Autor: SJQ

¿Por qué estamos obligados a leer un tostón como ‘Moby Dick’?

CLÁSICOS LATOSOS | 1

Kiko Amat hace un resumen de algunas de esas grandes obras de la literatura que seguro que ustedes no tienen intención de leer

¿Conviene leer los clásicos? Más aún: ¿conviene leerlos hasta el final? Kiko Amat se sacrifica por sus lectores y, en esta nueva sección, procede a leer (a veces por segunda vez) una selección de todos esos grandes clásicos de la literatura universal que ustedes no tenían la menor intención de empezar, especialmente si fuera hacía bueno. La serie arranca con Moby Dick, de Herman Melville.

 

https://elpais.com/cultura/2017/12/12/babelia/1513073168_414520.html

 

¿Se imaginan que Jesús en el Nuevo Testamento solo realizara un pequeño cameo hacia el final, como mercader de burros o acarreador de jofainas? Esa es la política Melville en lo tocante a Ahab. Y eso que, cuando aparece, suelta las mejores frases. Pero Melville le debe tener ojeriza, porque casi no puede esperar a cortar sus formidables soliloquios dementes para permitir la entrada de algún personaje secundario: Stubb. Flask. Starbuck. Pip. Ismael. Tashtego. Quiqueg. Incluso el “tercer marinero de Nantucket”, quien —como habrán observado— es tan menor que Melville ni se molesta en darle nombre. Todos hablan, beben, afianzan los trinquetes o expulsan ventosidades en el preciso momento en que su patrón abre la boca.    (Kiko Amat)

 

El hecho mismo de que alguien se sienta obligado a leer una obra en concreto puede parecer absurdo. Pero me resulta confortante la desmitifación.

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Canción dulce

Leila Slimani (Rabat, 1981), 2016.

Cabaret Voltaire. 1ª edición. 2017

Premio Goncourt 2016

 

Se queda callada. No sale de su escondrijo, ni siquiera cuando gritan, lloran, se desesperan. Agazapada en la oscuridad, espía el pánico de Adam, postrado, sacudido por los sollozos. El pequeño no entiende. Llama a Louise, sin pronunciar la última sílaba, los mocos le chorrean por los labios, las mejillas las tiene moradas de rabia. Mila también siente miedo. Durante un instante, se cree que se ha marchado de verdad, los ha abandonado en esta casa sobre la que caerá la noche…   [p. 61]

Reseña en Le Miau Noir

La carne

Rosa Montero (Madrid, 1951), 2016.

Penguin Random House (Colección DeBolsillo). 1ª edición. 

 

La última vez que hizo el amor. ¿Y si no volvía a tener un amante? La gente casi nunca sabía cuándo era la última vez que hacía algo que le importaba. La última vez que subes a un monte. La última vez que esquías. La última vez que tienes un encuentro sexual. Porque a ese cuerpo mutante que de pronto se plisaba, se ablandaba, se cuarteaba, se desplomaba y se deformaba, a ese cuerpo traidor, en fin, no le bastaba con humillarte: además cometía la grosería suprema de matarte.    [p. 30]

 

Reseña en Le Miau Noir

El manuscrito carmesí

Antonio Gala (Brazatortas -Ciudad Real-, 1930), 1990.

Planeta (Colección Premios Planeta). 8ª edición. 1991

Como el enfermo grave que detiene toda la vida de la casa, tan ancha y tan segura, con tal de prolongar el quebradizo hilo de la suya; en el fondo, todos los moradores desean que esa lucha tan desigual termine. Yo he llegado a la conclusión de que, a estas alturas, somos -me refiero a mí y a mi Dinastía y a la forma de vida que hemos representado- igual que las dagas de adorno, cuya hoja no corta, ni su extremo se clava.             [p. 209]

 

https://www.lemiaunoir.com/manuscrito-carmesi-historia-ensayo/

Hoy es para mí un día de celebración. Recientemente se me ha concedido la oportunidad de colaborar en la revista cultural Le Miau Noir.

De forma que en adelante los artículos que publique en esa web serán enlazados aquí.

Muchas gracias. ¡Seguimos en ello!

El poder del perro

Don Winslow (Nueva York, 1953), 2005.

Debolsillo, 2016. 5ª ed. Trad. Eduardo G. Murillo. 719 páginas.

 

¿De veras creía que podría salvar al niño? Tal vez no, piensa Art. Tal vez no quería que el niño viera surgir la muerte del cañón el arma. Tal vez quería que la última sensación del niño en este mundo fuera la de su pecho. Envuelto en amor.   [p. 21]

 

Leer El poder del perro ha sido constatar un nuevo divorcio entre la exitosa literatura comercial, y la literatura que me gusta. La obra del neoyorquino Don Winslow constituyó un potosí editorial mucho tiempo después de su publicación, pero creo que yo no podría defender ningún argumento a su favor. Ni siquiera la documentación sobre el fenómeno del narcotráfico, porque su lectura no ha llegado a motivarme como para contrastarla. Con un estilo que queda resumido en emplear la expresión “chingada” en cada línea, al menos me planteó hasta qué punto debe desafiarme un libro para decidirme a no terminarlo.

La reina sin espejo

Lorenzo Silva (Madrid, 1966), 2005.

Booket, 5ª ed. 382 páginas.

No era el asesinato de Neus Barutell, ni tampoco la perspectiva de tener que dirigir un equipo heterogéneo y problemático para esclarecerlo, lo que me impedía dormir. Se trataba de algo mucho más vago e insoluble, la pasta espesa de la que están hechas las noches de un hombre a partir del instante en que empieza a percibir que ha vivido y errado más de lo que le gustaría. Varían los recuerdos que acuden en cada momento para formar el ingrato mejunje, a veces ni siquiera se trata de recuerdos precisos, pero la mezcla siempre sabe a decepción y su color tiende a ser más turbio de lo deseable. Creo con convicción que ésa es la sustancia más letal que transportamos en nuestras alforjas, y que en la hora nocturna en que suele desbordarse conocemos el apogeo de nuestra vulnerabilidad.    [p. 95]

 

En esta entrega de la serie de Bevilacqua, que no es la más adictiva pero que mantiene el buen nivel de solvencia, la narración comienza con el asesinato de una prestigiosa periodista y presentadora de televisión. En el desarrollo de la investigación toma importancia su marido, escritor de profesión, utilizado por Silva para plasmar preocupaciones propias.

Esta entrega es continuista tanto en los pocos puntos débiles como en sus muchos puntos fuertes. Los primeros son la reincidencia en ciertos temas: psicología y los cuerpos de policía y Guardia Civil, con sus combinaciones tan del gusto del autor. Y, sobre todo, un estilo didáctico y perfeccionista, de admirar, pero que no encaja bien con algunos personajes. Los segundos son los que justifican los geniales efectos de la “fórmula Silva”: una acción muy bien tensada, digresiones conmovedoras y lúcidas (como la transcripción de más arriba), y personajes muy carismáticos. Seguimos en ello.

Crematorio

Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna -Valencia-, 1949 – 2015), 2007.

Anagrama, 2015. 10ª ed (1ª ed. en col. Compactos: 2010). 417 páginas.

Premio Nacional de la Crítica 2007

 

Temen las palabras, porque una palabra los tumba de forma más contundente que un puñetazo, te corta, te hiere, te aplasta, es cuchillo, es maza. Gente que se pasa el día amargada, acomplejada. Que no follan o no saben follar; que follan con las putas porque les da asco hacerlo en casa; que piensan que no valen un duro, y a cualquier cosa que les dices creen que se lo estás diciendo para joderlos, para dejarlos con el culo al aire, porque los tomas por gilipollas; que los estás llamando inútiles, poco hombres, lo que sea que ellos consideran lo peor; y te gritan, porque saben que lo son, saben que son gilipollas, que como hombres no valen un duro, y así, a gritos, están convencidos de que conseguirán que la cosa quede en secreto.    [p. 70]

 

Considerado por muchos de lo mejor en castellano en lo que va de siglo, adaptado con éxito gran éxito a la televisión y alabado por la crítica, Crematorio es mi segunda novela del ya mítico Rafael Chirbes, tras En la orilla. Haber leído ésta antes influye en la impronta. Crematorio también es una novela de la crisis. Más certeramente, de los antecedentes de la crisis. En Crematorio se levanta el edificio que luego se derrumbará generando En la orilla. Edificio construido y a la vez carcomido por la derrota personal, por la falta de escrúpulos y de principios, por la bajeza, complejos, mierda y decadencia castiza que a todos nos vuelve a resultar familiar. Es la misma materia prima, pero antes del boom inmobiliario.

La narración arranca con la muerte de Matías Bertomeu, hermano del protagonista, Rubén Bertomeu, empresario de la construcción y especulador urbanístico que ha levantado su emporio sobre el delito. Ya encumbrado, Chirbes usa su voz (y, minoritariamente, la de otros personajes) para el balance de su vida, que oscila entre la nostalgia del pasado y la depresión por el presente, entre lo melancólico y lo trágico; usando a menudo símbolos o recursos líricos al servicio de las argumentaciones. Las conversaciones entre personajes son en muchas ocasiones la excusa para estas digresiones, especialmente las que tienen como finalidad la indagación en la personalidad de los diferentes miembros de la familia. En otras ocasiones, el inicio de estas digresiones son motivos irrelevantes: una barbería, un plato culinario… La figura de los padres (y no solo del padre, como En la orilla), el machismo, el racismo, etc., y especialmente la dolorosa perspectiva de la vejez son los temas que articulan el conjunto.

Digresiones que se presentan, al igual que En la orilla, aglomeradas, todas en un único párrafo, y que se extienden por casi toda la obra, que huye de “la dictadura de la trama”, en los términos en los que el autor a veces alude a ella. Así, se sitúa en el espacio habitual de Chirbes, unos pasos más próximo al ensayo con gusto a memorias.

Pero como decía al principio, la comparación con En la orilla lo empaña. Uno de los problemas es que el destilado de las reflexiones, por muy bien que se enhebren con discusiones entre personajes, visitan los mismos lugares. Y si los lugares ya no son originales, resulta que sólo la melancolía, sólo el dolor por el dolor, ya no parecen motivos suficientes si no hay excusa narrativa, o si ésta es mínima. Hay páginas magistrales; la línea de flotación del lector sigue estando al alcance de la tristeza de Chirbes. Pero ahora ni el recurso estilístico es suficiente, ni los temas que se orbitan son originales. En Crematorio no hay medios de evasión. Y la ilusión de una vida nueva siempre ha sido una de las promesas de la literatura.

Vendrán todos. Los gamberros y los tímidos; éstos saben pelear. Los traficantes de droga y los que reparten los anuncios de burdeles. Los masturbadores, los clientes de las revistas y de los cines porno. Los solitarios que deambulan por las salas de museos o consultan en las bibliotecas cristianas y gratuitas. Los que tardan dos horas en tomar a sorbitos su café en los McDonald’s y miran tristemente por el ventanal. Los fracasados en el amor, el dinero y el trabajo y los que han tenido la desgracia de nacer en una familia pobre.  Los jubilados que hacen cola en el supermercado, en la fila reservada a los que compran menos de cinco artículos. Los gamberros negros que sueñan con tirarse a una blanca de la alta sociedad y como no lo conseguirán nunca la violan. El doorman de pelo gris al que le encantaría secuestrar y torturar la hija insolente de los ricos del último piso. Los valientes y los fuertes que llegan de todos los confines para brillar y conquistar la gloria. Los homosexuales, unidos de dos en dos. Los adolescentes que se aman. Los pintores, los músicos, los escritores cuyas obras no compra nadie. La grande y aguerrida tribu de los fracasados, losers en inglés, en ruso nieudáchniki. Vendrán todos, tomarán las armas, ocuparán una ciudad tras otra, destruirán los bancos, las oficinas las editoriales, y yo, Eduard Limónov, iré en cabeza de la columna, y todos me reconocerán y me amarán.

(Eduar Limónov, en Limónov, de E. Carrère, 2011)

Limónov

Emmanuel Carrère (París, 1957), 2011.

Anagrama, 2016. 11ª ed (1ª ed. en 2013). Trad. Jaime Zulaika. 396 páginas.

No quiero hablar ni de neonazis ni de exterminadores de presuntos inferiores […], sino del modo en que cada uno de nosotros se adapta al hecho evidente de que la vida es injusta y los hombres desiguales: más o menos hermosos, más o meos dotados, más o menos armados para la lucha. Nietzsche, Limónov y esta instancia en nosotros que denomino fascista dicen al unísono: “Es la realidad, es el mundo tal cual es.” ¿Cabe decir otra cosa? ¿Cuál sería el contrapeso de esa evidencia?

 

Es el libro más aclamado de Carrére. Ganador del Premio de la Lengua Francesa, del Premio Renaudot y del “Premio de Premios” (Prix des Prix, elegido sólo entre libros ya premiados) en 2011. Y yo soy un admirador declarado de Carrère. Sin embargo, la combinación no ha sido la esperada. Quizás por esto es apasionante la literatura. Tal vez Limónov es diferente a obras como El adversario o El reino. Sin dejar de lado uno de los factores que, en mi opinión, más grande hacen al escritor francés, las deliciosas infiltraciones subjetivas, reflexivas y cristianas, Limónov es un libro escrito eminentemente “de puertas hacia afuera”, menos introspectivo e intimista. Es una biografía del excéntrico político, activista y escritor ruso homónimo. Pandillero, marginado social, vagabundo, escritor de éxito, intelectual, agitador, y político extremista y nostálgico del estalinismo.

Es indudablemente un buen libro. Carrère es un autor comprometido con su trabajo, muy autoexigente, de documentación escrupulosa y ritmo ágil: se lee como un thriller, como sucedía con El reino, en un nuevo desafío a las fronteras de los géneros. Si bien en esta ocasión, la biografía, la auto-biografía, los ensayos sobre literatura rusa o las profundas reflexiones, como la que reduce la oposición bien-mal a la oposición entre el cristiano-nietzscheano, conforman un conjunto algo menos cercano; algo menos emotivo.