Mes: abril 2016

El adversario

Emmanuel Carrère (París, 1957).

Anagrama, 2015. 5ª ed (1ª ed. en 2000). Trad. Jaime Zulaika. 172 páginas.

 

La mañana del sábado 9 de enero de 1993, mientras Jean-Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito. Gabriel tenía cinco años, la edad de Antoine Romand. Luego fuimos a comer con mis padres, y Romand a casa de los suyos, a los que mató después de la comida.     (p. 7)

 

Hay algo que últimamente me ronda la cabeza: ¿no es la literatura en cierta forma una impostura, una usurpación? Hay quien habla de guerras sin haberse nunca jugado la vida; hay quien inventa tragedias sin haber nunca sufrido de verdad. Cómodamente sentado en un escritorio, quien pone algo por escrito muchas veces es un exportador de experiencias ajenas que desconoce de primera mano… Salvo Emmanuel Carrère (París, 1957). Cuando Carrère escribió El Reino (también comentado aquí), sobre los orígenes del cristianismo, desnudó una crisis personal que le transformó, desde una fe ascética, sumida la exégesis bíblica y que hizo bautizar a sus hijos, hasta el más desgarrador ateísmo.

En El adversario (Anagrama, 2000) escribe sobre el caso Romand, que puso los pelos de punta a toda Francia en 1993. El médico investigador en la OMS y científico de prestigio Jean-Claude Romand (Clairvaux-Les-Lacs, 1954) asesinó a su mujer, a sus hijos, a sus padres y a su perro, y después intentó suicidarse incendiando su casa. Cuando la policía comenzó las investigaciones, descubrió que nunca llegó a trabajar en la OMS. Ni siquiera era médico; apenas terminó el primer curso de la carrera. Su vida era un completo engaño para todos. Como hizo en El Reino, Carrère no abordará el caso desde lejos: escribió al propio Romand a la cárcel. Algunos pasajes que intercambiaron, escalofriantes, se reproducen en el libro. Se ganó su amistad, frecuentó a los que fueron sus amigos, visitó los lugares en los que se perdía cuando se suponía que estaba “trabajando”… y decidió que no podía escribir algo tan malsano. Lo dejó en el 96. Y dos años después, lo retomó y nació El adversario, un viaje a lo imperdonable, a los confines de la redención. (Algo deslucido por una traducción por momentos desconcertante, como también me pareció la de El Reino. Al tal Jaime Zulaika alguien debería decirle algo…)

Leer la no-ficción de Carrère es higienizarse literariamente. Sobre el rigor documental, sobre la disciplina de trabajo, sobre el compromiso con la obra propia. Sobre el talento de mantener en vilo al lector en cualquier escenario; en momentos clave, aprovechando la inercia de lo increíble que es lo que se narra, se consigue conformar clímax asfixiantes con tan solo unas pocas frases.

Carrère está dispuesto a ponerse en el lugar incluso de quien parece el mismo demonio. A hablar de divergencias y bifurcaciones antes de condenar. A intentar comprender buceando en las entrañas de una pesadilla aun a riesgo de sus más íntimas convicciones. Son lecciones sobre piedad y lealtad a uno mismo. Lecciones que sólo nos pueden convertir en mejores personas.

 

“La verdad, muy hermosa… Muy emotiva. Aun así nos gustaría conocer el punto de vista del adversario”

(Billy Wilder, preguntado por la película inspirada en el Diario de Ana Frank).

Emmanuel Carrère (El Reino).

El alquimista impaciente

Lorenzo Silva (Madrid, 1966).

Planeta (ed. de quiosco), 2000. 9ª ed (excluyendo reimpresiones). 281 páginas.

Premio Nadal 2000

 

Supongo, de todos modos, que tanto Chamorro como yo habríamos acabado pasando página, y que la muerte de Trinidad Soler habría quedado como uno de tantos sucesos fortuitos, si el azar no hubiera decidido desbaratar, con su capricho imprevisible, la historia ya escrita y archivada.     (pág 90)

 

Hace poco tuve la oportunidad de asistir a unas charlas sobre novela negra a cargo de Lorenzo Silva (Madrid, 1966), en las que extrajo los que para él eran los tres ingredientes que hay que cuidar en el proceso creativo de estas obras: contexto, estilo y personajes. Sea cual sea la fórmula, el caso es que a Silva le ha servido para escalar a lo más alto del género en castellano con su serie de los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro. Serie que comenzó en 1998 con El lejano país de los estanques (Destino; que comenté aquí hace poco), Premio Ojo Crítico. Esta segunda entrega recibió el Premio Nadal en el 2000, y no es la última en ser galardonada. Pero todo a su tiempo.

El alquimista impaciente (Destino, 2000) es una novela magistral, mejor que la primera, lo cual no era nada sencillo de conseguir. Hay puntos en común entre las dos: el recurso de ambientación en bares de copas y discotecas,  protagonistas provenientes del este de Europa, la belleza como perdición… Temas en los que el autor madrileño parece sentirse especialmente cómodo.

 

Decía también Silva que la novela negra no es necesariamente una novela policial. Al menos, ya no. Que no es el crimen el que define al género, sino más bien el volver la mirada hacia las cloacas de la sociedad, hacia los asuntos que solemos preferir dejar al margen de nuestra atención y de nuestra conciencia. Y aquí Silva no hace sangre, pero tampoco elude los temas de la trata de blancas, el tráfico de influencias, la corrupción en la justicia, la manipulación periodística y alguno más.

Por lo demás, el contexto lo constituye el triángulo formado por Madrid, la Alcarria de Guadalajara y la Costa del Sol. Los espacios geográficos no están muy perfilados pero este hueco lo rellenan paisajes, la mayoría vistos a través de una luna de coche, tan bien entreverados con descripciones anímicas que el espacio vacío apenas se aprecia.

El segundo ingrediente era el estilo, y en el caso de Silva llaman la atención los diálogos. Impactantemente bien escritos, en el equilibrio perfecto, como él propio autor defiende, entre “levantar acta” y el respeto por los registros de las conversaciones. Empleados en la función de desnudar poco a poco las personalidades de los personajes, insinuando partes que quedan escondidas bajo las aguas de la psique. Silva echa un pulso al lector en cada diálogo, y con ellos les saca el máximo partido a los personajes que consigue construir.

Llegamos así al último ingrediente, los personajes, y aquí es donde creo que reside la mejor baza de la novela. Aquí está la razón de que supere a la primera entrega. No hay nadie que pase por El alquimista impaciente que no sea irresistiblemente atrayente; incluso los personajes más indeseables ejercen sobre nosotros el influjo de quien enseña sólo una pequeña muestra de un gran mapa de cicatrices, o directamente de quien lleva a cuestas un bagaje que le ha hecho jirones el espíritu. Es algo muy sutil: el interés está precisamente en lo que no se nos enseña, en lo que se insinúa. Empezando por los protagonistas, por la humildad y sencillez revestida de una esforzada dureza del sargento Rubén Bevilacqua, y, al revés, por la fortaleza disimulada por una costra de timidez y envaramiento de su ayudante Virginia Chamorro. La relación entre ambos es una historia que trascurre paralela a la investigación. Está tan bien desarrollada que cuesta imaginar que, en palabras del propio Silva, nunca se concibiera para ser contada en varias novelas. El desarrollo de tensiones encorsetadas por la jerarquía laboral-militar del Cuerpo está tratado con la elegancia de un gran estilista.

 

Al final, resulta evidente que la creación de una buena novela no es algo tan sencillo como atender los  tres ingredientes del principio por separado. Estos ingredientes no tienen sentido si no se miran al trasluz del talento, de la experiencia y de la capacidad de sacrificio y de empatía, vital y literaria. Con todo esto, Lorenzo Silva ha construido una novela con una dosificación que no engancha, sino que toma prisioneros. De buena gana le habría dedicado mi tiempo en exclusiva, a leerla y a imaginarme en un mundo que, como para cualquier lector, ya forma parte de mí.

El renacido

González Iñárritu, 2015

Guión: Mark L. Smith y Alejandro González Iñárritu, sobre la novela de The revenant: a novel of revenge de Michael Punke de 2002.

Reparto: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy

Valoración:  

Música: Carsten Nicolai & Ryûichi Sakamoto; Fotografía: Emmanuel Lubezki; Duración: 156′

  • 2015: 3 Óscar: mejor director, actor (DiCaprio) y fotografía. 12 nominaciones.
  • 2015: 3 Globos de Oro: Mejor drama, director y actor (DiCaprio)
  • 2015: 5 BAFTA: Mejor película, director, actor (DiCaprio), fotografía y sonido
  • 2015: Critics Choice Awards: Mejor actor (DiCaprio) y fotografía
  • 2015: Sindicato de Directores: Mejor director y película
  • 2015: Sindicato de Actores: Mejor actor (DiCaprio)
  • 2015: Satellite Awards: mejor actor (DiCaprio). 5 nominaciones
  • (entre otros)

 

Efectivamente, se acaban confirmando las expectativas que algunos pudieran tener antes de ver El renacido. La impresión de que, sin ser mala película, es una herramienta para solucionar de cualquier manera que Di Caprio aún no hubiese ganado la estatuilla. Y, como ha pasado en otras ocasiones, este afán por conceder el premio parece provocar que se conceda a un papel correcto, pero no memorable, o por lo menos no especialmente sobresaliente respecto a otras de sus mejores interpretaciones: Django desencadenado, Shutter Island.

El escenario de El renacido es el inhóspito invierno de las llanuras americanas en el siglo XIX. La baza por la que se apuesta es la intensidad de la lucha por la supervivencia. Y la fuerza que alienta esta lucha, el deseo de venganza. Si el amor es capaz de mover montañas, ¿qué es capaz de mover el odio? ¿Puede el ansia de venganza mantenernos con vida en una interminable lucha contra el dolor? ¿En una odisea contra la naturaleza? Las escenas que no son trepidantes son muy comunicativas, y en todas ellas la fotografía es espectacular y merecedora de otro Óscar que acabó ganando. Por último, también fue galardonada la dirección de Iñárritu. De las otras nominadas sólo he visto Spotlight, que también podría habérselo llevado, y La gran apuesta; y he de decir que no me parece inmerecido, por haber configurado una reformulación original del western en la que el vacío que deja la falta de contenido se rellena con emociones fuertes y con nevadas de dos metros de espesor.

Los confines

Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío -León-, 1953).

Destino, 2009. 1ª ed. 271 páginas.

 

Pensemos en el lector común de novelas. ¿Qué relación tiene su vida con los entes de ficción?: la sospecha de que en ellos, por irreales que parezcan, se esconde una verdad que no podrían descubrir de otro modo.       (p. 9)

 

Recuerdo cuando tuve noticias de una novela, Al morir don Quijote (Destino, 2005), que contaba lo que sería de las vidas de los personajes de Cervantes tras la muerte del Hidalgo. Me pareció una idea muy atractiva. Entonces yo desconocía que el autor de aquella novela, Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío -León-, 1953), es un creador prolífico que ha cultivado casi todos los géneros, y que en muchos de ellos ha obtenido sobrado reconocimiento. Desde el Premio de la Crítica de Poesía (Acaso una verdad, 1993) al Premio Nadal de novela (Los amigos del crimen perfecto, 2003). Actualmente, recoge sus diarios en Salón de pasos perdidos, una obra monumental que ya cuenta con diecinueve tomos.

Pero la primera obra de Trapiello que leo no es ninguna de las más galardonadas de su catálogo. Los confines es la historia del amor entre Max y Claudia, una relación que esconde un secreto que pondrá en su contra a cuantos les rodean. Todos desaprueban la relación. Pero, ¿y si este secreto no es un argumento ingenioso? La apuesta fuerte de la obra es la transmisión de sentimientos, en busca de la empatía del lector, suponiendo que el morbo de un amor prohibido es suficiente justificación. Pero no lo es, o al menos para alguien que haya caído en la cuenta de que es una historia infinitamente repetida en situaciones reales, sobre todo a la luz de la Historia. Y el estilo que despliega el autor no salva la obra. La lectura se me ha hecho muy cuesta arriba, desde el primer capítulo, que es por cierto el más confuso de todos, quizás porque hace referencia a lo que el lector aún desconoce. Yo lo recuerdo un tanto jactancioso. Sí destaca una buena capacidad para la perfilación tanto de personajes (todos ellos algo cargantes, especialmente Max, cubierto con un aura de misticismo y veneración ridícula) como de los escenarios donde transcurren los capítulos, especialmente para el exotismo y a la vez la inhóspita miseria de Constanza, una ciudad sudamericana mestiza de aire colonial y que todavía no tengo claro si es real (en tal caso, deber ser muy pequeña) y Madrid.

Más adelante, en los momentos en que parece vascular hacia el thriller, la historia amaga con levantar el vuelo, pero tarda muy poco en volver a encallarse en bizantinismos sobre la predestinación del amor, la inevitabilidad del destino, grandes dramas y traumáticos desengaños. Y páginas y páginas de declaraciones de amor incondicional. Todo es demasiado empalagoso. Buscando ahora pasajes que me sirvan como ejemplo, pareciera que puedo encontrar uno casi en cada página por la que abro el libro:

 

“Mientras dormías he estado pensando […] El corazón tiene un lenguaje sin palabras, que hay que saber oír, pero no podemos vivir sin traducciones. Te he esperado toda mi vida…” (pág. 122).

[…] No puedo vivir sin verte, sin abrazarte, sin hablarte. Pero esto es imposible. No puedo más…” (pág. 107).

“<<Nunca te había visto tan guapa>>. Se avergonzó de sus palabras, no tanto por la indiscreción de decirlas delante de mis amigas…” (pág 63).

“<<Si me has hecho feliz, ya no te temo; y si te he hecho feliz, ya te conozco>>” (pág 89).

 

Y prácticamente así hasta el final. Si quieren leer a Trapiello, inténtenlo con otro título.