Intemperie

La tierra que pisamos

Jesús Carrasco (Badajoz, 1972), 2016.

Seix Barral, 1ª ed. 270 páginas.

 

Después de la desoladora visión de su rostro, trato de volver a mis asuntos. Pero ¿quién podría dedicarse a sus cosas sabiendo que un loco desfigurado holgazanea a unos metros? Mis intentos son inútiles. Mi imaginación, más fuerte que mi voluntad, vacía mi mente de pensamientos cabales. Me arranca del presente y no soy capaz de pararla.   [p. 47]

Jesús Carrasco protagonizó en 2013 uno de los más aclamados debuts literarios con la obra maestra Intemperie (Seix Barral, 2013), una oda al poder del lenguaje y a su capacidad de evocación: libro del Año para el Gremio de Libreros de Madrid y para El País y uno de los mejores de 2014 en Reino Unido para The independent, además de al menos otros cuatro premios internacionales y no menos puestos finalistas.

La tierra que pisamos es su segunda obra. Plantea que, en un futuro próximo, España ha sido anexionada por un Imperio internacional. En Extremadura parte de la élite militar conquistadora ha elegido un pequeño pueblo para una jubilación idílica. Eva, esposa de un gran cargo, descubre que en su jardín habita un vagabundo sin nombre ni conocidos. Ominosamente seducida, se encarga de construirle un pasado, mientras asiste al desmoronamiento que su presencia provoca en los que habían sido los pilares de su vida: su relación con su marido y su conciencia.

En la contraportada del libro se cuentan nueve opiniones de crítica literaria alabando el talento que el autor derrocha en… Intemperie, su anterior obra. Nada acerca de la que se tiene entre manos. Esto ya debería hacernos desconfiar. Y, cuando se comienza a leer, en efecto, se comprueba que La tierra que pisamos está bastante lejos de su predecesora. El dominio del lenguaje y la capacidad evocadora de Carrasco siguen estando ahí (“La pluma rasca el papel, un sonido cordial junto a la llama ondulante de la bujía…” [p. 40]), pero mucho más diluidos. Quizás porque el fin ya no es la celebración del lenguaje en sí mismo. El argumento ya no es un mero pretexto. Y el estilo no es el protagonista único, sino que se pretende usar el lirismo y la insinuación para elevar un mensaje que no queda claro, más allá de orbitar en torno a la relación entre el Hombre y su tierra. Un intento de fidelidad estilística que acaba brillando con una luz propia mucho más tenue que el manifiesto inicial.

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