Tokio Blues

Haruki Murakami (Kioto, 1949). 1ª ed. en Japón en 1987.

Tusquets, 2005. 14ª ed (1ª ed. “Maxi”). Trad. Lourdes Porta Fuentes. 382 páginas.

 

-Tiene que ser muy peligroso –comenté-. Hay un pozo muy hondo por alguna parte. Pero nadie sabe encontrarlo. Si alguien se cae dentro, está perdido.

-Pues sí, está perdido. ¡Catapún! Y se acabó.

-¿Y eso ocurre?

-Quizás una vez cada dos o tres años. Alguien desaparece de repente, y por más que lo buscan no lo encuentran. Entonces la gente de por aquí dice: ‹‹Se habrá caído dentro del pozo››.  (p. 12)

 

En ocasiones, me sucede que una obra, o un autor, que cuenta con el favor tan ferviente de la crítica y del público como Haruki Murakami (Kioto, 1949) no me termina de agradar especialmente. Que no suceda mucho me reconforta, lo cual probablemente tenga algo de mojigato. Tokio Blues no es ya que me dejara indiferente, sino que incluso por momentos leerlo me pareció una tarea ímproba.

Hoy, Murakami es uno de los eternos favoritos al Nobel. Es catalogado como escritor de vanguardia, posmoderno y surrealista, enmarcado en un estilo que cuenta tanto con detractores como con defensores. En España, lo publica preferentemente Tusquets, del que se ha valido para grandes superventas, como este Tokio Blues, de título original Norwegian Wood.

 

Las primeras páginas despliegan una sensibilidad que me pareció genuinamente japonesa, ausente y melancólica pero que puede estar conjugada con algo tan trágico como un suicidio. A estas páginas pertenece la cita de arriba. Pero súbitamente la obra se convierte en algo muy diferente a lo que me esperaba, y mucho más cercano a los calificativos “surrealista” y “posmoderno”. No me resulta especialmente grato escribir impresiones tan negativas, y por eso no publico esta reseña hasta hoy, cuando en realidad el libro lo terminé en abril. Ya apenas me acuerdo mucho de él. En mi bloc tengo anotada una llamada a un elogio que Luis Landero hace sobre Flaubert en El balcón de invierno, el libro que leí inmediatamente después:

La sombrilla es de seda tornasolada, y ‹‹al ser traspasada por el sol iluminaba con reflejos movedizos la blanca tez de su rostro. Y ella sonreía allí debajo, al amparo de aquella tibieza; se oían caer una por una las gotas sobre el tenso moaré››. […]Esa es la luz que ha elegido Flaubert, y con qué obsesivo cuidad lo haría, para que Charles se abandone incondicionalmente al amor, y para que nosotros veamos cómo y por qué se enamora de Emma.

Citar a alguien como Flaubert puede ser algo atrevido, pero como el libro de Landero lo tenía reciente, impelido por el desconcierto recordé este párrafo como una buena muestra de justo lo contrario a lo que hace Murakami en Tokio Blues: para él, el estilo parece ser algo meramente instrumental, y por ello quizás superfluo, esquemático. Al amparo de una historia que, conforme de deshilacha, resulta ofrecer muy poco a cambio.

Antes de comenzarlo, había leído críticas muy positivas a la influencia de La montaña mágica de Mann. Y resulta que es el libro que el protagonista lleva bajo el brazo en su visita nada menos que a una especie de sanatorio de montaña. Hacerlo tan explícito me pareció algo raro, poco elegante, aunque puede ser que en el contexto del mundo editorial japonés tenga su sentido. Hay otras muchas referencias al mundo cultural occidental, especialmente musicales.

Pero sobre todo esto, recuerdo una insistencia excesiva, muy cargante, en el sexo. Lee uno los capítulos con la precaución de que en cualquier momento los protagonistas puedan interrumpirse en seco para cualquier escena explícita. Sé que me he esforzado por encontrar sentido a tanta pornografía, y he leído lo que otros opinan, pero no consigo empatizar; tal vez por desconocedor de la sociedad japonesa de la época.

 

Siempre he defendido que deben existir unos criterios objetivos de calidad literaria, algo sólido y establecido en virtud de lo cual hay buenos y malos libros. La historia de la literatura no puede haberse escrito de forma caprichosa. No por apetencias particulares hay autores que quedan fuera de ella y otros que la integran para siempre. Que Tokio Blues o Murakami en general puedan no gustarle a alguien y susciten debate probablemente quiera decir que, más allá de los cánones, siga pudiéndose hablar de gustos, o bien que dichos cánones no estén, en muchos aspectos, tan sólidamente establecidos y sigan siendo objeto de controversia, por mucho que otros criterios sí lo estén. Quizás la cultura y la experiencia, que son las características que distinguen una opinión que debe ser tenida en cuenta de otra que no, admitan un tamiz adicional de preferencias personales. Ahora no cabe sino seguir leyendo a Murakami para tener una visión más panorámica de su literatura.

 

Fuentes:

 

Anuncios

One comment

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s