Rafael Chirbes

Crematorio

Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna -Valencia-, 1949 – 2015), 2007.

Anagrama, 2015. 10ª ed (1ª ed. en col. Compactos: 2010). 417 páginas.

Premio Nacional de la Crítica 2007

 

Temen las palabras, porque una palabra los tumba de forma más contundente que un puñetazo, te corta, te hiere, te aplasta, es cuchillo, es maza. Gente que se pasa el día amargada, acomplejada. Que no follan o no saben follar; que follan con las putas porque les da asco hacerlo en casa; que piensan que no valen un duro, y a cualquier cosa que les dices creen que se lo estás diciendo para joderlos, para dejarlos con el culo al aire, porque los tomas por gilipollas; que los estás llamando inútiles, poco hombres, lo que sea que ellos consideran lo peor; y te gritan, porque saben que lo son, saben que son gilipollas, que como hombres no valen un duro, y así, a gritos, están convencidos de que conseguirán que la cosa quede en secreto.    [p. 70]

 

Considerado por muchos de lo mejor en castellano en lo que va de siglo, adaptado con éxito gran éxito a la televisión y alabado por la crítica, Crematorio es mi segunda novela del ya mítico Rafael Chirbes, tras En la orilla. Haber leído ésta antes influye en la impronta. Crematorio también es una novela de la crisis. Más certeramente, de los antecedentes de la crisis. En Crematorio se levanta el edificio que luego se derrumbará generando En la orilla. Edificio construido y a la vez carcomido por la derrota personal, por la falta de escrúpulos y de principios, por la bajeza, complejos, mierda y decadencia castiza que a todos nos vuelve a resultar familiar. Es la misma materia prima, pero antes del boom inmobiliario.

La narración arranca con la muerte de Matías Bertomeu, hermano del protagonista, Rubén Bertomeu, empresario de la construcción y especulador urbanístico que ha levantado su emporio sobre el delito. Ya encumbrado, Chirbes usa su voz (y, minoritariamente, la de otros personajes) para el balance de su vida, que oscila entre la nostalgia del pasado y la depresión por el presente, entre lo melancólico y lo trágico; usando a menudo símbolos o recursos líricos al servicio de las argumentaciones. Las conversaciones entre personajes son en muchas ocasiones la excusa para estas digresiones, especialmente las que tienen como finalidad la indagación en la personalidad de los diferentes miembros de la familia. En otras ocasiones, el inicio de estas digresiones son motivos irrelevantes: una barbería, un plato culinario… La figura de los padres (y no solo del padre, como En la orilla), el machismo, el racismo, etc., y especialmente la dolorosa perspectiva de la vejez son los temas que articulan el conjunto.

Digresiones que se presentan, al igual que En la orilla, aglomeradas, todas en un único párrafo, y que se extienden por casi toda la obra, que huye de “la dictadura de la trama”, en los términos en los que el autor a veces alude a ella. Así, se sitúa en el espacio habitual de Chirbes, unos pasos más próximo al ensayo con gusto a memorias.

Pero como decía al principio, la comparación con En la orilla lo empaña. Uno de los problemas es que el destilado de las reflexiones, por muy bien que se enhebren con discusiones entre personajes, visitan los mismos lugares. Y si los lugares ya no son originales, resulta que sólo la melancolía, sólo el dolor por el dolor, ya no parecen motivos suficientes si no hay excusa narrativa, o si ésta es mínima. Hay páginas magistrales; la línea de flotación del lector sigue estando al alcance de la tristeza de Chirbes. Pero ahora ni el recurso estilístico es suficiente, ni los temas que se orbitan son originales. En Crematorio no hay medios de evasión. Y la ilusión de una vida nueva siempre ha sido una de las promesas de la literatura.

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En la orilla

Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna -Valencia-, 1949).

Anagrama 2013. 11ª ed. 437 Páginas.

Muy cerca del campamento de chabolas, desarrollan su actividad dos chamarileros que amontonan ferralla y han sembrado el paisaje de mutiladas carrocerías de automóviles, neveras, lavadoras y viejos aparatos de aire acondicionado; todo eso, a unos centenares de metros de las urbanizaciones que se anuncian como lujosas en grandes carteles levantados junto a la carretera. A la gente le da todo igual; mientras no le tiren la basura del otro lado de la tapia, ni le llegue el olor de podredumbre a la terraza, se puede hundir el mundo en la mierda.  (p. 36).

 

En agosto del año pasado, unas páginas marginales de una sección también marginal en los periódicos, la de cultura, se hacían eco de la muerte de Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna, Valencia, 1949). Entonces yo aún no había leído En la orilla. Conocía a Chirbes por la repercusión de su obra, y su muerte me causó la vaga sensación de oportunidades perdidas por un autor de obras reconocidas pero a las que aún no se ha tenido la oportunidad de acceder. Conocía Crematorio, una obra que por lo que había leído recordaba que orbitaba en torno a la especulación en España, y que se llevó a la televisión en forma de serie. La novela fue Premio de la Crítica en 2007.

Ahora hace pocos días que terminé En la orilla. Pero mucho antes de terminarla, incluso cuando el lector apenas la ha comenzado, empieza a forjarse la certeza de la riqueza y de la capacidad para la disección de la condición humana, en especial de la condición social española, que atesoran sus páginas. Es una obra monumental. Ha sido considerado el mejor libro en castellano de 2013, año de su publicación. Ha recibido el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros reconocimientos. Y muchos la consideran la novela definitiva sobre la crisis.

 

Es cierto que es una novela “de la crisis”, pero no creo que este sea el tema central. La crisis es un escenario, capital, muy influyente; es la fuerza motriz, el viento que mueve las aspas para la molienda de la oscuridad y la podredumbre a la que se asiste. Estas sí son las tesis principales del libro. La crisis no es más que un catalizador, un acelerador, que viene a sacar lo peor del hombre, a infectar una herida moral, de valores, de sociedad, que ya teníamos abierta y latente en el alma.

Herida plasmada en el caso particular de unos pequeños pueblos ficticios del Levante, del tipo de los que vieron nacer al autor y debe conocer bien, Olba y Misent. El primero, de interior, agrícola, donde el tiempo se detiene y donde todo el mundo conoce a todo el mundo. El segundo, costero y sobreurbanizado, desierto en temporada baja y atestado en verano de turistas y de miserias importadas. La España profunda y salvaje y la España superficial y hortera. En estos escenarios, al calor de la implosión de pelotazos inmobiliarios y del descalabro económico, se cocinan nuestras castizas bajezas, y se toma el pulso a todo un país y una época. La crisis ha venido a ser una batalla para la que ha quedado claro que no estábamos preparados. Leer En la orilla es bañarse en el lodazal de esta decadencia económica y moral, en el lodazal de los pantanos pestilentes y contaminados de Olba. Cada acto de abrir el libro y retomar la lectura es otra zambullida en el barro, en la desesperación y en la brutalidad.

La actitud es de pesimismo. ¿Acaso cabe otra? Pesimismo teñido de abandono, de impotencia. Y de rabia. Las miserias de la cotidianidad son cogidas por Chirbes de las solapas y zarandeadas violentamente, en un grito de indignación. Rabia lanzada contra una multitud de objetivos. Paro, fracaso a los ojos de los hijos, y a los de uno mismo, el naufragio de las ilusiones de juventud, las envidias, las traiciones, la falta de valor y de valores, los recuerdos que nos torturan y que nos hacen torturar a los demás, los prejuicios, los abusos, el racismo, el machismo… Estos son los fantasmas de los personajes de Chirbes. Y también los fantasmas de nuestros días, por eso parecen tan increíblemente reales. Un reflejo de nosotros mismos, un ejercicio de lucidez y transparencia apabullante. Todas estas ideas se amontonan en párrafos, sobreviniendo una a la anterior. Un estilo apelmazado, sin puntos y aparte, casi sin espacios en blanco, que parece intencionadamente abrumador, en rima con el espíritu de la obra. Las acciones simultáneas a las reflexiones se introducen incluso entre paréntesis. Y queda también hueco para aportaciones estilísticas sorprendentes.

 

Atrapados en la infección de la crisis, los personajes de Chirbes comienzan a supurar oscuridad, turbios pasados y falta de moralidad. Pero también mucho dolor. Ya no se cuenta con la narcótica anestesia de la bonanza económica. Resulta que además de cómplices somos las víctimas de nuestra propia vileza. De ahí la añoranza y la melancolía de la infancia y de los sueños frustrados que empapa toda la obra. Y es que en el altar de los sueños se ha sacrificado demasiado; un hogar más allá del terruño donde se nace, un oficio más allá del heredado. Una vida más allá de la heredada. Un destino. Por esto son tan importantes las figuras de los personajes como Francisco, que pudieron encontrar alternativas a esta predestinación y que ahora son objetivo de tantas envidias.

También tiene importancia en la obra el tema de la familia y la amistad, laboratorios en miniatura para desahogar las frustraciones y la falta de ilusión. Para las traiciones y la desconfianza. Donde se escarmienta en carne ajena o se celebra la deslealtad y el cinismo. “Los matrimonios que mejor funcionan son los de conveniencia”, se discute en algún momento.

Hay mucho espacio también para la relación con el padre. El padre se identifica con un pasado de guerra, posguerra y represión del que heredamos una estructura social basada en el maniqueísmo de vencedores y vencidos separados por un abismo de rencores y represalias. En poblaciones pequeñas este abismo es aún más difícil de olvidar. Y es aún más difícil evitar que contamine los afectos paternales. Que invada el territorio del amor y del cariño.

 

Terminada la lectura, lo que antes era distante respeto ahora es franca veneración. La muerte de Chirbes pasa de inspirarme una vaga pérdida y la vivo con la íntima soledad de saber extinta la luz de uno de los pocos faros que aún nos iluminaba. Como los estercoleros de Olba, seguimos descomponiéndonos lentamente, pero ahora más en la oscuridad, sin los rayos de luz delatores que son su testimonio y que denunciaban la mierda que se mece a nuestros pies; en la orilla.