Mes: julio 2017

Limónov

Emmanuel Carrère (París, 1957), 2011.

Anagrama, 2016. 11ª ed (1ª ed. en 2013). Trad. Jaime Zulaika. 396 páginas.

No quiero hablar ni de neonazis ni de exterminadores de presuntos inferiores […], sino del modo en que cada uno de nosotros se adapta al hecho evidente de que la vida es injusta y los hombres desiguales: más o menos hermosos, más o meos dotados, más o menos armados para la lucha. Nietzsche, Limónov y esta instancia en nosotros que denomino fascista dicen al unísono: “Es la realidad, es el mundo tal cual es.” ¿Cabe decir otra cosa? ¿Cuál sería el contrapeso de esa evidencia?

 

Es el libro más aclamado de Carrére. Ganador del Premio de la Lengua Francesa, del Premio Renaudot y del “Premio de Premios” (Prix des Prix, elegido sólo entre libros ya premiados) en 2011. Y yo soy un admirador declarado de Carrère. Sin embargo, la combinación no ha sido la esperada. Quizás por esto es apasionante la literatura. Tal vez Limónov es diferente a obras como El adversario o El reino. Sin dejar de lado uno de los factores que, en mi opinión, más grande hacen al escritor francés, las deliciosas infiltraciones subjetivas, reflexivas y cristianas, Limónov es un libro escrito eminentemente “de puertas hacia afuera”, menos introspectivo e intimista. Es una biografía del excéntrico político, activista y escritor ruso homónimo. Pandillero, marginado social, vagabundo, escritor de éxito, intelectual, agitador, y político extremista y nostálgico del estalinismo.

Es indudablemente un buen libro. Carrère es un autor comprometido con su trabajo, muy autoexigente, de documentación escrupulosa y ritmo ágil: se lee como un thriller, como sucedía con El reino, en un nuevo desafío a las fronteras de los géneros. Si bien en esta ocasión, la biografía, la auto-biografía, los ensayos sobre literatura rusa o las profundas reflexiones, como la que reduce la oposición bien-mal a la oposición entre el cristiano-nietzscheano, conforman un conjunto algo menos cercano; algo menos emotivo.

 

 

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Soldados de Salamina

Javier Cercas (Ibahernando -Cáceres-, 1962), 2001.

Círculo de Lectores, 1ª ed. (2001), 220 páginas.

 

– ¿Sabe usted cuantos años acabo de cumplir? Ochenta y dos. Soy un hombre mayor y estoy cansado. Tuve una mujer y ya no la tengo. Tuve una hija y ya no la tengo. Todavía me estoy recuperando de una embolia. No me queda mucho tiempo, y lo único que quiero es que me dejen vivirlo en paz. Créame: esas historias ya no le interesan a nadie, ni siquiera a los que las vivimos; hubo un tiempo en que sí, pero ya no.    (p. 185)

 

Comencé Soldados de Salamina por dos motivos. Primero, por esnobismo, porque suele incluirse en las recopilaciones de las mejores novelas españolas de los últimos años. Segundo, porque hace poco me describieron a Cercas (Ibahernando -Cáceres-, 1962) como lo más parecido a Carrère en España. Terminé la novela hace un mes; sobre lo primero, me extraña que esté incluida en listas de unas docenas de títulos junto con obras como En la orilla o Juegos de la edad tardía. Respecto a lo segundo, efectivamente es la no ficción tan de moda últimamente, pero en un registro que, conociendo el precedente de Carrère, pierde mucho efectismo.

Éxito de ventas en su momento, narra la biografía de Rafael Sánchez Mazas, intelectual falangista de primera hora que acabó apartado de los círculos de influencia y caído en el olvido después de la Guerra Civil. Este personaje protagonizó un episodio mítico durante la contienda: cautivo de los republicanos, escapó a un fusilamiento y acto seguido le fue perdonada la vida por el miliciano que lo perseguía. La historia fue posteriormente adaptada al cine por David Trueba, y hoy perduran escenas como la de un miliciano bailando Suspiros de España abrazado a su rifle.

En mi opinión, las mejores páginas son las que hablan de Historia, con mayúsculas. El relato testimonial, que pudo suponer una innovación en su momento, parece perderse entre posicionamientos políticos titubeantes (se defiende la virtud intelectual de Sánchez Mazas pero paralelamente se critica su filiación política; págs 88-89), un uso a veces mamporrero de situaciones excéntricas y un estilo algo recargado, con frases muy largas.

Pero en los márgenes de la intrascendencia, Soldados de Salamina hay espacio para algunas aportaciones enriquecedoras, especialmente hacia el final. No en vano, la salvación milagrosa de Mazas pertenece hoy casi a nuestro imaginario colectivo. Sin el matiz de intercesión divina que alguna vez tuvo.