En la orilla

Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna -Valencia-, 1949).

Anagrama 2013. 11ª ed. 437 Páginas.

Muy cerca del campamento de chabolas, desarrollan su actividad dos chamarileros que amontonan ferralla y han sembrado el paisaje de mutiladas carrocerías de automóviles, neveras, lavadoras y viejos aparatos de aire acondicionado; todo eso, a unos centenares de metros de las urbanizaciones que se anuncian como lujosas en grandes carteles levantados junto a la carretera. A la gente le da todo igual; mientras no le tiren la basura del otro lado de la tapia, ni le llegue el olor de podredumbre a la terraza, se puede hundir el mundo en la mierda.  (p. 36).

 

En agosto del año pasado, unas páginas marginales de una sección también marginal en los periódicos, la de cultura, se hacían eco de la muerte de Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna, Valencia, 1949). Entonces yo aún no había leído En la orilla. Conocía a Chirbes por la repercusión de su obra, y su muerte me causó la vaga sensación de oportunidades perdidas por un autor de obras reconocidas pero a las que aún no se ha tenido la oportunidad de acceder. Conocía Crematorio, una obra que por lo que había leído recordaba que orbitaba en torno a la especulación en España, y que se llevó a la televisión en forma de serie. La novela fue Premio de la Crítica en 2007.

Ahora hace pocos días que terminé En la orilla. Pero mucho antes de terminarla, incluso cuando el lector apenas la ha comenzado, empieza a forjarse la certeza de la riqueza y de la capacidad para la disección de la condición humana, en especial de la condición social española, que atesoran sus páginas. Es una obra monumental. Ha sido considerado el mejor libro en castellano de 2013, año de su publicación. Ha recibido el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros reconocimientos. Y muchos la consideran la novela definitiva sobre la crisis.

 

Es cierto que es una novela “de la crisis”, pero no creo que este sea el tema central. La crisis es un escenario, capital, muy influyente; es la fuerza motriz, el viento que mueve las aspas para la molienda de la oscuridad y la podredumbre a la que se asiste. Estas sí son las tesis principales del libro. La crisis no es más que un catalizador, un acelerador, que viene a sacar lo peor del hombre, a infectar una herida moral, de valores, de sociedad, que ya teníamos abierta y latente en el alma.

Herida plasmada en el caso particular de unos pequeños pueblos ficticios del Levante, del tipo de los que vieron nacer al autor y debe conocer bien, Olba y Misent. El primero, de interior, agrícola, donde el tiempo se detiene y donde todo el mundo conoce a todo el mundo. El segundo, costero y sobreurbanizado, desierto en temporada baja y atestado en verano de turistas y de miserias importadas. La España profunda y salvaje y la España superficial y hortera. En estos escenarios, al calor de la implosión de pelotazos inmobiliarios y del descalabro económico, se cocinan nuestras castizas bajezas, y se toma el pulso a todo un país y una época. La crisis ha venido a ser una batalla para la que ha quedado claro que no estábamos preparados. Leer En la orilla es bañarse en el lodazal de esta decadencia económica y moral, en el lodazal de los pantanos pestilentes y contaminados de Olba. Cada acto de abrir el libro y retomar la lectura es otra zambullida en el barro, en la desesperación y en la brutalidad.

La actitud es de pesimismo. ¿Acaso cabe otra? Pesimismo teñido de abandono, de impotencia. Y de rabia. Las miserias de la cotidianidad son cogidas por Chirbes de las solapas y zarandeadas violentamente, en un grito de indignación. Rabia lanzada contra una multitud de objetivos. Paro, fracaso a los ojos de los hijos, y a los de uno mismo, el naufragio de las ilusiones de juventud, las envidias, las traiciones, la falta de valor y de valores, los recuerdos que nos torturan y que nos hacen torturar a los demás, los prejuicios, los abusos, el racismo, el machismo… Estos son los fantasmas de los personajes de Chirbes. Y también los fantasmas de nuestros días, por eso parecen tan increíblemente reales. Un reflejo de nosotros mismos, un ejercicio de lucidez y transparencia apabullante. Todas estas ideas se amontonan en párrafos, sobreviniendo una a la anterior. Un estilo apelmazado, sin puntos y aparte, casi sin espacios en blanco, que parece intencionadamente abrumador, en rima con el espíritu de la obra. Las acciones simultáneas a las reflexiones se introducen incluso entre paréntesis. Y queda también hueco para aportaciones estilísticas sorprendentes.

 

Atrapados en la infección de la crisis, los personajes de Chirbes comienzan a supurar oscuridad, turbios pasados y falta de moralidad. Pero también mucho dolor. Ya no se cuenta con la narcótica anestesia de la bonanza económica. Resulta que además de cómplices somos las víctimas de nuestra propia vileza. De ahí la añoranza y la melancolía de la infancia y de los sueños frustrados que empapa toda la obra. Y es que en el altar de los sueños se ha sacrificado demasiado; un hogar más allá del terruño donde se nace, un oficio más allá del heredado. Una vida más allá de la heredada. Un destino. Por esto son tan importantes las figuras de los personajes como Francisco, que pudieron encontrar alternativas a esta predestinación y que ahora son objetivo de tantas envidias.

También tiene importancia en la obra el tema de la familia y la amistad, laboratorios en miniatura para desahogar las frustraciones y la falta de ilusión. Para las traiciones y la desconfianza. Donde se escarmienta en carne ajena o se celebra la deslealtad y el cinismo. “Los matrimonios que mejor funcionan son los de conveniencia”, se discute en algún momento.

Hay mucho espacio también para la relación con el padre. El padre se identifica con un pasado de guerra, posguerra y represión del que heredamos una estructura social basada en el maniqueísmo de vencedores y vencidos separados por un abismo de rencores y represalias. En poblaciones pequeñas este abismo es aún más difícil de olvidar. Y es aún más difícil evitar que contamine los afectos paternales. Que invada el territorio del amor y del cariño.

 

Terminada la lectura, lo que antes era distante respeto ahora es franca veneración. La muerte de Chirbes pasa de inspirarme una vaga pérdida y la vivo con la íntima soledad de saber extinta la luz de uno de los pocos faros que aún nos iluminaba. Como los estercoleros de Olba, seguimos descomponiéndonos lentamente, pero ahora más en la oscuridad, sin los rayos de luz delatores que son su testimonio y que denunciaban la mierda que se mece a nuestros pies; en la orilla.

Anuncios

3 comments

  1. Un gran libro, sí señor, pero que tienes que leer cuando no tengas una temporada baja, si no… Recuerdo que me dejó contra las cuerdas, porque dice grandísimas verdades. Una lástima la muerte de este gran escritor.
    Tengo pendiente su última novela, París-Austerlitz

    Un saludo, Sergio.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s