El balcón en invierno

Luis Landero (Albuquerque -Badajoz-, 1948).

Tusquets, 2014. 2ª ed (1ª ed. en “Maxi”). 245 páginas.

Es nostalgia y pesar de la juventud, de la belleza, de la acción, de todo cuanto sucumbió al tiempo, pero también de lo que no llegó a vivirse, de los alegres decires nunca dichos, de las correrías nunca emprendidas, de los amigos que no tuve, del amor apenas entrevisto, de la vida dilapidada en vano, y de lo breve e ilusorio de los ahoras […] (p. 20)

 

Ha sido en 2014 cuando Luis Landero considera que ha llegado el momento de girarse hacia sí mismo. De aparcar la ficción, al menos en parte, y de revelar estas memorias. De recopilar recuerdos que abarcan desde momentos en su finca natal de Valdeborrachos, en Albuquerque, Badajoz, hasta el presente, consagrado como creador y con un nombre escrito con mayúsculas en la historia de la literatura en castellano. Pasando en este viaje por momentos como la muerte del padre contando el autor dieciséis años, uno de los puntos de inflexión de su historia, o su “canonización” literaria en 1969.

Y al servicio de este propósito se emplea uno de los mayores dominios del lenguaje que he podido conocer. Landero es un autor en el que el estilo y su lirismo, y ese humor disparatado y enternecedor, pueden absorber el propio relato. Esta prosa acaba convirtiéndose a lo largo de la obra en una herramienta que se nos sirve para hacer que la realidad sea algo mágico y fascinante. Capacidad que es deudora de una forma diferente de ver el mundo. Algunos pasajes y capítulos enteros, como el octavo, son auténticas maravillas.

Y sirviéndose de este derroche de estilo, Landero ofrece un gran ejercicio de sinceridad y generosidad, que consiste en identificar públicamente sus fuentes de inspiración literaria en su propia experiencia vital, lo que queda de manifiesto a la vista, al menos, de Juegos de la edad tardía (comentado también aquí). Decidido a convertirse en un hombre de provecho, Landero estudiaba en las mismas academias nocturnas que frecuentaba Gregorio Olías. Los estudiantes somnolientos que las abarrotaban eran sus propios compañeros de clase. Y la fascinación por el “progreso” y la ciudad que sentía Gil en aquellas conversaciones telefónicas son las que podría haber sentido su propio padre.

Es de esperar que buena parte del universo de ficción de Landero no sea nada menos que el universo de su propia vida. Y en este universo, tiene un lugar destacado lo que el autor llama “el afán”, ese nostálgico sentimiento de desengaño de quien vive soñando, deseando en vano. El empeño de despegarse de nuestro prosaico destino en alas de una fuerza telúrica que surge de nuestro interior y que nos dice que hemos sido llamados para algo mucho más grande. Ese afán, como naturaleza inevitable y como fuente de frustraciones y melancolía, pero también de conocimientos y de valor, ha germinado en su obra porque antes ha polinizado a su propia familia. Si no es desde esta posición de sinceridad, es posible que unas memorias no merezcan la pena ser contadas.

 

Dice al principio Landero que para él, el balcón no es una simple puerta al exterior, sino también a otra vida. Al asomarse al balcón, siente el vértigo de quien observa en la calle a gente feliz y desaprensiva, que disfruta sus vidas. Y se pregunta si toda una existencia consagrada a la literatura, entre libros y cantidades ingentes de papel, no habrá sido una vida desaprovechada. Quizás por algo así escribimos. Lo que no se escribe se perderá sin remedio. Y al darnos cuenta de que no podemos conservar todo lo que nos gustaría, de todo lo que dejamos por el camino, nos abandonamos a un acto de piedad con nosotros mismos, de intentar conservar algo de entre todo lo que se nos arrebata. Y también a una indagación en la búsqueda de una belleza esquiva que nos alivie el escozor de las heridas del tiempo que nos abandona.

Pero ahora pienso que el vértigo que nos produce asomarnos al balcón tal vez pueda calmarse. Con el consuelo de saber que la propia obra, a lo que se ha consagrado la existencia a este lado de la ventana, sirve para serenar otros espíritus. Para calmar ese mismo vértigo cuando lo sienten otros. Vértigo que nos marca pero que afortunadamente nos hermana.

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