Mes: agosto 2016

Los años de peregrinación del chico sin color

Haruki Murakami (Kioto, 1949). 1ª ed. en Japón en 2013.

Tusquets, 2013. 3ª ed. Trad. Gabriel Álvarez Martínez. 314 páginas.

 

Desde el mes de julio del segundo curso de carrera hasta enero del año siguiente, Tsukuru Tazaki vivió pensando en morir. Entretanto, cumplió veinte años […]       (p. 9)

Después de no entender Tokio Blues (aquí), y puede que precisamente empujado por eso, decido abordar mi segunda obra de Haruki Murakami (Kioto, 1947). En Los años de peregrinación del chico sin color, Tsukuru Tazaki se enfrentan a los fantasmas que le acompañan desde la infancia: la tristeza, la soledad y el rechazo.

Este libro me ha parecido más agradable de leer que Tokio Blues. Aquí encuentro que el sexo está en una dosis no excesiva y que las discusiones son mucho más desafiantes. He disfrutado con los personajes con los que sí he conseguido conectar, especialmente Haida, uno de los amigos de Tsukuru, y con su gusto por la evasión.

Se mantiene la inmersión inmisericorde en la tristeza y la melancolía. No comparto el regodeo en este propio pesimismo, la insistencia que llega hasta la cursilería; por momentos parece que se intenta explicar qué es la soledad a quien aún no la conoce. No es una tristeza de la que pueda surgir fortaleza y crecimiento, sino de la que surge dolor que no llega a cicatrizar. Sigue sin gustarme la combinación con la sordidez, el gusto por temas como las violaciones o los hijos fruto de esas violaciones. Encontré el desarrollo de la trama algo lento y con introspecciones que no aportaban lo suficiente como para no resultar excesivas. Puede influir que justo antes haya leído a Markaris.

Dicho esto, si, como dice Rafael Narbona en su columna de El Cultural (aquí), la poética de Murakami es fruto de un existencialismo, de una necesidad que surge de una visión angustiada del mundo, entonces puedo encontrar el estilo del autor japonés algo más interesante. Veremos.

 

Haruki Murakami

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El cazador de la oscuridad

Donato Carrisi (Martina Franca –Italia-, 1973).

Duomo, 2016. 1ª ed (publ. en Italia en 2014). Trad. Maribel Campmany. 475 páginas.

Durante los siglos, esa anomalía ha recibido diversas definiciones: mal absoluto, pecado mortal, diablo. Pero no son más que imperfectos tentativos de denominar algo que es inexplicable: la recóndita maldad de la naturaleza humana. Desde siempre, la Iglesia busca los crímenes con esta característica, los analiza, los clasifica. Para hacerlo, se sirve de una categoría especial de sacerdotes: los penitenciarios, los cazadores de la oscuridad.    (p. 84)

 

El italiano Donato Carrisi ya ha conseguido consagrarse, especialmente en su país natal, como autor de guiones de televisión, obras de teatro y, sobre todo, por sus novelas policiacas, pertenecientes a dos series: la de Mila Vasquez y esta, que tiene como protagonistas al sacerdote Marcus y a la fotógrafa policial Sandra Vega. La primera obra de esta serie es El tribunal de las almas, publicada en España por Planeta en 2013. A esta sigue El cazador de la oscuridad, segunda entrega abalada por una gran acogida en secciones especializadas de numerosos medios, comentario de otros autores (véase Ken Follett en la banderola que acompaña al libro) y, sobre todo, por unas abrumadoras cifras de ventas. Empujado por tanto entusiasmo, me salto mi costumbre de empezar las sagas por la primera entrega, y decido dedicar parte de agosto a esta obra.

Las bases son bastante interesantes: la Penitenciaría Apostólica, una base de datos de pecados inconfesables que existe realmente en El Vaticano (¡sí, realmente!: http://www.penitenzieria.va/), y que cuenta con un tribunal propio, el Tribunal de las Almas, para decidir sobre la absolución de los mismos. Pero sobre una base tan prometedora, Carrisi viene a confirmar que un candidato a best-seller no debe estar escrito para lectores habituales, si no para la mayoría, eminentemente no lectora. Una máxima trillada y, para quien les escribe, cada vez más cierta a fuerza de batacazos. El despliegue de la acción es muy poco exigente y la mayoría de personajes secundarios (Max, Clemente, Moro) están construidos con un utilitarismo bochornosamente mal disimulado, mientras que los protagonistas no despegan; el interés que podrían despertar no está aprovechado. Casi quinientas páginas con las que no se consigue construir una reflexión más profunda que la que gira en torno a los aviesos intereses comerciales que pueden llevar a encumbrar obras que, más que dejar poso, casi parecen consumirlo.