: Satellite Awards: Nominada a Mejor actriz de reparto (Jane Fonda)
  • 2015: Critics Choice Awards: Nominada a mejor canción original

 

Tras el éxito de La gran belleza, Sorrentino parece querer reutilizar la fórmula que fuera merecedora del Óscar. Vuelve la nostalgia. Lo que en su anterior película era desdén por la vida es ahora añoranza por la juventud perdida, por los años sacrificados en el altar de un sueño estigmatizante: el arte, una vez más. En La gran belleza Jep Gambardella era un escritor de éxito, y ahora Fred Ballinger (Michael Caine) es un compositor musical de fama mundial. El mismo prototipo de antihéroe rumia su melancolía en un balneario de lujo en los Alpes suizos, donde los fantasmas del pasado se amontonan entre imágenes de decadente belleza. Se puede criticar la falta de originalidad. Estamos ante una versión de La gran belleza en miniatura. Pero lo que no se le puede negar a Sorrentino es la capacidad para los alardes de crepuscular elocuencia gráfica. La poesía hecha cine. Entre grandes personalidades y viejas glorias de fama mundial en irreversible proceso de descomposición, cegadores destellos de perfección que contrastan grotescamente con las ruinas de lo efímero.

 

Macbeth

Justin Kurzel, 2015

Guión: Todd Louiso, Jacob Koskoff, Michael Lesslie, basado en la obra original de Shakespeare.

Reparto: Michael Fassbender, Marion Cotillard, David Thewlis, Elizabeth Debicki, Jack Reynor, Sean Harris

Valoración:   

Música: Jed Kurzel; Fotografía: Adam Arkapaw; Duración: 113′

 

  • 2015: Festival de Cannes: Sección oficial largometrajes a concurso
  • 2015: Premios Goya: Nominada a mejor película europea
  • 2015: Satellite Awards: Nominada a mejor dirección artística y vestuario

 

Nueva adaptación del clásico de Shakespeare que narra la ambición desmedida del noble escocés, alimentada por los vaticinios de unas misteriosas brujas, y que le empujan a enloquecer y a la más alta traición. Esta versión, celebrada pero que no parece estar a la altura de los clásicos de Orson Wells o de Kurosawa (los cuales yo no he visto), puede contar en su haber con una ambientación basada en una fotografía espectacular, que bien se merece nombrar al autor, Adam Arkapaw, y con una interpretación notable por parte de Michael Fassbender, si bien yo también destacaría a Marion Cotillard y a Sean Harris como personaje secundario.

La forma de narrar épica y onírica por la que opta Kurzel está en gran sintonía con los delirios en los que sucumbe el protagonista y que desde su creación resuenan a lo largo y ancho de toda la historia de la literatura universal.

 

Literatura: instrucciones de uso

¿Leer puede hacerte más feliz? […] Prefiero amenazar con un no leer seguro que te hace más tonto. Mucho más tonto de lo que piensas. Más que eso que estás pensando. (Rodrigo Fresán)

 

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/02/03/actualidad/1454497660_313853.html

 

Precisamente a los pocos días de leer el último libro de Manuel Rivas, muy en esta línea otra reivindicación de la literatura, de esas que da gusto encontrarse, esta vez a cargo del escritor y periodista argentino Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963). La literatura como herramienta para el crecimiento personal, para la lucidez, para la madurez, como anestésico para digerir la infelicidad y como garantía de serenidad.

 

 

El último día de Terranova

Manuel Rivas (A Coruña, 1957).

Alfaguara 2015. 1ª ed. 275 Páginas. Trad. del gallego de Dolores Torres París.

 

Están ahí los dos, al pie del Faro, en las rocas fronterizas. Ella y él. Los furtivos.

Estoy de pie frente al mar y tengo miedo a girarme, a darles la espalda, y que todo desaparezca para siempre. También ellos. Que cuando me vuelva, solo encuentre un inmenso vacío partido por la Línea del Horizonte, una línea fósil, sin recuerdos que se muevan en ella como ahora lo hace Garúa en bicicleta con su lote de libros en las alforjas.

 

El último día de Terranova es el retrato de una forma especial de vida, universal, a través de unas vidas concretas, las de los dueños y habitantes de esta librería de pueblo coruñesa. Sus habitantes presentes, el anciano Vicenzo Fontana, y sus habitantes pasados, sus padres y su tío Eliseo y la enigmática Garúa. Usando las voces de estos personajes, Rivas (La Coruña, 1957) canta a los libros y a la literatura, y a su poder para hacernos, como ninguna otra cosa, libres y buenos, y por tanto valientes. Lo suficiente como para oponerse a la ominosa fuerza de lo que Rivas llama “el vacío”: la irracionalidad, la intolerancia, el fanatismo y la barbarie. La incultura. Una incultura encarnada en la posguerra española y en las dictaduras franquista y argentina, unas épocas en las que el saber, más que una necesidad, se consideraba una ponzoña. Y también para oponerse a la enfermedad, a la poliomelitis que Vicenzo carga desde niño.

El último día de Terranova es, por tanto, un homenaje a la literatura y a su papel como herramienta indispensable para la vida. Y creo que es precisamente este alegato, el poder transformador de la cultura, su principal punto fuerte. Aunque en muchas ocasiones pareciera que la inspiración de Rivas, más que la literatura, es el propio acto de la celebración, y la potencia del mensaje se diluye.

Recae también en El último día de Terranova mucha importancia sobre el tema recurrente en literatura de la relacion con el padre. En este caso, con el padre del anciano Vicenzo, Amaro, el “hombre borrado”. Estamos ante un personaje muy atractivo y magníficamente trazado, mecido por la serenidad del conocimiento, pero también desolado, erosionado por el dolor de los recuerdos y la represión, plasmados en un estado de ánimo triste y continuamente ausente.

Todos estos momentos más dramáticos, como los que colman la memoria de Amaro Fontana, o los que sufren muchos de los personajes de la obra, son manejados por Rivas sin edulcoraciones, como latigazos insospechados.

En cuanto a la técnica, diría que la obra está construida en un culturalismo que me resulta excesivo. A lo largo de extensos pasajes, como las cien primeras páginas, hace el relato críptico. En otros momentos, desconcertante, con demasiados giros, saltos temporales y alusiones tangenciales, en un intento de poetizar la narración que al final oculta la potencia del mensaje en favor de un extraño vanguardismo en el estilo.

El lejano país de los estanques

Lorenzo Silva (Madrid, 1966).

Destino (Planeta), colección Áncora y Delfín, 1998. 1ª ed., 2ª imp., 2013. 245 Páginas.

 

Yo también fui bella un día, antes de corromperme, y puedo afirmar como tú no pudiste que la belleza del cuerpo es, mientras dura, el signo con que los dioses enaltecen fugazmente a los hombres. No es posible no querer a los dioses y no era posible no quererte, hasta el dolor, hasta la vergüenza, incluso hasta el crimen.

 

Con El lejano país de los estanques da comienzo la serie de novelas policiacas protagonizadas por los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro. Para mí, esta novela ha sido ante todo la constatación de que estamos ante uno de los grandes. No es la más premiada de Lorenzo Silva, que cuenta con un representativo muestrario de los premios literarios en castellano, entre los cuales, la serie de Bevilacqua y Chamorro ha sido reconocida con el Nadal (El alquimista impaciente, 2000, segunda entrega) y el Planeta (La marca del meridiano, 2012, octava y última entrega). Y aun así es una novela policiaca de bandera a todos los niveles. La trama consiste en el esclarecimiento de un asesinato cometido en un típico pueblo turístico de Mallorca, de los de cala y puerto, e hileras de urbanizaciones colonizadas por alemanes. Creo que los personajes están bastante bien perfilados, evolucionan a lo largo de la novela de forma natural, son creíbles y tienen muchas facetas que quedan pendientes de explotar en entregas posteriores. A la atracción de los protagonistas contribuye un estilo, que si bien en ocasiones tendente al enrevesamiento o a lo epíteto (como con el comandante Zaplana o el brigada Perelló), es certero y eficiente. No sólo a la hora de dibujar psiquismos, también a la de trasportarnos a escenarios en los que la oscuridad del crimen convive con la luz de la costa mediterránea en una tensión bien afinada.

Por otro lado, El lejano país de los estanques explota un recurso con el que no me había cruzado hasta ahora: una investigación realizada casi completamente de incógnito, en la que los investigadores vestidos de paisano se hacen pasar por turistas y obtienen información de los posibles testigos después de granjearse su amistad.

Y, además, jalonando el desarrollo de los hechos, hay espacio para trazas de reflexión que se apartan del propósito meramente narrativo y que orbitan en torno a la belleza, su caducidad, el eterno tempus fugit manriqueño, y el poder que nos otorga, o más bien que nosotros decidimos otorgarle.

Una buena novela quizás deba dejarte con ganas de más, y si el punto de partida es éste, la serie de Bevilacqua y Chamorro promete merecer su estatus como referente en la novela contemporánea, y Lorenzo Silva como una figura señera en el panorama narrativo en castellano. Y como Guardia Civil Honorario, por cierto.

No es mi tipo

Lucas Belvaux, 2014

Guión: Lucas Belvaux, de la novela homónima de Philippe Vilain, premio Scrivere per amore 2012

Reparto: Emilie Dequenne, Loïc Corbery, Sandra Nkake

Valoración:   

Música: Frédéric Vercheval; Fotografía: Pierric Gantelmi d’Ille; Duración: casi 2h

 

  • 2014: Premios César: 2 nominaciones, incluyendo Mejor actriz (Emilie Dequenne)

 

Un profesor de instituto de filosofía, intelectual consolidado en París y autor de varios libros, es destinado a Arrás, una pequeña localidad de unos pocos más de cuarenta mil habitantes, a la que por cierto la fotografía le saca muy buen partido. Adicto, como estereotipo del pensador parisino, a la capital, le aterra la idea de criar malvas en un pueblucho dejado de la mano de Dios. Allí conoce a una joven peluquera con la que comienza una relación, más como forma de combatir el marchitamiento que por verdadero interés. Pronto, las incompatibilidades entre un intelectual atormentado y una despreocupada peluquera salen a la luz, tomando la forma de profundos problemas de comunicación y entendimiento.

El problema es que, aunque se plantean temas interesantes, aunque se bordea la soledad, la exigencia sentimental o la confidencia, todo está cubierto por una costra de puerilidad y desaprensión muy difícil de digerir. Yo diría que es intencionada. El personaje protagonista, el profesor de filosofía, es bastante cargante; su compañera de instituto suena muy forzada; y el personaje de Jenny, la peluquera, es sencillamente una niña de diez años en el cuerpo de una mujer de treinta. Una reflexión que podría ser interesante se presenta con una edulcoración tan extraña que acaba malograda. Quizás en un futuro alguien recoja la idea y pueda hacerle justicia en un remake más adulto.