El último día de Terranova

Manuel Rivas (A Coruña, 1957).

Alfaguara 2015. 1ª ed. 275 Páginas. Trad. del gallego de Dolores Torres París.

 

Están ahí los dos, al pie del Faro, en las rocas fronterizas. Ella y él. Los furtivos.

Estoy de pie frente al mar y tengo miedo a girarme, a darles la espalda, y que todo desaparezca para siempre. También ellos. Que cuando me vuelva, solo encuentre un inmenso vacío partido por la Línea del Horizonte, una línea fósil, sin recuerdos que se muevan en ella como ahora lo hace Garúa en bicicleta con su lote de libros en las alforjas.

 

El último día de Terranova es el retrato de una forma especial de vida, universal, a través de unas vidas concretas, las de los dueños y habitantes de esta librería de pueblo coruñesa. Sus habitantes presentes, el anciano Vicenzo Fontana, y sus habitantes pasados, sus padres y su tío Eliseo y la enigmática Garúa. Usando las voces de estos personajes, Rivas (La Coruña, 1957) canta a los libros y a la literatura, y a su poder para hacernos, como ninguna otra cosa, libres y buenos, y por tanto valientes. Lo suficiente como para oponerse a la ominosa fuerza de lo que Rivas llama “el vacío”: la irracionalidad, la intolerancia, el fanatismo y la barbarie. La incultura. Una incultura encarnada en la posguerra española y en las dictaduras franquista y argentina, unas épocas en las que el saber, más que una necesidad, se consideraba una ponzoña. Y también para oponerse a la enfermedad, a la poliomelitis que Vicenzo carga desde niño.

El último día de Terranova es, por tanto, un homenaje a la literatura y a su papel como herramienta indispensable para la vida. Y creo que es precisamente este alegato, el poder transformador de la cultura, su principal punto fuerte. Aunque en muchas ocasiones pareciera que la inspiración de Rivas, más que la literatura, es el propio acto de la celebración, y la potencia del mensaje se diluye.

Recae también en El último día de Terranova mucha importancia sobre el tema recurrente en literatura de la relacion con el padre. En este caso, con el padre del anciano Vicenzo, Amaro, el “hombre borrado”. Estamos ante un personaje muy atractivo y magníficamente trazado, mecido por la serenidad del conocimiento, pero también desolado, erosionado por el dolor de los recuerdos y la represión, plasmados en un estado de ánimo triste y continuamente ausente.

Todos estos momentos más dramáticos, como los que colman la memoria de Amaro Fontana, o los que sufren muchos de los personajes de la obra, son manejados por Rivas sin edulcoraciones, como latigazos insospechados.

En cuanto a la técnica, diría que la obra está construida en un culturalismo que me resulta excesivo. A lo largo de extensos pasajes, como las cien primeras páginas, hace el relato críptico. En otros momentos, desconcertante, con demasiados giros, saltos temporales y alusiones tangenciales, en un intento de poetizar la narración que al final oculta la potencia del mensaje en favor de un extraño vanguardismo en el estilo.

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