Todo lo que era sólido

Antonio Muñoz Molina (Úbeda -Jaén-, 1956).

Seix Barral, 2013. 14ª ed. 253 páginas.

 

Hay que saber qué se olvida, y qué se recuerda. No se puede olvidar el valor y la precariedad de lo bueno que se ha conquistado porque entonces se olvidará también la necesidad de su defensa constante. (pág 203)

 

He de confesar que la inspiración para escribir esta reseña se la debo al programa El Intermedio, de La Sexta. El día 10 de marzo entrevistaron a Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor de la Universidad Carlos III que acaba de publicar La desfachatez intelectual, en el que denuncia la vacuidad, la falta de contenido, de la que adolecen en muchas ocasiones las opiniones políticas vertidas por la clase intelectual. Aprovechando más su renombre, su originalidad, su dominio del lenguaje o su vehemencia, se permiten restar importancia al rigor y al contraste. Y como ejemplo, se citó precisamente la obra que yo me disponía a comentar, este Todo lo que era sólido de Muñoz Molina (Úbeda -Jaén-, 1956). Darme cuenta de que yo le veía los mismos defectos a este ensayo me hace sentir un estúpido orgullo. Yo pensaba compararlo con Mañana será tarde, de José Antonio Zarzalejos (Planeta, 2015), sugiriendo quizás las diferencias de forma que se pueden encontrar entre un ensayo escrito por un periodista y otro escrito por un novelista, un literato o un intelectual en el sentido más frecuente. Diferencias que afectan en primer lugar a la importancia de las cifras y los datos, y en segundo lugar al estilo y al carácter sugerente frente al exhaustivo. En este libro, tenemos que esperar hasta la página 143 (de 252) para encontrar los primeros datos objetivos. En ocasiones se vuelve a las mismas ideas de una forma un tanto machacona. Algunas acusaciones son poco o nada argumentadas, como la insistencia en el despilfarro público en festejos y celebraciones, mientras que la mayoría cuentan sin duda con el respaldo de la lucidez y la generosidad con las que dota la cultura. Lucidez que queda patente en las cargas contra la clase política, contra sus formas, contra la nueva y alienada cultura española, contra la plutocracia, contra la memoria y la gestión de nuestro pasado, contra el clientelismo de la administración, contra nuestra incapacidad para vigilarnos y exigirnos a nosotros mismos, contra nuestro castizo sectarismo e irracionalidad, contra los nacionalismos, y un largo etcétera que completan el rosario de nuestras vergüenzas. Pero incluso en estas ocasiones parece excesivo confiarlo todo a lo equilibrado del juicio, sin ejemplos, sin investigaciones que vayan más allá de la propia experiencia.

La obra de Sánchez-Cuenca, como decía, ilumina dos divorcios más en la vida civil española que hay que sumar al tradicional entre la clase política y la sociedad. Divorcios que se ponen especialmente de manifiesto en obras como esta. Por un lado, entre la clase intelectual y la política, y que muchas veces se traduce en denuncias un tanto vanas y sin compromiso como a las que he asistido leyendo este ensayo. Y precisamente por esta falta de compromiso, también al divorcio entre la clase intelectual y el resto de la sociedad. Entristece que la intelectualidad adolezca también de algo del sectarismo que trata de censurar. Y aun así, la que tengo entre mis manos es la decimocuarta edición del libro.

Pese a estas faltas, no dejamos de estar ante un libro de Muñoz Molina, y por tanto ante la sinceridad y el valor sin los cuales no se debería escribir sobre uno mismo; sobre los recuerdos, la melancolía y la desesperación. Sobre el sentir íntimo, en definitiva. Se trata más bien de una obra de testimonio, o de confesiones. Algo así como un diario. Un intento de llamada de atención que no pretende un diagnóstico profundo de la realidad. Y si lo pretende, no lo consigue. Esta llamada de atención se dirige contra la arrogancia con la que nos hemos deshecho de todo lo valioso que poseíamos en el pasado. La dignidad de la modestia o de la más franca pobreza, el sentido del valor del esfuerzo, el valor del imperio de la ley y de la democracia. Arrasado por los delirios de los nuevos ricos en los que nos hemos convertido, pareciera que el único legado de lo sólido sólo pervive en lo antiguo, en la memoria de quienes tienen que cargar, más que con la pesadez de sus miembros, con la de sus recuerdos y sus olvidos. Con la pesadez de la inhabitable España que estamos construyendo entre todos.

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