El bar de las grandes esperanzas

J. R. Moehringer (Nueva York, 1954), 2005.

Duomo, 2015, 3ª ed. 460 páginas. Trad. Juanjo Estrella González.

Íbamos para todo lo que necesitábamos. Cuando teníamos sed, claro, y cuando teníamos hambre, y cuando estábamos muertos de cansancio. Íbamos cuando estábamos contentos, a celebrar, y cuando estábamos tristes, a quedarnos callados. Íbamos después de una boda, de un funeral, en busca de algo que nos calmara los nervios, y siempre antes, para armarnos de valor tomando un trago. Íbamos cuando no sabíamos qué necesitábamos, con la esperanza de que alguien nos lo dijera. Íbamos a buscar amor, o sexo, o líos, o a alguien que estuviera desaparecido, porque tarde o temprano todo el mundo se pasaba por allí. Íbamos, sobre todo, cuando queríamos que nos encontraran.     (p. 13)

 

El premio Pullitzer J. R. Moehringer ya ha demostrado un especial talento para el género biográfico en la obra Open, donde se encarga las memorias del tenista André Agasi (Duomo, 2015). En esta ocasión, se trata de su propia etapa infantil y de maduración, a lo largo de la cual, el “Publicans”, el pub en el que está empleado uno de sus tíos, ocupó un lugar decisivo. Con elementos sospechosos de ser más bien fabulados, y con unos giros del lenguaje característicos de los doblajes del inglés al español, buena parte de la andadura vital del protagonista se desarrolla entre los parroquianos del pub, de forma que bastante peso narrativo recae en las excéntricas personalidades que se daban cita cada noche en las mesas o acodados en la barra. Pero, pese a su título, no se trata de una “obra de bar”. Hay sitio también para las turbulentas relaciones del protagonista con algunos miembros de su familia, para un padre tormentoso y atormentado, para los desgarros amorosos y para un desilusionante contacto con el mundo universitario. Con una capacidad admirable de transmisión, se construye un relato plagado de sinsabores y de todo ese tipo de momentos que, pese a parecer insulsos a primera vista, estamos condenados a recordar para siempre.

El joven J. R. descubrirá pronto el mundo de la cultura, y especialmente de la literatura. La obra está plagada de cultismos. En tan solo un puñado de páginas, se pueden a notar páginas enteras de referencias: Mahler, Esquilo, Antígona, Thoreau, Sófocles, Heródoto, Platón, Aristóteles, Tucídides, Virgilio, Dante, Milto, Goethe, Wordsworth, Maquiavelo, Hobbes, Locke, Tocquville, Keats, Barbra Streisand, Kris Kristofferson, Burt Bacharach, Dos Passos, Kipling, Wharton, Dreiser, Cheever, Mozart, Beethoven, Holst, Scott Fitzgerald … La cultura adquiere una capacidad redentora, y es otro de los grandes recursos anestésicos con los que contará el narrador, aparte del pub, especialmente después de que el alcohol, en un primer lugar salvador, acaba descubriéndose altamente nocivo.

Ha sido una obra considerablemente galardonada, entre otros por James Salter. En mi opinión, no es una obra maestra. A esto contribuye quizás un lenguaje muy poco lírico, demasiado “periodístico”, algo desaprovechado. Y algunas escenas que parecen estáticas. Pero en ningún momento roza la irrelevancia. Es entretenida de leer y deja para el recuerdo pasajes memorables.

 

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