Mes: septiembre 2016

El bar de las grandes esperanzas

J. R. Moehringer (Nueva York, 1954), 2005.

Duomo, 2015, 3ª ed. 460 páginas. Trad. Juanjo Estrella González.

Íbamos para todo lo que necesitábamos. Cuando teníamos sed, claro, y cuando teníamos hambre, y cuando estábamos muertos de cansancio. Íbamos cuando estábamos contentos, a celebrar, y cuando estábamos tristes, a quedarnos callados. Íbamos después de una boda, de un funeral, en busca de algo que nos calmara los nervios, y siempre antes, para armarnos de valor tomando un trago. Íbamos cuando no sabíamos qué necesitábamos, con la esperanza de que alguien nos lo dijera. Íbamos a buscar amor, o sexo, o líos, o a alguien que estuviera desaparecido, porque tarde o temprano todo el mundo se pasaba por allí. Íbamos, sobre todo, cuando queríamos que nos encontraran.     (p. 13)

 

El premio Pullitzer J. R. Moehringer ya ha demostrado un especial talento para el género biográfico en la obra Open, donde se encarga las memorias del tenista André Agasi (Duomo, 2015). En esta ocasión, se trata de su propia etapa infantil y de maduración, a lo largo de la cual, el “Publicans”, el pub en el que está empleado uno de sus tíos, ocupó un lugar decisivo. Con elementos sospechosos de ser más bien fabulados, y con unos giros del lenguaje característicos de los doblajes del inglés al español, buena parte de la andadura vital del protagonista se desarrolla entre los parroquianos del pub, de forma que bastante peso narrativo recae en las excéntricas personalidades que se daban cita cada noche en las mesas o acodados en la barra. Pero, pese a su título, no se trata de una “obra de bar”. Hay sitio también para las turbulentas relaciones del protagonista con algunos miembros de su familia, para un padre tormentoso y atormentado, para los desgarros amorosos y para un desilusionante contacto con el mundo universitario. Con una capacidad admirable de transmisión, se construye un relato plagado de sinsabores y de todo ese tipo de momentos que, pese a parecer insulsos a primera vista, estamos condenados a recordar para siempre.

El joven J. R. descubrirá pronto el mundo de la cultura, y especialmente de la literatura. La obra está plagada de cultismos. En tan solo un puñado de páginas, se pueden a notar páginas enteras de referencias: Mahler, Esquilo, Antígona, Thoreau, Sófocles, Heródoto, Platón, Aristóteles, Tucídides, Virgilio, Dante, Milto, Goethe, Wordsworth, Maquiavelo, Hobbes, Locke, Tocquville, Keats, Barbra Streisand, Kris Kristofferson, Burt Bacharach, Dos Passos, Kipling, Wharton, Dreiser, Cheever, Mozart, Beethoven, Holst, Scott Fitzgerald … La cultura adquiere una capacidad redentora, y es otro de los grandes recursos anestésicos con los que contará el narrador, aparte del pub, especialmente después de que el alcohol, en un primer lugar salvador, acaba descubriéndose altamente nocivo.

Ha sido una obra considerablemente galardonada, entre otros por James Salter. En mi opinión, no es una obra maestra. A esto contribuye quizás un lenguaje muy poco lírico, demasiado “periodístico”, algo desaprovechado. Y algunas escenas que parecen estáticas. Pero en ningún momento roza la irrelevancia. Es entretenida de leer y deja para el recuerdo pasajes memorables.

 

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Noticias de la noche

Petros Márkaris (Estambul, 1937), 1995.

Tusquets Maxi, 2014, 5ª ed. 327 páginas. (1ª ed. de Tusquets en 2008). Trad. Ersi Marina Samará Spiliotopulu.

 

Ésta es mi única afición: los diccionarios. Ni fútbol ni bricolaje ni nada. Si algún desconocido echara un vistazo a la “biblioteca”, no entendería nada. El estante superior está cargado de diccionarios, una visión impresionante. Luego, el hipotético visitante pasaría a los siguientes y vería Viper, Nora Belle, Arlequín y Bianca. Me había reservado el ático y cedido las tres plantas inferiores a Adrianí. Arriba, una visión lingüística; abajo, la decadencia. Grecia servida en cuatro anaqueles.         (p. 24)

Grecia vivió entre los años 2014 y 2015 un periodo que en el plano político muchos calificarían de apasionante. Al menos, supone una inflexión histórica incuestionable. Estos años comprenden la parte culminante de la grave incidencia de la crisis económica en un país estructuralmente poco sólido, la consecuente crisis institucional, el ascenso meteórico de partidos políticos considerados de corte extremista que hasta entonces habían tenido una relevancia mucho menor (o que sencillamente no existían), y finalmente la victoria electoral de uno de ellos en enero de 2015, Syriza, socialista y euroescéptico. En buena parte del mundo, especialmente en el resto de Europa, la atención mediática e informativa estaba cada vez más focalizada en el estado heleno, que atravesaba una coyuntura que bien podría condicionar réplicas en otras naciones. Para el resto de países europeos, cada uno de ellos encajando su propia crisis particular, la opinión pública ante se polarizaba entre los detractores que veían en el nuevo gobierno griego a un grupo de populistas oportunistas que acabarían socavando las estructuras básicas del estado de bienestar (la palabra “populismo” acabará poniéndose de moda), y los que lo veían como una reacción encomiable de un pueblo asfixiado por los mandatos de la troika que había tenido el coraje suficiente para intentar ser dueños de su destino.

Todo esto supone el caldo de cultivo perfecto para que el mundo editorial se ajuste a unas nuevas circunstancias, apareciendo así un nuevo subgénero literario y novelístico, la “literatura de la crisis”, que usaba la crispación social y el empobrecimiento generalizado como ambientación de dramas humanos o tramas negras y policíacas.

En este sentido se acogió la publicación en España en 2014 de la novela Pan, educación, libertad del griego Petros Márkaris. Informándome un poco más, descubrí que el autor goza de bastante popularidad en su país, debida a su desempeño como dramaturgo, guionista y traductor, pero ante todo como novelista, especialmente por la saga protagonizada por el agente Kostas Jaritos. Alentado por el morbo político, decidí hincarle el diente empezando por el primer título de una serie que ya va por ocho entregas.

Como el título anticipa, la trama se desarrolla partiendo de un crimen que alcanza e involucra a importantes cargos de los medios de comunicación griegos. La novela no usa tanto una ambientación política y social, sino la suciedad en el propio lobby periodístico y mediático, la xenofobia social y los defectos de la clase policial. Con un punto de vista resignado, la corrupción, la endogamia y los prejuicios se dan por sentado como un marcador cultural. Parece ser que el tema político aflora en los últimos números de la serie, coincidiendo con el desencadenamiento de la agitación. No en vano a estos tres últimos números se les viene conociendo como la Trilogía de la crisis (Con el agua al cuello, de 2010; Liquidación final, de 2012; y la mencionada Pan, educación, libertad, de 2014).

En Noticias de la noche me ha servido para descubrir a un personaje, el propio Jaritos, con un gran potencial como protagonista idóneo de una serie literaria. Es el principal punto fuerte de la obra. Una forma de enfrentarse a las adversidades benevolente, experta y optimista que recuerda al Rubén Bevilacqua de Lorenzo Silva, pero chapada a la antigua sin excluir cierta misoginia y xenofobia. El resultado en su personaje duro pero vulnerable, el clásico tipo entrañable al mando de una investigación criminal, que se completa con una relación con su mujer y su hija bastante atractiva, y con aficiones tan excéntricas como leer diccionarios.

Aunque leer novela griega, descubro, tiene el hándicap de que los nombres de los personajes pueden ser verdaderos trabalenguas, confundiéndose el lector, y aunque opino que al libro le sobran unas cien páginas que no hacen si no diluir la trama, la obra es suficientemente trepidante, y el carisma de Járitos resulta suficiente motivo como para que Noticias de la noche no deba ser la única incursión en el mundo literario de Márkaris.

Gran cabaret

David Grossman (Jerusalén, 1954), 2015.

Lumen, 2015. 2ª ed. 236 páginas. Trad. Ana Mª Bejarano Escanilla.

 

Porque a veces pienso que si un científico israelí, y solo es una suposición, inventara de repente un medicamento contra el cáncer, ¿me seguís?, unas pastillas que terminaran con el cáncer de una vez por todas, os juro por lo que más queráis que al instante empezarían a oírse quejas por todo el mundo, protestas, manifestaciones, habría votaciones en la ONU y artículos en toda la prensa europea preguntándose por qué hay que atacar al cáncer, en realidad, y en caso de que hubiera que hacerlo, ¿por qué ya mismo y para destruirlo? ¿Por qué no intentar antes llegar a un acuerdo con él?     (p. 34)

 

David Grossman es uno de los principales escritores israelíes de nuestro tiempo. Ha sido galardonado con numerosas distinciones literarias, y varias de sus novelas han sido adaptadas al cine, como La sonrisa del cordero (1983), El libro de la gramática interna (1991), El chico zigzag (1994) y Tú serás mi cuchillo (1998). Sus obras se caracterizan por el compromiso anti beligerante y progresista frente a los diversos episodios de la crisis árabe-israelí, lo que lo enlaza con autores como Amos Oz y Abraham B. Yehoshúa. Su vida y su obra están marcadas por la pérdida de su hijo Uri en 2006, durante la Guerra del Líbano.

En la línea de la que puede ser la tónica general de su obra, Grossman aborda temas como la guerra, la situación del pueblo israelí, la religión y su influencia en las decisiones de un hombre. El medio de narración se sirve de Dóvaleh, un humorista que lleva a cabo un espectáculo de improvisación en la localidad costera de Cesárea. A petición suya, un antiguo amigo de la infancia, un juez prejubilado y recientemente viudo, acude a la función. El estilo es incendiario y con intenciones de molestar, desplegado en el patetismo de Dóvaleh, en la violencia soterrada en la puesta en escena, en las historias narradas y en el lenguaje. Aunque, avanzada la lectura, la imperturbabilidad en el tono, por muy original que sea éste, acaba jugando en contra del mantenimiento del interés en la lectura y de la decodificación del contenido, que desmenuza un penetrante mensaje de desesperanza y de rabia, jalonado especialmente por la proximidad de la muerte para los dos protagonistas.

La niebla y la doncella

Lorenzo Silva (Madrid, 1966), 2002.

Destino, colección de bolsillo Booket, 2011. 6ª ed. 354 páginas.

 

Lo malo del envejecimiento, aunque sólo fuera el debido a los treinta y ocho años que hasta entonces yo había visto transcurrir, es que te enseña a encontrar gateras por las que huir de casi todo, e incluso a tener bien clasificadas las gateras en función de su eficacia como vías de escape.     (p. 35)

Esta entrega de la serie de guardias civiles Bevilacqua y Chamorro sigue manteniendo un nivel aceptablemente alto, y son ya tres las novelas que Silva consigue enlazar no sólo sin bajar el listón, sino en ocasiones tocando cotas muy altas, como hiciera con el segundo número, El alquimista impaciente (comentada aquí; la primera entrega se comenta aquí).

En La niebla y la doncella, la pareja protagonista se enfrenta al asesinato de un joven en la isla de La Gomera. Los personajes salen de una zona que podría ser a priori más confortable para el autor madrileño, el centro peninsular, demostrando versatilidad en la ambientación en el Garajonay y en la geografía canaria. La última entrega, publicada hace nada, de esta serie (Donde los escorpiones, Destino, 2016), que transcurre en Marruecos, parece ampliar en este sentido el campo de acción del autor y sus protagonistas.

Donde reside el punto fuerte de la obra, como viene siendo habitual en la literatura de Silva, es en los personajes. Aparte de la pareja principal, destaca en este caso la agente Anglada, eje vertebrador de casi todo el relato, muy bien trazado y que sirve de guía para profundizar en las personalidades de Vila y Chamorro. Una magistral tarea de descripción psicológica a través de la confrontación entre personalidades. El estilo de Silva no se mueve ni un ápice. Sencillísimo, algo envarado y mojigato en escenas violentas o en discusiones acaloradas, pero muy elegante y de agradecer en la mayoría de registros. Por otra parte, las digresiones de Vila, que además de protagonista ejerce de narrador, muestran una vocación ensayística que se expresa plenamente hacia el final de la obra, con el misterio ya resuelto (páginas 336-339). Pese a circunvalar siempre la limitada temática policial-judicial-administrativa y las cuestiones personales que la rodean, me parecen muy dignas de elogio (la cita del encabezamiento es un ejemplo). Este género más introspectivo parece desarrollado en algunas obras fuera de la serie, como Música para feos (Destino, 2015), a la que le tengo echado el ojo desde algún tiempo. Silva no solo escribe policíaco.

En definitiva, sin ser la mejor de la saga, La niebla y la doncella es una novela entretenida y agradable de leer, que no desmerece la obra global que Silva va escribiendo en el canon del género policiaco en castellano.

 

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Lorenzo Silva

Saber perder

David Trueba (Madrid, 1969), 2008.

Círculo de Lectores, 2008. 1ª ed. 452 Páginas.

 

El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y sólo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople su viento. Es el deseo de desear.           (p. 13)

 

Parece que el guionista, director de cine y actor David Trueba (Madrid, 1969) tiene predilección por la desolación cotidiana. Por aquellas historias en las que la soledad y el fracaso, ya sea la segunda como motivo de la primera, o al revés, vencen los muros tras los que nos asedia a todos. Este tema único, que se desarrolla a lo largo de la historia de Beto en Blitz (Anagrama, 2014; comentada también aquí), multiplica ahora en cuatro historias muy parecidas a esta, entrelazadas entre sí, y con muchos puntos en común.

Por un lado, Silvia, adolescente desorientada, y Ariel, futbolista argentino recientemente fichado por un equipo madrileño. Ambos comienzan una relación sin futuro, dado los mundos tan diferentes a los que pertenecen, pero que constituye una experiencia aleccionadora para ambos (al menos así lo he interpretado yo; creo que esta intención queda especialmente de manifiesto en las últimas líneas de la obra). Por otro lado, Lorenzo, padre de Silvia, perseguido por la culpabilidad de un grave crimen; y Leandro, padre de Lorenzo y por tanto abuelo de Silvia. El medio de ambos para esquivar la oscuridad consiste en la búsqueda desesperada de la compañía. En el primer caso, en una relación con Daniela, una inmigrante sudamericana ilegal contratada como empleada del hogar; y en el segundo, en la prostitución. Ambas soluciones se intuyen más como agravantes de la situación que como medio efectivo para ponerles remedio. Esta es una clara y fundamental distinción entre los cuatro protagonistas. Para los dos primeros, la tristeza desempeña también una labor benefactora, que nos prepara frente a los lances que quedan por vivir; algo así como una vacuna. En los dos últimos, es un mar profundo en el que nos vemos lastrados por las decisiones que hemos tomado a lo largo de nuestra historia.

El estilo se Trueba tampoco sufre alteración. Particularmente, encuentro desconcertante ese desprecio por los signos de puntuación a la hora de introducir los fragmentos hablados por los personajes, las transcripciones literales y la alternancia en las conversaciones. En la construcción de escenarios, Saber perder guarda también muchas analogías con Blitz. Las ciudades en las que transcurren, Madrid y Múnich, están abundantemente caracterizadas. Múnich se percibía como un medio extranjero y hostil. Aquí, Madrid es una presencia gris, decadente, en la que la ruindad de lo popular se entremezcla con la frialdad de lo más ostentoso.

Galardonada con el Premio Nacional de la Crítica en 2008, y por ello el más claro referente en la bibliografía del autor, Saber perder no supone por tanto una innovación temática, ni tampoco estilística, sino simplemente una indagación más en lo que parece un tema recurrente en Trueba, que gira en torno a la tristeza cotidiana de la que continuamente intentamos escapar. En unas ocasiones, no tenemos más remedio que aceptarla como incómoda compañera de viaje, pero en otras puede llegar a convertirse en un callejón sin salida tras una pérdida irrecuperable; quizás una de las lecturas más positivas de la obra consiste en la constatación de que no tenemos muchas oportunidades para conseguir que la primera situación se convierta en la segunda. En la progresión entre un extremo y otro, desde Silvia hasta Leandro, el mensaje se hace cada vez más apremiante.

 

David Trueba.

David Trueba.

 

Demian

Herman Hesse (Calw, Imperio alemán, 1877 – Montagnola, Suiza, 1949), 1919.

Alianza Editorial, 1998, 5ª ed. Trad. Genoveva Dieterich. 175 páginas. (1ª versión de Alianza de 1968 con 27 ediciones).

 

La vida de cada hombre es un sendero hacia sí mismo. El intento de un camino. El esbozo de un sendero.            (p. 10)

 

En su decimoprimera novela (si se incluyen los libros de relatos), el alemán Herman Hesse (1877 – 1962), Premio Nobel de Literatura en 1946, crea una novela con vocación universal, trufada de grandes sentencias sobre la condición humana. No sé, por ahora, si es una tendencia general en su literatura. El lobo estepario, escrita unos seis años después que Demian y que desde hace mucho quiero leer, puede ser un buen siguiente paso.

La presente se trata de una novela de iniciación, la historia de la juventud de Emil Sinclair desde que conoce a un joven, Demian, que encarna los axiomas generales de realización personal, como se lee en la contraportada, en la repulsa de la sociedad burguesa y masificada. En muchas ocasiones, esta repulsa se articula en términos de denuncia a dogmas religiosos que actualmente pueden estar algo obsoletos, lo cual plantea la discusión sobre su vigencia. Pero además de la religión, el contraste entre Emil y Demian gira en torno a temas como la persecución de los sueños, la introspección, el patriotismo, etc.

En Demian, Hesse vuelca su obsesión por la psicología junguiana, sea lo que sea lo que signifique eso. En todo caso, Jung debió de considerar muy importantes los sueños, pues lo onírico tiene gran importancia en la obra, como representación de realidades ignotas en el hombre. Pero por encima de todo esto, el poder de Demian, desde mi punto de vista, lo constituye precisamente su citado carácter universalista. Suponer la existencia de un bien objetivo es el punto de partida para cualquier acción ética. Y el mejor camino hacia el descubrimiento de la naturaleza de este bien universal es la cultura. Desde este punto de partida, se construye una reivindicación del humanismo y de la individualidad sobre los males de la sociedad. El matiz de la cultura como herramienta que ennoblece del hombre, que lo hace mejor, es una idea sobre la que he sentido pivotar la obra, y en virtud de la cual la he conseguido entroncar con algunas sugerentes convicciones.