Arturo Pérez-Reverte

Un día de cólera

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), 2007

Punto de Lectura (grupo Penguin Random House). 1ª ed., 2009. 424 páginas

 

Detesta perder los estribos, él que tiene fama de hombre sereno; pero ayer estuvo a punto de ocurrir. Es difícil no contagiarse de ambiente general. Todos viven con los nervios a flor de piel, la calle anda inquieta, y el día que se presenta por delante no va a ser fácil, tampoco.     [pág. 42]

 

El siglo XIX es uno de las etapas predilectas de Pérez-Reverte (aunque no hay muchas que no lo sean). En esta época están ambientadas no sólo Un día de cólera, si no también Cabo Trafalgar (2004) y El asedio (2010).

En 1807, Manuel Godoy permite la entrada de tropas francesas en España con el supuesto objetivo de una invasión francoespañola de Portugal (Tratado de Fonainebleau). Las tropas napoleónicas, sin embargo, se fueron desplegando por las principales ciudades españolas de norte a sur, levantando suspicacias en la población. Esta ocupación de facto provocó unas tensiones populares incontenibles que acabaron desembocando en la caída de Godoy (motín de Aranjuez, marzo de 1808), y la miedosa abdicación de Carlos IV y el príncipe Fernando en Napoleón (abdicaciones de Bayona, mayo de 1808). El más famoso e importante de estos motines populares fue el levantamiento del 2 de mayo en Madrid. Empujados por las luchas callejeras, un grupo de militares encabezado por los capitanes Luis Daoiz y Pedro Velarde se atrincheraron en el Cuartel de Artillería de Monteleón. El resultado fue varios cientos de muertos, entre tropas de ambos bandos y ciudadanos madrileños.

No es extraño que Reverte escriba sobre estos acontecimientos. Constituyen el caldo de cultivo perfecto para sus personajes anti-heroicos y sus épocas históricas crepusculares, donde los protagonistas son manolos anónimos y militares desarraigados y lúcidos entre navajazos, arcabuzazos a quemarropa y desparrame de vísceras.

El gran punto de controversia de Un día de cólera es su enfoque. No es una novela, si no una crónica. Una colección cronológica de las historias individuales que conformaron el fresco de aquel día. Con una exhaustiva documentación sobre nombre de calles, esquinas y vecinos propia de las novelas de Reverte, pero esta vez sin ninguna concesión a la ficción.

Personalmente, no estoy acostumbrado a estos planteamientos. El lector que busque una novela histórica con una estructura narrativa más sólida se encontrará con una crónica de una exhaustividad poco manejable. No es una novela, pero como libro de Historia canónico el sentido de la trascendencia de los hechos del 2 de mayo en Madrid se acaba difuminando, enterrado entre tantas historias personales. Entretanto, la efectividad y el interés acaban malográndose. Un día de cólera contiene un espíritu que tendría mejor capacidad de penetración en el lector recortando más de la mitad de su contenido.

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Falcó

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), 2016.

Alfaguara. eBook. 294 páginas.

 

Sin duda había imaginado una aproximación sutil con humo de cigarrillos, preguntas hábiles y respuestas al principio evasivas y luego más explícitas. Algo en plan poquito a poco que los fuese llevando a todos, de modo natural y con la conciencia asegurada, al desenlace. Confesión y castigo. Aquélla era sin duda su primera vez      [p. 123]

 

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) se sitúa en un plano ligeramente diferente al de la novela histórica a la que nos tiene acostumbrados. Ha creado en Lorenzo Falcó algo así como un Marlowe castizo, que protagonizará, parece ser, una serie de novelas de espías. En todo caso, el escenario histórico, la Guerra Civil, sigue jugando un papel importante.

Falcó es un experimentado espía a cargo de los servicios secretos del bando nacional. Mediada la contienda, le encargan la misión de encabezar un grupo destinado a salvar a José Antonio Primo de Rivera de la cárcel de Alicante. Sobre este argumento, Reverte desglosa su repertorio de rudeza, socarronería tabernaria, hosquedad, sangre fría, violencia y acción. Y de épica histórica, en varios pasajes centrada en la parafernalia franquista y falanguista. También, una desmesurada concentración de pornografía que hace que el resultado final desluzca bastante. Como marcas de la casa, la acción se sitúa en escenarios que domina, entre ellos su Cartagena natal, y en los cuales en ocasiones nos habla desde su propia melancolía a través de su nuevo personaje.

Falcó no es antológico, pero algunas escenas están muy logradas y el conjunto es muy entretenido, con pocas concesiones a la calma. Una nueva legión de fieles lectores esperan.

La desfachatez intelectual

Ignacio Sánchez-Cuenca (Madrid, 1966), 2016.

Catarata, 5ª ed. 221 páginas.

Son muchos los ejemplos de intelectuales que han interpretado el reconocimiento público que reciben por su obra literaria como una forma de impunidad. Llegados a cierto punto de “consagración”, saben que digan lo que digan, por muy arbitrario o absurdo que resulte, nadie les va a mover la silla. Es como si la acumulación de malas ideas y opiniones infundadas no tuviera apenas impacto sobre su reputación, de modo que ningún periódico se atreverá a prescindir de sus servicios, ni las editoriales rechazarán sus manuscritos ni les dejarán de invitar a conferencias, cursos de verano y demás actos culturales y académicos.      [p. 13]

 

Cuando a un novelista de éxito una firma editorial le ofrece un contrato como columnista, u “opinador” en general, en una publicación periódica, se le plantean dos alternativas honestas: declinar la oferta, pues su ámbito es la literatura, no el análisis político o económico, o bien aceptar la oferta y escribir con la documentación previa y la modestia de quien es intruso en temas ajenos. El problema está en que muchas veces optan por una tercera opción: aceptar la oferta, y escribir artículos mal documentados, no referenciados, superfluos, frívolos y en los que, antes que el rigor, tiene más interés una retórica con gancho que no diga nada de valor. Es el caso de Pérez-Reverte en XL Semanal, Félix de Azúa, Javier Cercas, Muñoz Molina y Fernando Savater en El País,  Jon Juriasti en ABC, y muchos otros. A veces, incluso, este modus operandi les da para todo un libro (por ejemplo, el aquí analizado Todo lo que era sólido, de Muñoz Molina: https://solidosyamorfos.wordpress.com/2016/03/11/todo-lo-que-era-solido/). Más allá de su indiscutible capacidad literaria, todos estos autores se han convertidos en perfectos instrumentos de marketing, aprovechando la polémica de moda en cada momento, sea o no de relevancia pública, siempre al servicio de la máxima “lo que interesa es vender al peso, y no la calidad del género”.

Ignacio Sánchez Cuenca, profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III y autor en Infolibre, saca a relucir todas estos patinazos con un estilo aséptico, dejando claro que su reclamación se centra exclusivamente en su campo competencial, y no dando ni una sola afirmación sin contrastar y con la correspondiente referencia bibliográfica. Aunque le sobran páginas en los capítulos sobre el nacionalismo vasco y catalán, es un libro necesario para aprender a juzgar antes de aplaudir, para desacralizar y para forjar un espíritu crítico cada vez más urgente, pero cada vez más difícil de encontrar. Muy necesario. Y, además, de lectura muy entretenida.