Falos y falacias

9788416601813Adriana Royo (Barcelona), 2018

Arpa, 1ª ed., (2018), 256 páginas.

 

Y me duelen los ojos cuando mis amigos me cuentan que han tenido sexo como si estuvieran por encima y no les importara. Me duelen los ojos porque veo claramente a un niño que llora pidiendo un poco de afecto. Me duelen de la misma forma que si leo “biernes”   (pág. 228)

 

Cualquiera medio avispado se da cuenta. La sociedad, la publicidad, la tecnología, y tantas otras, nos inoculan un estilo de vida, unos valores y unos cánones con los que difícilmente se puede comulgar. Porque son totalmente antinaturales y porque el intento de seguirles el ritmo da lugar a tanta mediocridad, cuando no a tanto sufrimiento. Y, por supuesto, la sexualidad no sale indemne. No es sólo que tanta gente no la disfrute, si no que se viva desde el autoengaño, la artificialidad (lo que la autora llama “sexo de gimnasio”) o directamente desde la total irrealidad. Es algo inquietante. Pero muy alentador que te recuerden que estas observaciones no son sólo tuyas.

La joven psicóloga Adriana Royo da un repaso por todos los aspectos de la sexualidad que a estas alturas ya están hechos trizas, y pone el adjetivo de hipócrita o de carente de afecto donde hay que ponerlo. Se puede empezar por las nuevas tecnologías, un instrumento perfecto para la autocompasión. Se sigue por la falsa libertad sexual, un modelo ficticio con el que muchas veces sacrificamos nuestras propias necesidades, con las consiguientes autolesiones y secuelas. Se dedican posiblemente las mejores páginas a la pornografía, con la que nos damos varias sesiones diarias de lavado de cerebro, para que nos queden bien claros los clichés masculino y femenino con los que tenemos que comulgar. Configurando así un caldo de cultivo perfecto para la hipocresía exacerbada en ámbitos como la igualdad de género, los celos, el erotismo alternativo o las relaciones. Y, finalmente, la gran conclusión, nuestro mejor plato: la incapacidad patológica de relacionarnos con la inevitable soledad.

 

Virtudes

Falos y falacias es un libro reivindicativo sobre el sexo y sobre la psicología y sociología que le rodea. Se hace en él una llamada a una forma diferente de sexo, a su naturalización (lo que desde la óptica pornográfica distorsionada de hoy sería más bien el anti-sexo). Y se aportan conversaciones con pacientes en relación a los temas que se tratan (en ocasiones algo presuntuosos). Plantea preguntas interesantes y aporta reflexiones valiosas y bien formuladas, como lo arbitrario de considerar unas conductas sexuales perversas y otras no. O sobre la construcción alienante del futuro:

Lo que muchas mujeres no se plantean es por qué escogen esa vida. No se plantean cómo y por qué les afecta la presión social, la familiar, o la suya propia, a la hora de ansiar el pack pareja, casa e hijos. Y si escogen tener pareja e hijos desde su misma libertad, algunas no se plantean por qué se olvidan de ellas mismas.  (pág. 142)

Queda bien la abundancia de citas literarias y filosóficas. También es una obra de la que se puede aprender. En este sentido me parecen muy valiosas las lecciones acerca del origen de las perversiones como resentimientos mal trabajados.

Eso sí, hay que tener claro que no es un libro que dé respuestas. Se limita a arrojar luz sobre los problemas. A plantearnos si nos parece que ciertas cosas están bien como están. Pero no debemos buscar en él la solución definitiva. Quizás porque no existe una solución general, o bien porque es demasiado sencilla: valorarse a uno mismo.

 

Rarezas

Por otro lado, también se alternan algunas argumentaciones que parecen algo simplistas, o directamente ingenuas:

Es normal que la mujer tenga el sentido varonil más interiorizado de lo que desearía. Hasta los monjes budistas, tan equitativos y rectos ellos, tan en paz, en su mayoría son monjes, no monjas. ¿Dónde se encuentran las grandes maestras? ¿Dónde están las madres del mundo que paren a estos hombres?   (pág. 138)

, a lo que me gustaría responder: reivindicar la figura de la mujer meramente como madre, ¿no es algo machista? El capítulo sobre el feminismo me ha parecido poco claro, y el de las relaciones de pareja da la sensación de estar ahí de relleno.

Y, sobre todo esto, se plantea una pregunta que sobrevuela todo el ensayo: ¿cómo sé que lo que dice la autora es cierto? Puedo estar de acuerdo porque habla de sensaciones que yo comparto, pero ¿cómo saber que, en efecto, son los de los selfies poniendo morritos los que se equivocan, y no nosotros? Este tipo de certidumbre es pertinente después de afirmaciones tan tajantes y que parecen tan acertadas como:

Me da la sensación de que cuanto más sexo necesitemos consumar, más abisal será el pozo de nuestras carencias.      (p.227)

 

Conclusiones

Tal vez la incertidumbre sea un compañero de viaje ineludible, y tengamos que conformarnos con planteamientos en términos de opiniones y sensaciones. Tal vez la verdad no resida más que en el propio bienestar. Si pruebas algo que te hace sentir bien, entonces es cierto que eso es bueno.

Uno de los corolarios de la obra es lo solos que estamos y lo poco que nos atendemos a nosotros mismos. Al menos, descubrirlo ya es valioso. A fin de cuentas, el camino de la lucidez es más jodido que el de los selfies y lo postizo. Pero da menos grima.

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