Viaje a la aldea del crimen

Resultado de imagen de Viaje a la aldea del crimenRamón J. Sender (Cinca, Huesca, 1901), 1933

Libros del Asteroide, 2ª ed., 186 páginas.

Estos movimientos llegaron al conocimientos de las autoridades, naturalmente. El cura, un jovenzuelo que vive en la fonda y que pasea por la plaza con el libro de horas. El sargento y los tres guardias civiles. El alcalde. Pero este -Juan Bascuñana- no daba importancia a aquello. No estaba en ninguno de los dos bandos. La autoridad se la habían dado de arriba, pero tampoco estaba seguro de que fuera verdadera autoridad. Allí la autoridad estaba en la casa cuartel.   [pág. 60]

 

Desde el día de su proclamación, la República contó con poderosos enemigos que le lanzaban miradas de muerte. A estos enemigos tendría que sumar terribles errores con los que los poderosos intereses rivales arrojarían gasolina a un fuego de incontenible crispación. Quizás la palabra crispación quede insuficiente; era rabia en ambos bandos. En la pedanía de Casas Viejas, municipio de Medina Sidonia, en Cádiz, la madrugada del 10 de enero de 1933, un grupo de ingenuos campesinos, hartos del hambre y la miseria, viviendo la fantasía de formar parte de un levantamiento anarquista nacional, asaltó el cuartel de la Guardia Civil y declaró el comunismo libertario, disponiéndose a las expropiaciones de los terratenientes. Varios guardias murieron. La sofocación de la revuelta fue encargada a la propia Guardia Civil y a la Guardia de Asalto, el cuerpo que Azaña creó por desconfianza al primero, “sin prisioneros ni heridos”.

Lo que pasó en Casas Viejas es historia, y Libros del Asteroide nos lo recuerda con una de sus primorosas ediciones. Como resultado del episodio, el director general de seguridad, Arturo Menéndez (no Alberto, como dice una errata en la introducción) acabaría dimitiendo. Se trata de un episodio especialmente representativo del caos en el que vivía el país y que sirvió para acabar con el gobierno republicano-socialista de Azaña y para la ascensión de la CEDA y otros grupos “de dudosa lealtad”.

Ramón J. Sender, que por entonces ya era conocido en los círculos periodísticos y cultos del país, acudió al lugar unos días después (aunque recurre a la ficción para situarse allí unos días antes de los hechos) para construir, con un olfato literario distinguido, lo que hoy llamaríamos un thriller a modo de crónica, al estilo Capote. No es un libro escrito tapándose la nariz. Sender tomó partido, como hombre del momento que le tocó vivir. Los primeros capítulos, antes de que el pueblo pasara a la acción, son algo pesados, pero desde ese momento toma un gran ritmo. En los últimos capítulos abundan declaraciones de las personas que vivieron el momento en primera persona. La obra es hoy un documento de gran valor historiográfico y literario y que toma como pocos el pulso de una sociedad en sus peores horas, caminando hacia el abismo.

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