Los confines

Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío -León-, 1953).

Destino, 2009. 1ª ed. 271 páginas.

 

Pensemos en el lector común de novelas. ¿Qué relación tiene su vida con los entes de ficción?: la sospecha de que en ellos, por irreales que parezcan, se esconde una verdad que no podrían descubrir de otro modo.       (p. 9)

 

Recuerdo cuando tuve noticias de una novela, Al morir don Quijote (Destino, 2005), que contaba lo que sería de las vidas de los personajes de Cervantes tras la muerte del Hidalgo. Me pareció una idea muy atractiva. Entonces yo desconocía que el autor de aquella novela, Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío -León-, 1953), es un creador prolífico que ha cultivado casi todos los géneros, y que en muchos de ellos ha obtenido sobrado reconocimiento. Desde el Premio de la Crítica de Poesía (Acaso una verdad, 1993) al Premio Nadal de novela (Los amigos del crimen perfecto, 2003). Actualmente, recoge sus diarios en Salón de pasos perdidos, una obra monumental que ya cuenta con diecinueve tomos.

Pero la primera obra de Trapiello que leo no es ninguna de las más galardonadas de su catálogo. Los confines es la historia del amor entre Max y Claudia, una relación que esconde un secreto que pondrá en su contra a cuantos les rodean. Todos desaprueban la relación. Pero, ¿y si este secreto no es un argumento ingenioso? La apuesta fuerte de la obra es la transmisión de sentimientos, en busca de la empatía del lector, suponiendo que el morbo de un amor prohibido es suficiente justificación. Pero no lo es, o al menos para alguien que haya caído en la cuenta de que es una historia infinitamente repetida en situaciones reales, sobre todo a la luz de la Historia. Y el estilo que despliega el autor no salva la obra. La lectura se me ha hecho muy cuesta arriba, desde el primer capítulo, que es por cierto el más confuso de todos, quizás porque hace referencia a lo que el lector aún desconoce. Yo lo recuerdo un tanto jactancioso. Sí destaca una buena capacidad para la perfilación tanto de personajes (todos ellos algo cargantes, especialmente Max, cubierto con un aura de misticismo y veneración ridícula) como de los escenarios donde transcurren los capítulos, especialmente para el exotismo y a la vez la inhóspita miseria de Constanza, una ciudad sudamericana mestiza de aire colonial y que todavía no tengo claro si es real (en tal caso, deber ser muy pequeña) y Madrid.

Más adelante, en los momentos en que parece vascular hacia el thriller, la historia amaga con levantar el vuelo, pero tarda muy poco en volver a encallarse en bizantinismos sobre la predestinación del amor, la inevitabilidad del destino, grandes dramas y traumáticos desengaños. Y páginas y páginas de declaraciones de amor incondicional. Todo es demasiado empalagoso. Buscando ahora pasajes que me sirvan como ejemplo, pareciera que puedo encontrar uno casi en cada página por la que abro el libro:

 

“Mientras dormías he estado pensando […] El corazón tiene un lenguaje sin palabras, que hay que saber oír, pero no podemos vivir sin traducciones. Te he esperado toda mi vida…” (pág. 122).

[…] No puedo vivir sin verte, sin abrazarte, sin hablarte. Pero esto es imposible. No puedo más…” (pág. 107).

“<<Nunca te había visto tan guapa>>. Se avergonzó de sus palabras, no tanto por la indiscreción de decirlas delante de mis amigas…” (pág 63).

“<<Si me has hecho feliz, ya no te temo; y si te he hecho feliz, ya te conozco>>” (pág 89).

 

Y prácticamente así hasta el final. Si quieren leer a Trapiello, inténtenlo con otro título.

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