Historia

La España Imperial

John H. Elliott (Reading, 1930), 1963.

RBA. 1ª ed. (2006). 454 páginas. Trad. J. Marfany

¿Qué es lo que dinamiza de repente una sociedad, despierta sus energías y la lanza a la vida? Esto sugiere a su vez un corolario, no menos importante en el caso de España: ¿cómo pudo esa misma sociedad perder su ímpetu y su dinamismo creador, a veces en un período de tiempo tan corto como el que se necesitó para adquirirlos? ¿Se perdió realmente algo vital o la misma realización inicial no fue sino un engaño, como empezaron a pensar los españoles del siglo XVII?    (p. 8)

 

John H. Elliott (Reading, 1930), profesor emérito de la Universidad de Oxford, es uno de los hispanistas británicos más consolidados. Su campo es la España Imperial, especialmente los siglos XV a XVII, con varias obras sobre el Conde-Duque de Olivares y España en el contexto europeo. A él le debemos, por ejemplo, el término “Pax Hispanica” para hacer alusión a la política pacificadora de la época de Felipe III (y que en lugar de ser aprovechada para el saneamiento de las finanzas, Lerma aprovechó para saquear las arcas reales más plácidamente).

Su obra Imperial Spain 1469-1716 es un clásico en la historiografía de este periodo. En este ensayo, el enfoque de Elliott coloca en segundo plano los acontecimientos bélicos (pese a tratarse de la época más beligerante de la Historia de España), y trae a primer plano la evolución financiera y económica de la Corona. La Conquista Americana, las guerras de Flandes, las Campañas Italianas o la rivalidad con Francia e Inglaterra sólo tienen importancia en la medida en que suponen un desafío para la capacidad de financiamiento del gobierno, y éste es el tema alrededor del cual orbita todo el texto. Un título como Las finanzas de la España Imperial, o La economía de la España Imperial hubiese sido más sincero. Por otro lado, se dedica un capítulo entero a la religiosidad y la Inquisición de la Contrarreforma y muchas buenas páginas a la sociedad.

La idea vertebral de la obra es la siguiente. A grandes rasgos, como consecuencia del desafío de la financiación de la costosa política imperial, la configuración gubernamental y territorial del Imperio se verá gravemente afectada, acentuando un problema latente que tiene sus raíces en la unión dinástica de los Reyes Católicos. La tradición política de los Reinos de Castilla y Aragón configuró una convivencia asimétrica que tuvo dos consecuencias a largo plazo. En primer lugar, que Castilla, más acostumbrada a unas Cortes con menores prerrogativas, tuviera que hacer frente casi en solitario con sus impuestos a la financiación de las campañas, en comparación con el resto de provincias del imperio (amén de los anuales cargamentos de plata americana en Sevilla y de los préstamos de banqueros genoveses, alemanes o portugueses). En segundo lugar, los intentos de incrementar la carga fiscal en el resto de provincias, con una tradición asamblearia tan fuerte que hacía que cualquier nuevo impuesto tuviera que contar con el beneplácito de las Cortes, creó una convivencia cada vez mayor, que desembocó violentamente en muchas ocasiones, como la Rebelión Aragonesa de 1591 o la Guerra Catalana del fatídico año 1640. En este campo, la Unión de Armas de Olivares marcaría un antes y un después hacia una situación dramática e irreversible.

Además de desatender el tema militar, la obra magna de Elliott tiene por momentos un estilo machacón, insistiendo en ciertos lugares comunes (especialmente Cataluña, o ciertos expedientes fiscales) a veces demasiado. La semblanza de las personalidades políticas claves de este periodo (Lerma, Antonio Pérez, Éboli, De Los Cobos, Granvela, Olivares, Carlos I y Felipe II, Fernando el Católico, Cisneros, etc.) está trazada de forma certera, sin concesiones a la corrección política ni al escarnio. Es una obra seria, accesible pero exigente, que cumple con la misión de hacer comprender no sólo el pasado, sino las consecuencias que se infiltran en el presente. Introductoria, pues conviene complementarla con monografías sobre el continente Americano, sobre Flandes o Italia. Pero, puestos a dar un primer paso, La España Imperial de Elliott supone la garantía de un clásico merecidamente consolidado.

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El hereje

Miguel Delibes (Valladolid, 1920 – 2010), 1998.

Destino. 6ª edición. 1998. 500 pág.

Premio Nacional de Narrativa ’98.

 

¿Existía realmente la fraternidad en algún lugar del mundo?    (p. 487)

 

Valladolid, siglo XVI. La corte y los ministros extranjeros traen consigo el eco de nuevas teorías religiosas. El pietismo, erasmismo y luteranismo prenden en la clase alta, habitada por intelectuales humanistas. Y por conversos interesados en cualquier doctrina que incida en el aspecto moral y místico de la religión, no en el ritual. Hasta que se llevan a las últimas consecuencias. Entonces, los protestantes se convierten en uno de los instrumentos con los que se desafía al poder. Carlos V y su celoso Felipe II mirarán entonces a los nuevos iluminados con otros ojos.

Tal vez las grandes obras sean aquéllas que no evidencian dónde reside su efectividad. El hereje es muchas cosas a la vez. Es una declaración de amor a una ciudad, Valladolid, bajo la cual late también la evocación a la vida rural y al pasado, frecuente en Delibes. Es también el testimonio de la pasión por la Historia, por la sociología de la Castilla del XVI. Es un alarde de un dominio apabullante del lenguaje y de los siglos de su evolución. Y es una certera indagación en el alma de las personas que no hayan otro consuelo que la cultura. En una época en que cultura es ante todo disputa teológica, Cipriano Salcedo verá librarse en su interior la batalla por la búsqueda de respuestas. Batalla que siempre es torturadora, pero a la que siempre están llamados los hombres como él.

Los Románov (1613-1918)

Simon Sebag Montefiore (Londres, 1965), 2016.

Crítica. 2ª edición. 2016. 992 pág. Trad. de Juan Rabasseda

Estás equivocada, mi querida abuela; Rusia no es Inglaterra. Aquí no necesitamos ganarnos el amor de la gente. El pueblo ruso venera a sus zares como si fueran seres divinos… En cuanto a la sociedad de San Petersburgo, una puede ignorar perfectamente a toda esa gente.

Zarina Alejandra Fiódorovna, esposa de Nicolás II (pág 764)

 

El historiador Simon Sebag Montefiore (Londres, 1965) es uno de los grandes. Es miembro de la Royal Society of Literature y actualmente Vissiting Professor en la Universidad de Buckingham. Entre sus reconocimientos están el Duff Cooper, el Marsh de Biografía, el British Book Award, y el LA Times Award. Es especialista en Historia de Rusia: sus galones se deben a obras como La corte del zar rojo (2003) y Llamadme Stalin (2007), sustanciosos volúmenes (900 y 700 páginas respectivamente) sobre la vida y obra política del dictador soviético, o Catalina la Grande y Potemkin (2004).

En 2016 volvió a situar un título en la lista de best-sellers y de la crítica: Los Románov. 1613-1918. Llega a España en una primorosa edición de Crítica, su firma habitual. ElCultural lo considera uno de los mejores ensayos internacionales de su año. Más de 900 páginas (cien de ellas bibliografía) sobre la dinastía que transformó un principado en el imperio más extenso de la Tierra y lo gobernó autocráticamente durante más de 300 años. Es difícil dar cuenta de lo riguroso del estudio sin contrastar las abundantes fuentes citadas, pero el estilo de redacción transmite confianza.

Lo primero que tiene que tener en cuenta quien se aproxime a este tocho es que, antes que un libro sobre Historia de Rusia, es un libro sobre la historia particular de una familia. Es decir, las batallas, guerras, personajes secundarios, acontecimientos extranjeros, corrientes culturales, etc., se tratan por igual (en ocasiones, con menor profusión) que los amantes, los cortesanos y las intrigas palaciegas, en un nivel de detalle que incluye los matrimonios de los enanos que Pedro el Grande usaba como bufones en sus fiestas. No obstante, en un buen equilibrio con el que no se resiente el ritmo narrativo ni se cae en una mera colección de cotilleos.

Tal vez el balance se descompensa un poco en los capítulos predilectos para el autor: Pedro El Grande y Nicolás II, mientras que el dedicado a Catalina La Grande es uno de los mejores. En todo caso, no se puede obviar que se trata de una familia que gustó de hacer de su corte algo tan surrealista como en muchos casos fue su propio reino. Pedro el Grande fue capaz tanto de organizar bacanales de asistencia obligatoria como de hacer matar a su hijo; Pedro III desconcertó al mundo retirando a sus tropas justo cuando había ganado la guerra contra Prusia; Catalina la Grande bendijo el asesinato de su esposo para hacerse con el trono, pero sin embargo fue una mujer muy culta con una necesidad crónica de cariño… Por no mencionar el fenómeno Rasputin…

El estudio de una forma de gobierno tan personalista como el zarismo da valiosísimas lecciones sobre la naturaleza del poder, que no mana de las instituciones, ni de los cargos, sino de la capacidad de liderazgo de los designados a ocuparlos. Es injusto, pero porque la naturaleza humana es injusta. Historias de hombres y mujeres que descubrieron y sufrieron esta certeza. Desde la excentricidad, la miseria o la grandeza, han decidido el destino de millones de almas, de un país titánico, y con ellos, de medio mundo. Los Románov es un tratado serio, exhaustivo y exigente. Y un viaje inolvidable.

Estás equivocada, mi querida abuela; Rusia no es Inglaterra. Aquí no necesitamos ganarnos el amor de la gente. El pueblo ruso venera a sus zares como si fueran seres divinos… En cuanto a la sociedad de San Petersburgo, una puede ignorar perfectamente a toda esa gente.

Zarina Alejandra Fiódorovna, esposa de Nicolás II

(Los Románov, 1613-1918; Simon Sebag Montefiore)

Cuando fuimos huérfanos

Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954), 2000

Anagrama1ª ed., 2001. 408 páginas.

 

Acaso hay quienes son capaces de vivir su vida libres de tales inquietudes. Pero para quienes no somos capaces de hacerlo, nuestro destino es encarar el mundo como huérfanos, huérfanos que a lo largo de los años persiguen las sombras de sus desparecidos padres. En tal caso, nada puede hacerse salvo tratar de llegar nuestra misión hasta su entero cumplimiento, como mejor podamos, pues si no lo hacemos jamás nos podrá ser dado el consuelo.

 

De pocas cosas se hablará estos días en el mundo de la literatura tanto como del autor británico de origen japonés Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954), flamante ganador del Nobel unas semanas atrás. Cuando fuimos huérfanos es una de las novelas que han servido como aval a esta distinción. Y, sorprendentemente, se trata de una novela detectivesca, género que no suele tener demasiado peso a la hora de avalar candidatos. Incluso, con importantes reminiscencias, casi guiños, a los grandes clásicos del género. Fue publicada en España en 2001, cuando el autor ya esta consagrado.

 

Ishiguro y el Nobel

Originario de Japón, Ishiguro se mudó muy joven a Inglaterra, país al que debe la totalidad de su formación. Pese a que su bibliografía no es demasiado extensa, llevaba siendo uno de los autores postulados para el máximo reconocimiento en las últimas ediciones, como viene siendo habitual en los ganadores (sin tener en cuenta las grandes sorpresas tipo Dillan). Su nombre empezó a sonar a raíz de ganar uno de los premios literarios más prestigiosos en habla inglesa y en el mundo: el Booker de 1989 por Lo que queda del día. La posterior adaptación al cine por James Ivory, con Anthony Hopkins y Emma Thomson le ayudó a ser aún más conocido.

Antes del Booker, Ishiguro había ya sido galardonado con el Whitbread, tradicionalmente otorgado a autores noveles en lengua inglesa, por Un artista del mundo, publicado en 1986.

Entre todas sus obras, el referente de su Japón natal es un tema recurrente, especialmente en los periodos que rodean la Segunda Guerra Mundial, así como la impronta que este periodo ha dejado hasta la actualidad en la sociedad nipona.

 

De detectives, soldados y nostalgia

Cuando fuimos huérfanos está ambientada en la época de entreguerras, de imperialismo y fascismo y de tensiones diplomáticas de los años 30-40. La obra comienza como una novela de detectives al estilo más clásico. Christopher Banks es, como Ishiguro, inglés pero originario del Extremo Oriente. Concretamente de Shangái, donde su padre trabajaba en una empresa colonial británica.

Siendo Banks muy joven, sus padres desaparecen en extrañas circunstancias y él es llevado a Inglaterra. Allí se convertirá en un célebre detective, y vivirá acomodado en la alta sociedad británica, pero siempre sumergido en los recuerdos de su infancia en China, dulces e idealizados. Uno de los principales ingredientes de la novela es esta nostalgia por la felicidad perdida en la infancia.

Por fin, decide centrarse en exclusiva en la desaparición de sus padres, y vuelve a Shangái para resolver el caso más importante de su vida. Una vez allí, la tranquilidad que lo anestesiaba se va resquebrajando poco a poco. Banks se encuentra una China sumida en la invasión por los japoneses y en la guerra civil entre los comunistas y los nacionalistas de Chiang Kai Shek. Es entonces cuando la novela de detectives se convierte en una novela histórica. El caso pasa a un segundo plano frente a la denuncia de la hipocresía de los occidentales, que no se inmutan ante el conflicto. Es más, se enriquecen gracias a su participación en el tráfico ilegal de opio. Aislados en las Colonias Internacionales, barrios respetados por la guerra, aplauden los bombardeos como si de fuegos artificiales se tratara. El propio Banks es por momentos bastante indiferente a lo que le rodea.

En las últimas páginas, cuando el caso está cerca de resolverse, la guerra se hace inevitablemente palpable. Y cuando esto sucede, la novela vira de nuevo, esta vez hacia el ensayo intimista en torno a la perspectiva de una vida separado de tus padres y, tal vez debido a esto, de una vida en pos de un sueño.

 

El estilo de la impotencia

La novela queda por tanto a medio camino entre los tres géneros: detectivesco, histórico y reflexivo, sin decantarse por ninguno. El resultado final es una investigación que avanza lentamente, interrumpida por escenas de trasfondo histórico y por emotivos recuerdos del pasado.

Las bazas más potentes de Cuando fuimos huérfanos son estos sentimientos que Ishiguro pone en juego. En primer lugar, la desesperación por la actitud inglesa, la cual se transmite a través de un contraste de lenguaje: las formas estiradas y desaprensivas propias de los aristócratas ingleses y el de la decadencia y la miseria conforme la guerra se va abriendo paso. En segundo lugar, la serena nostalgia que empapa las reflexiones de las últimas páginas, con algunos pasajes de emotiva belleza.

Estos pasajes, junto con el ejercicio de estilo desplegado, quizás no constituyen una obra maestra, pero sí buena literatura, de la que no se escapa fácilmente del recuerdo.

Un día de cólera

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), 2007

Punto de Lectura (grupo Penguin Random House). 1ª ed., 2009. 424 páginas

 

Detesta perder los estribos, él que tiene fama de hombre sereno; pero ayer estuvo a punto de ocurrir. Es difícil no contagiarse de ambiente general. Todos viven con los nervios a flor de piel, la calle anda inquieta, y el día que se presenta por delante no va a ser fácil, tampoco.     [pág. 42]

 

El siglo XIX es uno de las etapas predilectas de Pérez-Reverte (aunque no hay muchas que no lo sean). En esta época están ambientadas no sólo Un día de cólera, si no también Cabo Trafalgar (2004) y El asedio (2010).

En 1807, Manuel Godoy permite la entrada de tropas francesas en España con el supuesto objetivo de una invasión francoespañola de Portugal (Tratado de Fonainebleau). Las tropas napoleónicas, sin embargo, se fueron desplegando por las principales ciudades españolas de norte a sur, levantando suspicacias en la población. Esta ocupación de facto provocó unas tensiones populares incontenibles que acabaron desembocando en la caída de Godoy (motín de Aranjuez, marzo de 1808), y la miedosa abdicación de Carlos IV y el príncipe Fernando en Napoleón (abdicaciones de Bayona, mayo de 1808). El más famoso e importante de estos motines populares fue el levantamiento del 2 de mayo en Madrid. Empujados por las luchas callejeras, un grupo de militares encabezado por los capitanes Luis Daoiz y Pedro Velarde se atrincheraron en el Cuartel de Artillería de Monteleón. El resultado fue varios cientos de muertos, entre tropas de ambos bandos y ciudadanos madrileños.

No es extraño que Reverte escriba sobre estos acontecimientos. Constituyen el caldo de cultivo perfecto para sus personajes anti-heroicos y sus épocas históricas crepusculares, donde los protagonistas son manolos anónimos y militares desarraigados y lúcidos entre navajazos, arcabuzazos a quemarropa y desparrame de vísceras.

El gran punto de controversia de Un día de cólera es su enfoque. No es una novela, si no una crónica. Una colección cronológica de las historias individuales que conformaron el fresco de aquel día. Con una exhaustiva documentación sobre nombre de calles, esquinas y vecinos propia de las novelas de Reverte, pero esta vez sin ninguna concesión a la ficción.

Personalmente, no estoy acostumbrado a estos planteamientos. El lector que busque una novela histórica con una estructura narrativa más sólida se encontrará con una crónica de una exhaustividad poco manejable. No es una novela, pero como libro de Historia canónico el sentido de la trascendencia de los hechos del 2 de mayo en Madrid se acaba difuminando, enterrado entre tantas historias personales. Entretanto, la efectividad y el interés acaban malográndose. Un día de cólera contiene un espíritu que tendría mejor capacidad de penetración en el lector recortando más de la mitad de su contenido.

Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie

Juan Eslava Galán (Arjona, Jaén, 1948), 2005.

Planeta Booket.  4ª edición. 2017. 400 páginas

Va a ser demasiado peso para la avioneta -objeta-. Llevamos el depósito a tope de gasolina y la pista es corta y acaba en árboles.

-La maleta tiene que ir -replica el ayudante de Sanjurjo-. Contiene los uniformes de gala del general y sus condecoraciones. ¡No va a llegar a Burgos, en vísperas de la entrada triunfal en Madrid, sin los uniformes!       [p. 48]

 

Eslava Galán no es solo uno de los historiadores españoles de primera línea. También ha patentado un modo propio de contar la Historia. Consiste básicamente en una dosis justa de novelización y un sentido del humor franco y desenfadado. Así lo hace en su serie Historia contada para escépticos (de la cual aquí se comentó Historia del mundo contada para escépticos), donde los conflictos bélicos del siglo XX y la época de entreguerras son los episodios preferidos. Con un nivel de productividad muy por encima de la media (unas tres novelas al año), ha mantenido paralelamente a esta serie un ingente número de ensayos históricos y novelas, que abarcan casi todas las épocas. Algunas de ellas galardonadas con las más altas menciones del panorama editorial (En busca del unicornio, Premio Planeta 1987).

En Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie este estilo no va en contradicción con la exhaustividad. Es una verdadera enciclopedia de la contienda. El autor jiennense despliega su erudición no sólo acerca de la Historia canónica del episodio, sino de una interminable serie de anécdotas, chascarrillos, curiosidades y extravagancias. Los momentos que hacen el libro más ameno es cuando ese saber enciclopédico se vierte en algunas de las ridículas escenas que en este periodo de tres años protagonizaron algunos personajes como Franco, Millán Astray o Queipo de Llano; o bien gente anónima: curas, aldeanos, tenderos, etc. Por otro lado, en muchos pasajes de novelización el libro se lee como un thriller, redactado con un pulso bien tejido incluso para quien ya conoce los desenlaces.

Un libro excepcional. Entrañable, divertido, vertiginoso. Y depositario de una aptitud literaria sin comparación y de un saber que no conviene que perdamos.

Limónov

Emmanuel Carrère (París, 1957), 2011.

Anagrama, 2016. 11ª ed (1ª ed. en 2013). Trad. Jaime Zulaika. 396 páginas.

No quiero hablar ni de neonazis ni de exterminadores de presuntos inferiores […], sino del modo en que cada uno de nosotros se adapta al hecho evidente de que la vida es injusta y los hombres desiguales: más o menos hermosos, más o meos dotados, más o menos armados para la lucha. Nietzsche, Limónov y esta instancia en nosotros que denomino fascista dicen al unísono: “Es la realidad, es el mundo tal cual es.” ¿Cabe decir otra cosa? ¿Cuál sería el contrapeso de esa evidencia?

 

Es el libro más aclamado de Carrére. Ganador del Premio de la Lengua Francesa, del Premio Renaudot y del “Premio de Premios” (Prix des Prix, elegido sólo entre libros ya premiados) en 2011. Y yo soy un admirador declarado de Carrère. Sin embargo, la combinación no ha sido la esperada. Quizás por esto es apasionante la literatura. Tal vez Limónov es diferente a obras como El adversario o El reino. Sin dejar de lado uno de los factores que, en mi opinión, más grande hacen al escritor francés, las deliciosas infiltraciones subjetivas, reflexivas y cristianas, Limónov es un libro escrito eminentemente “de puertas hacia afuera”, menos introspectivo e intimista. Es una biografía del excéntrico político, activista y escritor ruso homónimo. Pandillero, marginado social, vagabundo, escritor de éxito, intelectual, agitador, y político extremista y nostálgico del estalinismo.

Es indudablemente un buen libro. Carrère es un autor comprometido con su trabajo, muy autoexigente, de documentación escrupulosa y ritmo ágil: se lee como un thriller, como sucedía con El reino, en un nuevo desafío a las fronteras de los géneros. Si bien en esta ocasión, la biografía, la auto-biografía, los ensayos sobre literatura rusa o las profundas reflexiones, como la que reduce la oposición bien-mal a la oposición entre el cristiano-nietzscheano, conforman un conjunto algo menos cercano; algo menos emotivo.

 

 

Soldados de Salamina

Javier Cercas (Ibahernando -Cáceres-, 1962), 2001.

Círculo de Lectores, 1ª ed. (2001), 220 páginas.

 

– ¿Sabe usted cuantos años acabo de cumplir? Ochenta y dos. Soy un hombre mayor y estoy cansado. Tuve una mujer y ya no la tengo. Tuve una hija y ya no la tengo. Todavía me estoy recuperando de una embolia. No me queda mucho tiempo, y lo único que quiero es que me dejen vivirlo en paz. Créame: esas historias ya no le interesan a nadie, ni siquiera a los que las vivimos; hubo un tiempo en que sí, pero ya no.    (p. 185)

 

Comencé Soldados de Salamina por dos motivos. Primero, por esnobismo, porque suele incluirse en las recopilaciones de las mejores novelas españolas de los últimos años. Segundo, porque hace poco me describieron a Cercas (Ibahernando -Cáceres-, 1962) como lo más parecido a Carrère en España. Terminé la novela hace un mes; sobre lo primero, me extraña que esté incluida en listas de unas docenas de títulos junto con obras como En la orilla o Juegos de la edad tardía. Respecto a lo segundo, efectivamente es la no ficción tan de moda últimamente, pero en un registro que, conociendo el precedente de Carrère, pierde mucho efectismo.

Éxito de ventas en su momento, narra la biografía de Rafael Sánchez Mazas, intelectual falangista de primera hora que acabó apartado de los círculos de influencia y caído en el olvido después de la Guerra Civil. Este personaje protagonizó un episodio mítico durante la contienda: cautivo de los republicanos, escapó a un fusilamiento y acto seguido le fue perdonada la vida por el miliciano que lo perseguía. La historia fue posteriormente adaptada al cine por David Trueba, y hoy perduran escenas como la de un miliciano bailando Suspiros de España abrazado a su rifle.

En mi opinión, las mejores páginas son las que hablan de Historia, con mayúsculas. El relato testimonial, que pudo suponer una innovación en su momento, parece perderse entre posicionamientos políticos titubeantes (se defiende la virtud intelectual de Sánchez Mazas pero paralelamente se critica su filiación política; págs 88-89), un uso a veces mamporrero de situaciones excéntricas y un estilo algo recargado, con frases muy largas.

Pero en los márgenes de la intrascendencia, Soldados de Salamina hay espacio para algunas aportaciones enriquecedoras, especialmente hacia el final. No en vano, la salvación milagrosa de Mazas pertenece hoy casi a nuestro imaginario colectivo. Sin el matiz de intercesión divina que alguna vez tuvo.