El adversario

Emmanuel Carrère (París, 1957).

Anagrama, 2015. 5ª ed (1ª ed. en 2000). Trad. Jaime Zulaika. 172 páginas.

 

La mañana del sábado 9 de enero de 1993, mientras Jean-Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito. Gabriel tenía cinco años, la edad de Antoine Romand. Luego fuimos a comer con mis padres, y Romand a casa de los suyos, a los que mató después de la comida.     (p. 7)

 

Hay algo que últimamente me ronda la cabeza: ¿no es la literatura en cierta forma una impostura, una usurpación? Hay quien habla de guerras sin haberse nunca jugado la vida; hay quien inventa tragedias sin haber nunca sufrido de verdad. Cómodamente sentado en un escritorio, quien pone algo por escrito muchas veces es un exportador de experiencias ajenas que desconoce de primera mano… Salvo Emmanuel Carrère (París, 1957). Cuando Carrère escribió El Reino (también comentado aquí), sobre los orígenes del cristianismo, desnudó una crisis personal que le transformó, desde una fe ascética, sumida la exégesis bíblica y que hizo bautizar a sus hijos, hasta el más desgarrador ateísmo.

En El adversario (Anagrama, 2000) escribe sobre el caso Romand, que puso los pelos de punta a toda Francia en 1993. El médico investigador en la OMS y científico de prestigio Jean-Claude Romand (Clairvaux-Les-Lacs, 1954) asesinó a su mujer, a sus hijos, a sus padres y a su perro, y después intentó suicidarse incendiando su casa. Cuando la policía comenzó las investigaciones, descubrió que nunca llegó a trabajar en la OMS. Ni siquiera era médico; apenas terminó el primer curso de la carrera. Su vida era un completo engaño para todos. Como hizo en El Reino, Carrère no abordará el caso desde lejos: escribió al propio Romand a la cárcel. Algunos pasajes que intercambiaron, escalofriantes, se reproducen en el libro. Se ganó su amistad, frecuentó a los que fueron sus amigos, visitó los lugares en los que se perdía cuando se suponía que estaba “trabajando”… y decidió que no podía escribir algo tan malsano. Lo dejó en el 96. Y dos años después, lo retomó y nació El adversario, un viaje a lo imperdonable, a los confines de la redención. (Algo deslucido por una traducción por momentos desconcertante, como también me pareció la de El Reino. Al tal Jaime Zulaika alguien debería decirle algo…)

Leer la no-ficción de Carrère es higienizarse literariamente. Sobre el rigor documental, sobre la disciplina de trabajo, sobre el compromiso con la obra propia. Sobre el talento de mantener en vilo al lector en cualquier escenario; en momentos clave, aprovechando la inercia de lo increíble que es lo que se narra, se consigue conformar clímax asfixiantes con tan solo unas pocas frases.

Carrère está dispuesto a ponerse en el lugar incluso de quien parece el mismo demonio. A hablar de divergencias y bifurcaciones antes de condenar. A intentar comprender buceando en las entrañas de una pesadilla aun a riesgo de sus más íntimas convicciones. Son lecciones sobre piedad y lealtad a uno mismo. Lecciones que sólo nos pueden convertir en mejores personas.

 

“La verdad, muy hermosa… Muy emotiva. Aun así nos gustaría conocer el punto de vista del adversario”

(Billy Wilder, preguntado por la película inspirada en el Diario de Ana Frank).

Emmanuel Carrère (El Reino).

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