Libros

Música para feos

Lorenzo Silva (Madrid, 1966), 2015.

Booket, 1ª ed. 214 páginas.

Era un viernes por la noche, o lo que es lo mismo, el momento más temido por una mujer como yo: joven, pero ya no tanto como para tener el alma y la piel libres de rasguños, y con algún recorrido a las espaldas, pero todavía no tanto como para comprarme un gato y no esperar nada más de la vida. El temor se agrava cuando compruebas que en ese momento fatídico no tienes grabado en la agenda del móvil el número de nadie a quien puedas llamar sin que la perspectiva te inspire aburrimiento, asco o la mezcla de ambos. En esa situación, detestable y absurda, bien puede suceder que te prestes a probar alguna solución descabellada. Y eso fue, justamente, lo que yo hice.     [p. 13]

 

A propósito del libro de Lorenzo Silva Carta blanca (Espasa, 2004), Ignacio Echevarría escribió una crítica con afirmaciones un tanto aventuradas (como el propio título, “El taciturno novio de la muerte”) pero que contiene algunas ideas que sintetizan bien mi visión de la parte de la obra de Silva que conozco:

En el panorama de la actual narrativa española, Lorenzo Silva es uno de los mejores exponentes de lo que, sin reticencias de ningún tipo, cabe entender por escritor profesional […] Solvente, concienzudo a su manera, técnicamente bien pertrechado, y muy sensible a los gustos y a las demandas del gran público. Sin preocuparse mucho por su propio carisma, y sin andarse en general con manías, el escritor profesional se entiende bien con una industria editorial […] y que le sirve a él para labrarse una próspera carrera que se desarrolla hasta cierto punto al margen de los prestigios y de los escalafones por los que suelen competir la mayoría de sus colegas.

Docena y media de títulos publicados en menos de una década, entre ellos unas cuantas novelas muy exitosas, traducidas a varias lenguas y adaptadas o pendientes de adaptación al cine, dan cuenta, en el caso de Lorenzo Silva, de un ritmo de producción incansable, que en buena medida se explica por el recurso a plantillas genéricas, que Silva emplea con astucia, imbuido siempre de un espíritu divulgador, pedagógico incluso, y guiado por la obsesión -insiste él siempre- de no aburrir.

El resto de la crítica puede encontrarse aquí: http://elpais.com/diario/2004/04/24/babelia/1082764216_850215.html. Por cierto que provocó la esperable respuesta del propio Silva en su web (http://www.lorenzo-silva.com, en el apartado dedicado al libro en cuestión).

Más allá de polémicas, yo también creo que todas las novelas de Silva tienen puntos en común. Por un lado, ese sabor a “novio de la muerte” que deja su sensibilidad por la intimidad de lo marcial o lo policial (serie Bevilacqua), o bien el resabio canalla de algunos de sus protagonistas (La flaqueza del bolchevique), y ese estilo impecable hasta límites pedagógicos trufado a veces, y en este caso es así, de líneas absolutamente inspiradoras. “Plantillas”, como diría Echevarría, que hacen que, cuando menos, el sello Silva sea una apuesta segura.

Estamos ante una clásica historia de amor entre Mónica, una chica precarizada y un tanto sin rumbo en Madrid, con la que tantos empatizamos, y Ramón, mayor que ella y con grandes secretos. Sin ser tan brillante como otras, Música para feos es una vez más género de alta calidad.

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La tierra que pisamos

Jesús Carrasco (Badajoz, 1972), 2016.

Seix Barral, 1ª ed. 270 páginas.

 

Después de la desoladora visión de su rostro, trato de volver a mis asuntos. Pero ¿quién podría dedicarse a sus cosas sabiendo que un loco desfigurado holgazanea a unos metros? Mis intentos son inútiles. Mi imaginación, más fuerte que mi voluntad, vacía mi mente de pensamientos cabales. Me arranca del presente y no soy capaz de pararla.   [p. 47]

Jesús Carrasco protagonizó en 2013 uno de los más aclamados debuts literarios con la obra maestra Intemperie (Seix Barral, 2013), una oda al poder del lenguaje y a su capacidad de evocación: libro del Año para el Gremio de Libreros de Madrid y para El País y uno de los mejores de 2014 en Reino Unido para The independent, además de al menos otros cuatro premios internacionales y no menos puestos finalistas.

La tierra que pisamos es su segunda obra. Plantea que, en un futuro próximo, España ha sido anexionada por un Imperio internacional. En Extremadura parte de la élite militar conquistadora ha elegido un pequeño pueblo para una jubilación idílica. Eva, esposa de un gran cargo, descubre que en su jardín habita un vagabundo sin nombre ni conocidos. Ominosamente seducida, se encarga de construirle un pasado, mientras asiste al desmoronamiento que su presencia provoca en los que habían sido los pilares de su vida: su relación con su marido y su conciencia.

En la contraportada del libro se cuentan nueve opiniones de crítica literaria alabando el talento que el autor derrocha en… Intemperie, su anterior obra. Nada acerca de la que se tiene entre manos. Esto ya debería hacernos desconfiar. Y, cuando se comienza a leer, en efecto, se comprueba que La tierra que pisamos está bastante lejos de su predecesora. El dominio del lenguaje y la capacidad evocadora de Carrasco siguen estando ahí (“La pluma rasca el papel, un sonido cordial junto a la llama ondulante de la bujía…” [p. 40]), pero mucho más diluidos. Quizás porque el fin ya no es la celebración del lenguaje en sí mismo. El argumento ya no es un mero pretexto. Y el estilo no es el protagonista único, sino que se pretende usar el lirismo y la insinuación para elevar un mensaje que no queda claro, más allá de orbitar en torno a la relación entre el Hombre y su tierra. Un intento de fidelidad estilística que acaba brillando con una luz propia mucho más tenue que el manifiesto inicial.

La desfachatez intelectual

Ignacio Sánchez-Cuenca (Madrid, 1966), 2016.

Catarata, 5ª ed. 221 páginas.

Son muchos los ejemplos de intelectuales que han interpretado el reconocimiento público que reciben por su obra literaria como una forma de impunidad. Llegados a cierto punto de “consagración”, saben que digan lo que digan, por muy arbitrario o absurdo que resulte, nadie les va a mover la silla. Es como si la acumulación de malas ideas y opiniones infundadas no tuviera apenas impacto sobre su reputación, de modo que ningún periódico se atreverá a prescindir de sus servicios, ni las editoriales rechazarán sus manuscritos ni les dejarán de invitar a conferencias, cursos de verano y demás actos culturales y académicos.      [p. 13]

 

Cuando a un novelista de éxito una firma editorial le ofrece un contrato como columnista, u “opinador” en general, en una publicación periódica, se le plantean dos alternativas honestas: declinar la oferta, pues su ámbito es la literatura, no el análisis político o económico, o bien aceptar la oferta y escribir con la documentación previa y la modestia de quien es intruso en temas ajenos. El problema está en que muchas veces optan por una tercera opción: aceptar la oferta, y escribir artículos mal documentados, no referenciados, superfluos, frívolos y en los que, antes que el rigor, tiene más interés una retórica con gancho que no diga nada de valor. Es el caso de Pérez-Reverte en XL Semanal, Félix de Azúa, Javier Cercas, Muñoz Molina y Fernando Savater en El País,  Jon Juriasti en ABC, y muchos otros. A veces, incluso, este modus operandi les da para todo un libro (por ejemplo, el aquí analizado Todo lo que era sólido, de Muñoz Molina: https://solidosyamorfos.wordpress.com/2016/03/11/todo-lo-que-era-solido/). Más allá de su indiscutible capacidad literaria, todos estos autores se han convertidos en perfectos instrumentos de marketing, aprovechando la polémica de moda en cada momento, sea o no de relevancia pública, siempre al servicio de la máxima “lo que interesa es vender al peso, y no la calidad del género”.

Ignacio Sánchez Cuenca, profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III y autor en Infolibre, saca a relucir todas estos patinazos con un estilo aséptico, dejando claro que su reclamación se centra exclusivamente en su campo competencial, y no dando ni una sola afirmación sin contrastar y con la correspondiente referencia bibliográfica. Aunque le sobran páginas en los capítulos sobre el nacionalismo vasco y catalán, es un libro necesario para aprender a juzgar antes de aplaudir, para desacralizar y para forjar un espíritu crítico cada vez más urgente, pero cada vez más difícil de encontrar. Muy necesario. Y, además, de lectura muy entretenida.

El juego sigue sin mí

Martín Casariego Córdoba (Madrid, 1962), 2015.

Siruela, 1ª ed. 213 páginas.

Premio Café Gijón 2014

Fue un ladrón especial, pues me robó, sí, pero durante años he pensado que me dio mucho más de lo que me quitó. Hoy no estoy tan seguro. Es posible que gracias a él me apartara del mal camino. No lo sé.     (p. 13)

Martín Casariego Córdoba (Madrid, 1962) compagina la escritura de guiones, cuentos y ensayo, con la de novelas, terreno en el que parece ser que tiene predilecciones por los temas juveniles, que son los que se abordan en su novela más vendida y conocida hasta el momento: Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero (1995), que vendió más de 150.000 ejemplares en España. Su última novela, Como los pájaros aman el aire (Siruela, 2016), de temática igualmente amorosa, ya goza con el favor de la crítica (http://www.elcultural.com/revista/letras/Como-los-pajaros-aman-el-aire/38816).

El juego sigue sin mí es su penúltima novela, e igualmente exitosa: premio Café Gijón 2014. Narra la relación de Ismael, un chaval de instituto, con Rai, un profesor particular al que han contratado sus padres para intentar mejorar las calificaciones de su hijo. Pronto, Ismael descubrirá que Rai no es como los demás chicos, le rodea un aura especial, una confianza en sí mismo y en su extravagancia que lo han hecho mucho más libre que cualquier otra persona a la que Ismael haya conocido. Puede parecer algo simplista, y de hecho en parte la infancia aparece distorsionada por la idealización en la novela; pero más allá de eso, Casariego sabe empatizar con el pasado que nunca ha dejado de acompañarnos, con las decepciones que se fraguan al terminar la adolescencia y las astillas que los sueños, al estallar, nos dejan clavadas. Novela de formación plagada de sensibilidad que nos obliga a una benéfica nueva batalla contra nosotros mismos.

Hombres desnudos

Alicia Giménez-Bartlett (Almansa -Albacete-, 1951), 2015.

Planeta, 1ª ed. 474 páginas.

Premio Planeta 2015

 

De nuevo, las necesidades de la amistad. A Genoveva todo el mundo le ha dado un poco de lado. Es mayor que yo, ronda los cincuenta. En su día montó un buen escándalo porque dejó a su marido para largarse con su entrenador personal, un chaval carne de gimnasio, guapo, joven y cutre. Llegaron a convivir algún tiempo, pero la pasión no tardó mucho en irse al traste. Un día me explicó que el chico decía: “Me se ha ocurrido una idea”, calcomonías, y empleaba temática en lugar de tema. La ponía de los nervios, claro está.    (p. 36)

La doctora en filología y escritora Alicia Giménez-Bartlett (Almansa, 1951) es principalmente conocida por sus novelas policiacas protagonizadas por la inspectora Petra Delicado. Su obra Donde nadie te encuentre (2011) fue galardonada con el Premio Nadal.

En esta ocasión, aborda el tema eterno de la soledad, a través de una trama donde unos personajes entrañables, especialmente Iván, gigoló de clubes nocturnos, pivotan en torno al negocio de los espectáculos para adultos y la prostitución masculina. Es una novela de la crisis, pues esta forma de ganarse la vida surge de la necesidad; es una vía cuando no queda otra. También es una novela negra, pues, pese a sus episodios de luminoso optimismo, el tema central de la narración es cómo la desesperación, el miedo a lo desconocido o los complejos personales pueden sacar lo peor de nosotros mismos.

Javier, personaje en el que se intuyen notas autobiográficas, después de la ruptura con su pareja y de su despido laboral, se ve sumergido por Iván en un mundo que le reporta dinero fácil y que puede suponer una salida a corto plazo del bache en el que se encuentra. En este ambiente, conocen a Genoveva, otro personaje magistral, y a Irene, con las que las unirá un vínculo del que dependerá el futuro de todos. La narración es en primera persona, alternándose de párrafo a párrafo entre uno y otro de los cuatro protagonistas.

Pese al cierto regusto de autocomplacencia y de desinhibición algo forzada, las páginas caen sin darse uno cuenta. Gran capacidad narradora que se despliega no sólo en la profundidad psicológica, también en situaciones con la dosis justa de tensión, de dramatismo o de humor negro. Un acompañante de lujo.

La chica del tren

Paula Hawkins (Harare -Zimbabwe-, 1972), 2015.

Planeta, 8ª ed. 491 páginas.

Trad. de Aleix Montoto

 

Me gustaba. De hecho, me encantaba. Nunca me sentí culpable. Pero hacía ver que sí. Tenía que hacerlo por mis amigas casadas, las que vivían con el miedo de la au pair coqueta, o de la guapa y divertida chica de la oficina con la que se podía hablar de fútbol y se pasaba media vida en el gimnasio. Tenía que decirles que por supuestoque me sentía fatal, por supuesto que lo sentía por la esposa, yo no había querido que pasara todo esto […]     (p. 360)

El efecto “thriller veraniego” que logra récords de ventas sin ser literatura especialmente buena, aunque en ocasiones ciertamente adictiva, situó el año pasado, 2015, La chica del tren, en los cinco millones de ejemplares vendidos (el que yo leo, publicado en julio, es una octava edición). Estas novelas frecuentemente están escritas por autores sin grandes precedentes, empujados a primera línea de fuego por las entusiastas editoriales a las que no les hace especial gracia la discusión en torno a la calidad literaria. Es el caso de Paula Hawkins (Harare, 1972), periodista de The Times en Londres pero criada en Zimbabwe.

La chica del título es Rachel, víctima de un pasado reciente traumático que le ha hecho naufragar en el alcoholismo. Y el tren es el de las 08:04 hacia Londres que coge diariamente desde su casa. En este trayecto, el tren se detiene siempre cerca del mismo vecindario, donde tiene ocasión de observar las escenas privadas que ocupan a la joven pareja de una de las casas. Una vida feliz que ella envidia y añora porque le fue cruelmente arrebatada. Hasta que llega el día en que parece que no es oro todo lo que reluce. En este punto, comienza a desarrollarse una trama criminal en la que Rachel en parte se ve involucrada y en parte usa para exorcizar sus propios fantasmas.

Trama concebida por unos personajes profundos, cuya delineación en ningún momento permite que la descripción invada el terreno de la acción, en una nivelación maestra del conjunto. Los problemas de las tres protagonistas femeninas se desarrollan en una secuencia que alterna las confesiones de cada una ellas, con frecuentes saltos temporales, que van configurando una visión cada vez más panorámica. En esta visión se incluye un tratamiento profundo del problema del alcoholismo y una emotiva evocación del pasado feliz irrecuperable y de los salvajes desgarros de la pasión.

 

El talento de Mr. Ripley

Patricia Highsmith (Fort Worth, Texas, 1921 – Locarno, Suiza, 1995), 1955.

Anagrama Compactos, 1ª ed. en 1981. 324 páginas.

Trad. del inglés de Jordi Beltrán

 

Tom se decía que tal vez mistress Cartwright había sido una verdadera arpía en su juventud, que quizá era ella la culpable de todas las neurosis de su hija, a la que había absorbido hasta el punto de impedirle llevar una vida normal y casarse. Tom se decía que tal vez mereciese que la echasen a patadas por la borda, en vez de llevarla a pasear por cubierta, escuchando sus historias durante horas y horas. Pero daba igual. El mundo no siempre daba a cada cual su merecido. Él mismo era un buen ejemplo de ello.  (p. 317)

 

La autora

El lado oscuro de la condición humana protagoniza frecuentemente las novelas de la escritora texana Patricia Highsmith (1921 – 1995), puede que debido a lo complicada que fue su vida. Entre otras cosas, por la obsesión por conseguir el amor de su madre, y por su condición de lesbiana en una época en la que la homosexualidad se consideraba delito y enfermedad. En su diario escribió que de niña aprendió a “vivir con un odio homicida y opresivo” y a sofocar sus emociones más intensas porque, como ella misma confiesa:

“Hubo un momento, con dieciséis o diecisiete años, en que comencé a tener escalofriantes ideas.”

El eco de estas escalofriantes ideas impulsaría su vocación hasta convertir a Patricia Highsmith en una de las grandes autoras de novela negra norteamericana. Investigadora de conciencias, de oscuras y malsanas conciencias. En otra confesión, defiende:

“Estoy interesada en la conciencia de la gente. Busco la carga más pesada que pueda encontrar. La peor de todas es sin duda la de un asesino. Y por eso soy tan incisiva con sus reacciones. Porque soy capaz de meterme en la mente de alguien que ha matado a otro”.

Ya su primera novela, Extraños en un tren (1950) se convirtió en un gran éxito, y logró la fama mundial, sobre todo tras la adaptación de Alfred Hitchcock, un año más tarde. A partir de ahí, Patricia Highsmith se ha convertido en una de las maestras indiscutibles de la novela criminal, y en toda una leyenda. Finalmente, decidió recluirse en su casa de Suiza, donde se volcó sobre su máquina de escribir, sobreviviendo a base de vodka y sexo.

 

Adaptaciones y ediciones

Matt Damon, Gwyneth Paltrow y Jude Law protagonizaron en 1999 El talento de Mr. Ripley, remake de la versión de 1960 de René Clement con Alain Delon como Ripley, que fue, de forma similar a lo que sucedió con Extraños en un tren, un gran empujón de la novela de Higsmith a la fama mundial, hasta el punto de que hoy es considerada una de sus mayores obras.

Esta primera adaptación fue estrenada con el título A pleno sol, lo que haría que Anagrama, en su colección Compactos, publicara en 1989 la novela bajo ese mismo título. La editorial, fiel a la autora desde los años ochenta, propone, en 2015, ponernos una vez más tras los pasos de la prosa inquietante de Highsmith y su talento investigador de la turbia mente humana. Dentro de la nueva colección “Negra”, nos ofrece seis títulos imprescindibles de la bibliografía de Highsmith. Además de la que nos ocupa, se publican las novelas: Ese dulce mal (1960), El grito de la lechuza (1962), Crímenes imaginarios (1965), El diario de Edith (1977) y la citada Extraños en un tren.

 

La obra

Los personajes de Highsmith, en su mayoría nocivos y llenos de psicopatías, nacieron de su carácter complicado, visceral y contradictorio. El talento de Mr. Ripley, publicada en 1955, está dominada por la presencia de Tom Ripley, un joven americano de 23 años. Es un tipo tormentoso, brutal, inquietante, escurridizo… Y eso que al principio solo parece un tímido joven neoyorquino. Pero tras esa tranquila máscara discurre la mente amoral de un delincuente, dueño de un talento asesino. En su pervertida psique, los actos de Tom Ripley se antojan necesarios, inevitables, y se asumen como meras gestiones que hay que resolver para poder llevar una vida cómoda. Ni sombra de duda o arrepentimiento.

Esta violencia, este pulso sanguinario, extiende sus dendritas con la ayuda de la prosa de mirada despiadada de la autora, fruto de una infancia marcada por el odio. De la misma forma que no hay debate en el corazón de Ripley, tampoco lo hay en la narración de Highsmith. Ni una sola concesión a la introspección, al planteamiento ni a la digresión. La narración prosigue sin concesión. Porque no hay concesión en las mentes malsanas que Highsmith, a cambio de tantos años de ira y dolor, sabe construir como nadie.

(Tomado en parte del programa de televisión de RTVE Página Dos emitido el 01 de noviembre de 2016 y del programa de radio Biblioteca Básica, también de RTVE, emitido el 20 de marzo de 2015)

Sostiene Pereira

Antonio Tabucchi (Pisa, 1943 – Lisboa, 2012), 1994.

Círculo de Lectores, 1ª ed., 1996 (1ª ed. de Anagrama en 1995). 254 páginas.

Trad. del portugués de Carlos Gumpert y Xavier González Rovira.

 

Pereira se levantó y le dio la mano diciéndole adiós. ¿Por qué le dijo esas cosas cuando hubiera querido recriminarle, incluso despedirle? Pereira no sabe decirlo. ¿Tal vez porque el restaurante estaba desierto, porque no había visto a ningún literato, porque se sentía solo en aquella ciudad y necesitaba de un cómplice y de un amigo? Quizá por estas razones y por otras más que no sabe explicar. Es difícil tener convicciones precisas cuando se habla de las razones del corazón, sostiene.          (p. 54)

 

Sostiene Pereira en la famosa novela de Antonio Tabucchi que no hay nada como comer una tortilla a las finas hierbas. Una omelette, la llama él. Pero a ser posible, como las que preparan en el Café Orquídea de Lisboa. A este restaurante suele ir habitualmente para comerse una. Eso sí, siempre bien acompañada de un vaso de limonada fresca, con mucho azúcar. Y lo hace porque es un hombre de costumbres, un periodista viudo con una misma liturgia. Se levanta, desayuna (en ocasiones, una tortilla de queso, que también le gusta), habla con la fotografía de su esposa, y se dirige al diario Lisboa, en el que trabaja como responsable de la página de cultura.

Un buen día, sostiene Pereira, para desarrollar su labor necesita ayuda. Y así es como entra en su rutinaria vida Monteiro Rossi, un joven licenciado en Filosofía y comprometido políticamente, lo que preocupa al protagonista, que se siente a gusto trabajando en un diario libre, independiente y apolítico. Eso sostiene él, entre omelette omelette, mientras su vida paulatinamente irá mutando hacia el inevitable compromiso.

Sostiene Pereira es la obra que encumbró al añorado Antonio Tabucchi, que supo crear un personaje inolvidable que, cuando llegó el momento, se convirtió en un espectador activo del mundo que le rodeaba.

Así que, por el autor y por Pereira, sostengo que no puede haber mejor homenaje que degustar esta novela junto a una limonada fresca y una sabrosa omelette a las finas hierbas.

(Tomado del prgrama de televisión Página Dos, de RTVE, emitido el día 20 de septiembre de 2016)

 

En efecto, Pereira es un hombre que disfruta con sus costumbres. Vivimos atosigados por dependencias impuestas, nos parece imposible pasar sin todas las necesidades que creemos tener. Por eso debería resultarnos entrañable un personaje que es tan libre como para sosegarse con lo más simple, con una tortilla (o una omelette, sostendría él) en un restaurante literario, con un cuento francés del siglo XIX o con una limonada. O con sus propios pesares, darle por fin la bienvenida a la nostalgia y perder el miedo a hablarle a un retrato. Pereira es inolvidable porque encarna la humildad y la posibilidad de redención que todos llevamos con nosotros pero a las que tantas veces damos de lado.

La flaqueza del bolchevique

Lorenzo Silva (Madrid, 1966), 1997.

Destino booket, 2004, 1ª ed. 185 páginas.

Yo no fui siempre un tipo con el alma entre los cojones. Durante bastantes años ni siquiera decía palabrotas, y hasta utilicé durante muchos un vocabulario abundante y selecto. Ahora he decidido que la vida no merece arriba de quinientas palabras y que las más a propósito son palabrotas.           (p. 11)

 

En mi admirada serie protagonizada por los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro, Silva hace gala de una considerable destreza para las digresiones ensayísticas, generalmente desde un posicionamiento filosófico y psicológico, disciplinas que visita frecuentemente. En busca de títulos no policiacos en los que el autor madrileño vuelque un mayor componente ensayístico, no hay que dejar pasar su tercera novela, La flaqueza del bolchevique, publicada originalmente en 1997 por Destino, que ocupa un lugar destacado en su abundantísima y muy laureada bibliografía. Esta obra fue finalista del Nadal ese mismo año (por detrás por cierto de Quién, de Carlos Cañeque Solá) y ha sido llevada al cine.

De nuevo desde las mencionadas trincheras filosófica y psicológica, Silva plantea un tema que también se ha dejado ver en su saga policiaca, el inevitable conflicto existente entre nuestra razón, abanderando una concepción socialmente consensuada del bien, y nuestra parte irracional, que haciendo caso omiso de los protocolos, nos recuerda nuestra naturaleza hedonista y animal. Esto lo lleva a cabo a través de un protagonista abandonado al cinismo y a la desesperanza a la que se desemboca un pasado traumático. Silva sabe, por un lado, tomar un tema poco original y revestirlo de tanta belleza como la que describe la metáfora que da nombre a la novela. Y por otro, usar ese tema en un sentido reflexivo, didáctico y por tanto reconfortante.

Lejos de volver a insistir una vez más en los talentos de un autor que ya venero, y en la elocuencia y el lirismo de su estilo, diré simplemente que La flaqueza del bolchevique me ha servido para conocer algo mejor sus posicionamientos y sus planteamientos recurrentes. Háganse un favor y léanlo, y si no les gusta, háganselo mirar.

La cena

Herman Koch (Arnhem, Países Bajos, 1953), 2009.

Salamandra bolsillo, 4ª ed., 2014 (1ª ed. en 2012). 284 páginas. Trad. Marta Arguilé Bernal.

 

En veladas como ésa, Claire y yo valoramos mucho los momentos en que aún estamos solos. Es como si todavía todo fuese posible, como si lo de haber quedado para cenar fuese una simple confusión y en realidad sólo hubiésemos salido a dar una vuelta nosotros dos. Si tuviese que dar una definición de la felicidad, diría lo siguiente: la felicidad se basta a sí misma, no necesita testigos.             (p. 13)

Estamos en un restaurante de lujo, donde se citan para cenar cuatro comensales. Toda la acción trascurre en esta misma noche, intercalándose recuerdos del pasado. Para desarrollar toda la obra en un marco espacial y temporal tan restringido, y además para generar situaciones de tensión y de expectación tan atractivas, el autor demuestra una pericia narrativa que lo ha convertido en uno de los más reconocidos autores holandeses contemporáneos. Herman Koch (Arnhem, Países Bajos, 1953), consiguió que La cena, publicada en 2009 y hasta la fecha su obra más premiada, fuera traducida a 21 idiomas y llevada al cine. Yo le conocí leyendo acerca de su última novela, Estimado señor M (Salamandra, 2014).

En un primer momento, La cena parece plantear cuáles son los extremos a los que estamos dispuestos a llegar con tal de proteger a los nuestros, de ponernos a salvo nosotros mismos; interrogante que se lleva hasta el punto de rozar la frontera de la novela negra. Pero conforme se avanza en la lectura, se nos presenta como un alegato de calado mucho más profundo y subyugante, con importantes latidos de repulsa hacia la sociedad burguesa. A la dignidad, en definitiva. El contenido de la obra se descubre paralelamente a como se van descubriendo los personajes, que sufren una metamorfosis que no es tal, puesto que simplemente se nos muestran datos que no conocíamos de antemano.

En esta obra he encontrado una verdadera lección sobre la honradez a la hora de construir juicios de valor, puesto que en la mayoría de los casos se hacen demasiado rápido. En una época en la que la crítica ciudadana a las instituciones, al poder y a los gobiernos parece legítima per se, Koch hace un llamamiento a la clarividencia, a la independencia de pensamiento, a no dejarse llevar por el borreguismo. ¿Qué sucede si la mayoría ciudadana está tan corrupta como los objetivos de sus invectivas? ¿Y si el que juzga es incluso menos de fiar que el acusado?