El alquimista impaciente

Lorenzo Silva (Madrid, 1966).

Planeta (ed. de quiosco), 2000. 9ª ed (excluyendo reimpresiones). 281 páginas.

Premio Nadal 2000

 

Supongo, de todos modos, que tanto Chamorro como yo habríamos acabado pasando página, y que la muerte de Trinidad Soler habría quedado como uno de tantos sucesos fortuitos, si el azar no hubiera decidido desbaratar, con su capricho imprevisible, la historia ya escrita y archivada.     (pág 90)

 

Hace poco tuve la oportunidad de asistir a unas charlas sobre novela negra a cargo de Lorenzo Silva (Madrid, 1966), en las que extrajo los que para él eran los tres ingredientes que hay que cuidar en el proceso creativo de estas obras: contexto, estilo y personajes. Sea cual sea la fórmula, el caso es que a Silva le ha servido para escalar a lo más alto del género en castellano con su serie de los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro. Serie que comenzó en 1998 con El lejano país de los estanques (Destino; que comenté aquí hace poco), Premio Ojo Crítico. Esta segunda entrega recibió el Premio Nadal en el 2000, y no es la última en ser galardonada. Pero todo a su tiempo.

El alquimista impaciente (Destino, 2000) es una novela magistral, mejor que la primera, lo cual no era nada sencillo de conseguir. Hay puntos en común entre las dos: el recurso de ambientación en bares de copas y discotecas,  protagonistas provenientes del este de Europa, la belleza como perdición… Temas en los que el autor madrileño parece sentirse especialmente cómodo.

 

Decía también Silva que la novela negra no es necesariamente una novela policial. Al menos, ya no. Que no es el crimen el que define al género, sino más bien el volver la mirada hacia las cloacas de la sociedad, hacia los asuntos que solemos preferir dejar al margen de nuestra atención y de nuestra conciencia. Y aquí Silva no hace sangre, pero tampoco elude los temas de la trata de blancas, el tráfico de influencias, la corrupción en la justicia, la manipulación periodística y alguno más.

Por lo demás, el contexto lo constituye el triángulo formado por Madrid, la Alcarria de Guadalajara y la Costa del Sol. Los espacios geográficos no están muy perfilados pero este hueco lo rellenan paisajes, la mayoría vistos a través de una luna de coche, tan bien entreverados con descripciones anímicas que el espacio vacío apenas se aprecia.

El segundo ingrediente era el estilo, y en el caso de Silva llaman la atención los diálogos. Impactantemente bien escritos, en el equilibrio perfecto, como él propio autor defiende, entre “levantar acta” y el respeto por los registros de las conversaciones. Empleados en la función de desnudar poco a poco las personalidades de los personajes, insinuando partes que quedan escondidas bajo las aguas de la psique. Silva echa un pulso al lector en cada diálogo, y con ellos les saca el máximo partido a los personajes que consigue construir.

Llegamos así al último ingrediente, los personajes, y aquí es donde creo que reside la mejor baza de la novela. Aquí está la razón de que supere a la primera entrega. No hay nadie que pase por El alquimista impaciente que no sea irresistiblemente atrayente; incluso los personajes más indeseables ejercen sobre nosotros el influjo de quien enseña sólo una pequeña muestra de un gran mapa de cicatrices, o directamente de quien lleva a cuestas un bagaje que le ha hecho jirones el espíritu. Es algo muy sutil: el interés está precisamente en lo que no se nos enseña, en lo que se insinúa. Empezando por los protagonistas, por la humildad y sencillez revestida de una esforzada dureza del sargento Rubén Bevilacqua, y, al revés, por la fortaleza disimulada por una costra de timidez y envaramiento de su ayudante Virginia Chamorro. La relación entre ambos es una historia que trascurre paralela a la investigación. Está tan bien desarrollada que cuesta imaginar que, en palabras del propio Silva, nunca se concibiera para ser contada en varias novelas. El desarrollo de tensiones encorsetadas por la jerarquía laboral-militar del Cuerpo está tratado con la elegancia de un gran estilista.

 

Al final, resulta evidente que la creación de una buena novela no es algo tan sencillo como atender los  tres ingredientes del principio por separado. Estos ingredientes no tienen sentido si no se miran al trasluz del talento, de la experiencia y de la capacidad de sacrificio y de empatía, vital y literaria. Con todo esto, Lorenzo Silva ha construido una novela con una dosificación que no engancha, sino que toma prisioneros. De buena gana le habría dedicado mi tiempo en exclusiva, a leerla y a imaginarme en un mundo que, como para cualquier lector, ya forma parte de mí.

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