Literatura contemporánea

Crematorio

Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna -Valencia-, 1949 – 2015), 2007.

Anagrama, 2015. 10ª ed (1ª ed. en col. Compactos: 2010). 417 páginas.

Premio Nacional de la Crítica 2007

 

Temen las palabras, porque una palabra los tumba de forma más contundente que un puñetazo, te corta, te hiere, te aplasta, es cuchillo, es maza. Gente que se pasa el día amargada, acomplejada. Que no follan o no saben follar; que follan con las putas porque les da asco hacerlo en casa; que piensan que no valen un duro, y a cualquier cosa que les dices creen que se lo estás diciendo para joderlos, para dejarlos con el culo al aire, porque los tomas por gilipollas; que los estás llamando inútiles, poco hombres, lo que sea que ellos consideran lo peor; y te gritan, porque saben que lo son, saben que son gilipollas, que como hombres no valen un duro, y así, a gritos, están convencidos de que conseguirán que la cosa quede en secreto.    [p. 70]

 

Considerado por muchos de lo mejor en castellano en lo que va de siglo, adaptado con éxito gran éxito a la televisión y alabado por la crítica, Crematorio es mi segunda novela del ya mítico Rafael Chirbes, tras En la orilla. Haber leído ésta antes influye en la impronta. Crematorio también es una novela de la crisis. Más certeramente, de los antecedentes de la crisis. En Crematorio se levanta el edificio que luego se derrumbará generando En la orilla. Edificio construido y a la vez carcomido por la derrota personal, por la falta de escrúpulos y de principios, por la bajeza, complejos, mierda y decadencia castiza que a todos nos vuelve a resultar familiar. Es la misma materia prima, pero antes del boom inmobiliario.

La narración arranca con la muerte de Matías Bertomeu, hermano del protagonista, Rubén Bertomeu, empresario de la construcción y especulador urbanístico que ha levantado su emporio sobre el delito. Ya encumbrado, Chirbes usa su voz (y, minoritariamente, la de otros personajes) para el balance de su vida, que oscila entre la nostalgia del pasado y la depresión por el presente, entre lo melancólico y lo trágico; usando a menudo símbolos o recursos líricos al servicio de las argumentaciones. Las conversaciones entre personajes son en muchas ocasiones la excusa para estas digresiones, especialmente las que tienen como finalidad la indagación en la personalidad de los diferentes miembros de la familia. En otras ocasiones, el inicio de estas digresiones son motivos irrelevantes: una barbería, un plato culinario… La figura de los padres (y no solo del padre, como En la orilla), el machismo, el racismo, etc., y especialmente la dolorosa perspectiva de la vejez son los temas que articulan el conjunto.

Digresiones que se presentan, al igual que En la orilla, aglomeradas, todas en un único párrafo, y que se extienden por casi toda la obra, que huye de “la dictadura de la trama”, en los términos en los que el autor a veces alude a ella. Así, se sitúa en el espacio habitual de Chirbes, unos pasos más próximo al ensayo con gusto a memorias.

Pero como decía al principio, la comparación con En la orilla lo empaña. Uno de los problemas es que el destilado de las reflexiones, por muy bien que se enhebren con discusiones entre personajes, visitan los mismos lugares. Y si los lugares ya no son originales, resulta que sólo la melancolía, sólo el dolor por el dolor, ya no parecen motivos suficientes si no hay excusa narrativa, o si ésta es mínima. Hay páginas magistrales; la línea de flotación del lector sigue estando al alcance de la tristeza de Chirbes. Pero ahora ni el recurso estilístico es suficiente, ni los temas que se orbitan son originales. En Crematorio no hay medios de evasión. Y la ilusión de una vida nueva siempre ha sido una de las promesas de la literatura.

Anuncios

Limónov

Emmanuel Carrère (París, 1957), 2011.

Anagrama, 2016. 11ª ed (1ª ed. en 2013). Trad. Jaime Zulaika. 396 páginas.

No quiero hablar ni de neonazis ni de exterminadores de presuntos inferiores […], sino del modo en que cada uno de nosotros se adapta al hecho evidente de que la vida es injusta y los hombres desiguales: más o menos hermosos, más o meos dotados, más o menos armados para la lucha. Nietzsche, Limónov y esta instancia en nosotros que denomino fascista dicen al unísono: “Es la realidad, es el mundo tal cual es.” ¿Cabe decir otra cosa? ¿Cuál sería el contrapeso de esa evidencia?

 

Es el libro más aclamado de Carrére. Ganador del Premio de la Lengua Francesa, del Premio Renaudot y del “Premio de Premios” (Prix des Prix, elegido sólo entre libros ya premiados) en 2011. Y yo soy un admirador declarado de Carrère. Sin embargo, la combinación no ha sido la esperada. Quizás por esto es apasionante la literatura. Tal vez Limónov es diferente a obras como El adversario o El reino. Sin dejar de lado uno de los factores que, en mi opinión, más grande hacen al escritor francés, las deliciosas infiltraciones subjetivas, reflexivas y cristianas, Limónov es un libro escrito eminentemente “de puertas hacia afuera”, menos introspectivo e intimista. Es una biografía del excéntrico político, activista y escritor ruso homónimo. Pandillero, marginado social, vagabundo, escritor de éxito, intelectual, agitador, y político extremista y nostálgico del estalinismo.

Es indudablemente un buen libro. Carrère es un autor comprometido con su trabajo, muy autoexigente, de documentación escrupulosa y ritmo ágil: se lee como un thriller, como sucedía con El reino, en un nuevo desafío a las fronteras de los géneros. Si bien en esta ocasión, la biografía, la auto-biografía, los ensayos sobre literatura rusa o las profundas reflexiones, como la que reduce la oposición bien-mal a la oposición entre el cristiano-nietzscheano, conforman un conjunto algo menos cercano; algo menos emotivo.

 

 

Soldados de Salamina

Javier Cercas (Ibahernando -Cáceres-, 1962), 2001.

Círculo de Lectores, 1ª ed. (2001), 220 páginas.

 

– ¿Sabe usted cuantos años acabo de cumplir? Ochenta y dos. Soy un hombre mayor y estoy cansado. Tuve una mujer y ya no la tengo. Tuve una hija y ya no la tengo. Todavía me estoy recuperando de una embolia. No me queda mucho tiempo, y lo único que quiero es que me dejen vivirlo en paz. Créame: esas historias ya no le interesan a nadie, ni siquiera a los que las vivimos; hubo un tiempo en que sí, pero ya no.    (p. 185)

 

Comencé Soldados de Salamina por dos motivos. Primero, por esnobismo, porque suele incluirse en las recopilaciones de las mejores novelas españolas de los últimos años. Segundo, porque hace poco me describieron a Cercas (Ibahernando -Cáceres-, 1962) como lo más parecido a Carrère en España. Terminé la novela hace un mes; sobre lo primero, me extraña que esté incluida en listas de unas docenas de títulos junto con obras como En la orilla o Juegos de la edad tardía. Respecto a lo segundo, efectivamente es la no ficción tan de moda últimamente, pero en un registro que, conociendo el precedente de Carrère, pierde mucho efectismo.

Éxito de ventas en su momento, narra la biografía de Rafael Sánchez Mazas, intelectual falangista de primera hora que acabó apartado de los círculos de influencia y caído en el olvido después de la Guerra Civil. Este personaje protagonizó un episodio mítico durante la contienda: cautivo de los republicanos, escapó a un fusilamiento y acto seguido le fue perdonada la vida por el miliciano que lo perseguía. La historia fue posteriormente adaptada al cine por David Trueba, y hoy perduran escenas como la de un miliciano bailando Suspiros de España abrazado a su rifle.

En mi opinión, las mejores páginas son las que hablan de Historia, con mayúsculas. El relato testimonial, que pudo suponer una innovación en su momento, parece perderse entre posicionamientos políticos titubeantes (se defiende la virtud intelectual de Sánchez Mazas pero paralelamente se critica su filiación política; págs 88-89), un uso a veces mamporrero de situaciones excéntricas y un estilo algo recargado, con frases muy largas.

Pero en los márgenes de la intrascendencia, Soldados de Salamina hay espacio para algunas aportaciones enriquecedoras, especialmente hacia el final. No en vano, la salvación milagrosa de Mazas pertenece hoy casi a nuestro imaginario colectivo. Sin el matiz de intercesión divina que alguna vez tuvo.

Croatoan

José Carlos Somoza (La Habana, 1959), 2015.

Stella Maris, 1ª ed. 344 páginas.

 

– Pero ¿y nosostros? ¿Podemos elegir? Fátima hablaba de su enganche a las drogas. ¿Todo está en nuestra naturaleza? Pero si es así, ¿por qué no está en nuestra naturaleza asumir lo que somos, contentarnos con lo que somos, sin sufrir ni hacer sufrir?

 

Yo había leído ya a Somoza (La Habana, 1959; exiliado en España desde 1960) mucho antes de este blog, y guardaba de este autor el recuerdo de lecturas entretenidas. Pero sin embargo me acerqué a su última obra con escepcticismo. Creía que sus libros, de un terror cosmológico  al estilo de Lovecraft, muy característico, serían emocionantes para adolescentes pero poco desafiantes para adultos. Ahora me alegro de estar tan equivocado. Somoza es ejemplar acompasando el desarrollo de la acción con la delineación de los personajes, manejando el suspense y las situaciones y, por supuesto, creando planteamientos en los que suelen intervenir seres o fuerzas trascendentales al ser humano (La dama número trece, 2013; La llave del abismo, 2007), en ocasiones creados o descubiertos el propio hombre (Zig Zag, 2006; El cebo, 2001). La formación del autor como psiquiatra deja notar su influencia, y esto también sucede en este título.

El argumento retoma un enigma histórico: el de la colonia inglesa de Roanoke, en la Norteamérica del siglo XVI. Al regresar desde Inglaterra con abastecimientos, los colonos descubrieron que los más de cien habitantes se habían esfumado sin dejar rastro alguno en registros escritos ni marcas de violencia en hogares ni calles. El único indicio fue la palabra Croatoan tallada en un árbol. Hoy no se sabe si esta palabra hace referencia a una tribu de indígenas, a una isla o a cualquier otra cosa. Somoza propone una explicación inquietante. Y que reaparece en nuestros días.

Defensa cerrada

Petros Márkaris (Estambul, 1937), 1998.

Tusquets Maxi, 4ª ed. 416 páginas (1ª ed. de Tusquets en 2001).

Trad. Ersi Marina Samará Spiliotopulu.

 

“La Acrópolis y Plaka, las estatuas y los parques…”, decía una vieja canción, la más popular en la academia de policía después del himno nacional. La ponían por los altavoces al menos dos veces al día, ya fuera para vendernos una Atenas inexistente o porque estaban convencidos de que el gobierno de la Junta recuperaría una ciudad “rosa y porosa”. El plan fracasó estrepitosamente. La Acróplis no se distingue ni desde el mismísimo barrio de Plaka que la rodea, mientras en los parques, bajo las estatuas, duermen inmigrantes ilegales, yonquis, o ambas cosas a la vez; dos en uno, como los champús.

Como con Noticias de la noche, lo mejor de la segunda novela del comisario Kostas Jaritos es el personaje principal, no tanto una trama que no en todos los capítulos avanza pero que se desenvuelve con ritmo suficiente como para terminar el libro. Se inicia con un terremoto en una isla turística que desentierra un cadáver que acabará relacionándose con un importante empresario de la noche ateniense.

A Jaritos se le dedica más espacio que en la primera entrega, con resultados muy positivos. Entre los atascos atenienses, el agotamiento laboral y los serios problemas de salud, el comisario tiene que sacar tiempo para atender una deliciosa trama secundaria de problemas familiares. En el marco de la Atenas de finales del pasado siglo, Markaris vuelca en su personaje su europeísmo, su desencanto crepuscular y sus críticas al status político y social y a los medios de comunicación. Jaritos sigue siendo un hombre desencantado, avejentado, honesto, vagamente misógino y sin la perversidad de los personajes tipo Marlowe. Y profundamente entrañable.

La flaqueza del bolchevique

Lorenzo Silva (Madrid, 1966), 1997.

Destino booket, 2004, 1ª ed. 185 páginas.

Yo no fui siempre un tipo con el alma entre los cojones. Durante bastantes años ni siquiera decía palabrotas, y hasta utilicé durante muchos un vocabulario abundante y selecto. Ahora he decidido que la vida no merece arriba de quinientas palabras y que las más a propósito son palabrotas.           (p. 11)

 

En mi admirada serie protagonizada por los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro, Silva hace gala de una considerable destreza para las digresiones ensayísticas, generalmente desde un posicionamiento filosófico y psicológico, disciplinas que visita frecuentemente. En busca de títulos no policiacos en los que el autor madrileño vuelque un mayor componente ensayístico, no hay que dejar pasar su tercera novela, La flaqueza del bolchevique, publicada originalmente en 1997 por Destino, que ocupa un lugar destacado en su abundantísima y muy laureada bibliografía. Esta obra fue finalista del Nadal ese mismo año (por detrás por cierto de Quién, de Carlos Cañeque Solá) y ha sido llevada al cine.

De nuevo desde las mencionadas trincheras filosófica y psicológica, Silva plantea un tema que también se ha dejado ver en su saga policiaca, el inevitable conflicto existente entre nuestra razón, abanderando una concepción socialmente consensuada del bien, y nuestra parte irracional, que haciendo caso omiso de los protocolos, nos recuerda nuestra naturaleza hedonista y animal. Esto lo lleva a cabo a través de un protagonista abandonado al cinismo y a la desesperanza a la que se desemboca un pasado traumático. Silva sabe, por un lado, tomar un tema poco original y revestirlo de tanta belleza como la que describe la metáfora que da nombre a la novela. Y por otro, usar ese tema en un sentido reflexivo, didáctico y por tanto reconfortante.

Lejos de volver a insistir una vez más en los talentos de un autor que ya venero, y en la elocuencia y el lirismo de su estilo, diré simplemente que La flaqueza del bolchevique me ha servido para conocer algo mejor sus posicionamientos y sus planteamientos recurrentes. Háganse un favor y léanlo, y si no les gusta, háganselo mirar.

Noticias de la noche

Petros Márkaris (Estambul, 1937), 1995.

Tusquets Maxi, 2014, 5ª ed. 327 páginas. (1ª ed. de Tusquets en 2008). Trad. Ersi Marina Samará Spiliotopulu.

 

Ésta es mi única afición: los diccionarios. Ni fútbol ni bricolaje ni nada. Si algún desconocido echara un vistazo a la “biblioteca”, no entendería nada. El estante superior está cargado de diccionarios, una visión impresionante. Luego, el hipotético visitante pasaría a los siguientes y vería Viper, Nora Belle, Arlequín y Bianca. Me había reservado el ático y cedido las tres plantas inferiores a Adrianí. Arriba, una visión lingüística; abajo, la decadencia. Grecia servida en cuatro anaqueles.         (p. 24)

Grecia vivió entre los años 2014 y 2015 un periodo que en el plano político muchos calificarían de apasionante. Al menos, supone una inflexión histórica incuestionable. Estos años comprenden la parte culminante de la grave incidencia de la crisis económica en un país estructuralmente poco sólido, la consecuente crisis institucional, el ascenso meteórico de partidos políticos considerados de corte extremista que hasta entonces habían tenido una relevancia mucho menor (o que sencillamente no existían), y finalmente la victoria electoral de uno de ellos en enero de 2015, Syriza, socialista y euroescéptico. En buena parte del mundo, especialmente en el resto de Europa, la atención mediática e informativa estaba cada vez más focalizada en el estado heleno, que atravesaba una coyuntura que bien podría condicionar réplicas en otras naciones. Para el resto de países europeos, cada uno de ellos encajando su propia crisis particular, la opinión pública ante se polarizaba entre los detractores que veían en el nuevo gobierno griego a un grupo de populistas oportunistas que acabarían socavando las estructuras básicas del estado de bienestar (la palabra “populismo” acabará poniéndose de moda), y los que lo veían como una reacción encomiable de un pueblo asfixiado por los mandatos de la troika que había tenido el coraje suficiente para intentar ser dueños de su destino.

Todo esto supone el caldo de cultivo perfecto para que el mundo editorial se ajuste a unas nuevas circunstancias, apareciendo así un nuevo subgénero literario y novelístico, la “literatura de la crisis”, que usaba la crispación social y el empobrecimiento generalizado como ambientación de dramas humanos o tramas negras y policíacas.

En este sentido se acogió la publicación en España en 2014 de la novela Pan, educación, libertad del griego Petros Márkaris. Informándome un poco más, descubrí que el autor goza de bastante popularidad en su país, debida a su desempeño como dramaturgo, guionista y traductor, pero ante todo como novelista, especialmente por la saga protagonizada por el agente Kostas Jaritos. Alentado por el morbo político, decidí hincarle el diente empezando por el primer título de una serie que ya va por ocho entregas.

Como el título anticipa, la trama se desarrolla partiendo de un crimen que alcanza e involucra a importantes cargos de los medios de comunicación griegos. La novela no usa tanto una ambientación política y social, sino la suciedad en el propio lobby periodístico y mediático, la xenofobia social y los defectos de la clase policial. Con un punto de vista resignado, la corrupción, la endogamia y los prejuicios se dan por sentado como un marcador cultural. Parece ser que el tema político aflora en los últimos números de la serie, coincidiendo con el desencadenamiento de la agitación. No en vano a estos tres últimos números se les viene conociendo como la Trilogía de la crisis (Con el agua al cuello, de 2010; Liquidación final, de 2012; y la mencionada Pan, educación, libertad, de 2014).

En Noticias de la noche me ha servido para descubrir a un personaje, el propio Jaritos, con un gran potencial como protagonista idóneo de una serie literaria. Es el principal punto fuerte de la obra. Una forma de enfrentarse a las adversidades benevolente, experta y optimista que recuerda al Rubén Bevilacqua de Lorenzo Silva, pero chapada a la antigua sin excluir cierta misoginia y xenofobia. El resultado en su personaje duro pero vulnerable, el clásico tipo entrañable al mando de una investigación criminal, que se completa con una relación con su mujer y su hija bastante atractiva, y con aficiones tan excéntricas como leer diccionarios.

Aunque leer novela griega, descubro, tiene el hándicap de que los nombres de los personajes pueden ser verdaderos trabalenguas, confundiéndose el lector, y aunque opino que al libro le sobran unas cien páginas que no hacen si no diluir la trama, la obra es suficientemente trepidante, y el carisma de Járitos resulta suficiente motivo como para que Noticias de la noche no deba ser la única incursión en el mundo literario de Márkaris.

Gran cabaret

David Grossman (Jerusalén, 1954), 2015.

Lumen, 2015. 2ª ed. 236 páginas. Trad. Ana Mª Bejarano Escanilla.

 

Porque a veces pienso que si un científico israelí, y solo es una suposición, inventara de repente un medicamento contra el cáncer, ¿me seguís?, unas pastillas que terminaran con el cáncer de una vez por todas, os juro por lo que más queráis que al instante empezarían a oírse quejas por todo el mundo, protestas, manifestaciones, habría votaciones en la ONU y artículos en toda la prensa europea preguntándose por qué hay que atacar al cáncer, en realidad, y en caso de que hubiera que hacerlo, ¿por qué ya mismo y para destruirlo? ¿Por qué no intentar antes llegar a un acuerdo con él?     (p. 34)

 

David Grossman es uno de los principales escritores israelíes de nuestro tiempo. Ha sido galardonado con numerosas distinciones literarias, y varias de sus novelas han sido adaptadas al cine, como La sonrisa del cordero (1983), El libro de la gramática interna (1991), El chico zigzag (1994) y Tú serás mi cuchillo (1998). Sus obras se caracterizan por el compromiso anti beligerante y progresista frente a los diversos episodios de la crisis árabe-israelí, lo que lo enlaza con autores como Amos Oz y Abraham B. Yehoshúa. Su vida y su obra están marcadas por la pérdida de su hijo Uri en 2006, durante la Guerra del Líbano.

En la línea de la que puede ser la tónica general de su obra, Grossman aborda temas como la guerra, la situación del pueblo israelí, la religión y su influencia en las decisiones de un hombre. El medio de narración se sirve de Dóvaleh, un humorista que lleva a cabo un espectáculo de improvisación en la localidad costera de Cesárea. A petición suya, un antiguo amigo de la infancia, un juez prejubilado y recientemente viudo, acude a la función. El estilo es incendiario y con intenciones de molestar, desplegado en el patetismo de Dóvaleh, en la violencia soterrada en la puesta en escena, en las historias narradas y en el lenguaje. Aunque, avanzada la lectura, la imperturbabilidad en el tono, por muy original que sea éste, acaba jugando en contra del mantenimiento del interés en la lectura y de la decodificación del contenido, que desmenuza un penetrante mensaje de desesperanza y de rabia, jalonado especialmente por la proximidad de la muerte para los dos protagonistas.

La niebla y la doncella

Lorenzo Silva (Madrid, 1966), 2002.

Destino, colección de bolsillo Booket, 2011. 6ª ed. 354 páginas.

 

Lo malo del envejecimiento, aunque sólo fuera el debido a los treinta y ocho años que hasta entonces yo había visto transcurrir, es que te enseña a encontrar gateras por las que huir de casi todo, e incluso a tener bien clasificadas las gateras en función de su eficacia como vías de escape.     (p. 35)

Esta entrega de la serie de guardias civiles Bevilacqua y Chamorro sigue manteniendo un nivel aceptablemente alto, y son ya tres las novelas que Silva consigue enlazar no sólo sin bajar el listón, sino en ocasiones tocando cotas muy altas, como hiciera con el segundo número, El alquimista impaciente (comentada aquí; la primera entrega se comenta aquí).

En La niebla y la doncella, la pareja protagonista se enfrenta al asesinato de un joven en la isla de La Gomera. Los personajes salen de una zona que podría ser a priori más confortable para el autor madrileño, el centro peninsular, demostrando versatilidad en la ambientación en el Garajonay y en la geografía canaria. La última entrega, publicada hace nada, de esta serie (Donde los escorpiones, Destino, 2016), que transcurre en Marruecos, parece ampliar en este sentido el campo de acción del autor y sus protagonistas.

Donde reside el punto fuerte de la obra, como viene siendo habitual en la literatura de Silva, es en los personajes. Aparte de la pareja principal, destaca en este caso la agente Anglada, eje vertebrador de casi todo el relato, muy bien trazado y que sirve de guía para profundizar en las personalidades de Vila y Chamorro. Una magistral tarea de descripción psicológica a través de la confrontación entre personalidades. El estilo de Silva no se mueve ni un ápice. Sencillísimo, algo envarado y mojigato en escenas violentas o en discusiones acaloradas, pero muy elegante y de agradecer en la mayoría de registros. Por otra parte, las digresiones de Vila, que además de protagonista ejerce de narrador, muestran una vocación ensayística que se expresa plenamente hacia el final de la obra, con el misterio ya resuelto (páginas 336-339). Pese a circunvalar siempre la limitada temática policial-judicial-administrativa y las cuestiones personales que la rodean, me parecen muy dignas de elogio (la cita del encabezamiento es un ejemplo). Este género más introspectivo parece desarrollado en algunas obras fuera de la serie, como Música para feos (Destino, 2015), a la que le tengo echado el ojo desde algún tiempo. Silva no solo escribe policíaco.

En definitiva, sin ser la mejor de la saga, La niebla y la doncella es una novela entretenida y agradable de leer, que no desmerece la obra global que Silva va escribiendo en el canon del género policiaco en castellano.

 

lorenzo_silva-rm

Lorenzo Silva

Saber perder

David Trueba (Madrid, 1969), 2008.

Círculo de Lectores, 2008. 1ª ed. 452 Páginas.

 

El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y sólo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople su viento. Es el deseo de desear.           (p. 13)

 

Parece que el guionista, director de cine y actor David Trueba (Madrid, 1969) tiene predilección por la desolación cotidiana. Por aquellas historias en las que la soledad y el fracaso, ya sea la segunda como motivo de la primera, o al revés, vencen los muros tras los que nos asedia a todos. Este tema único, que se desarrolla a lo largo de la historia de Beto en Blitz (Anagrama, 2014; comentada también aquí), multiplica ahora en cuatro historias muy parecidas a esta, entrelazadas entre sí, y con muchos puntos en común.

Por un lado, Silvia, adolescente desorientada, y Ariel, futbolista argentino recientemente fichado por un equipo madrileño. Ambos comienzan una relación sin futuro, dado los mundos tan diferentes a los que pertenecen, pero que constituye una experiencia aleccionadora para ambos (al menos así lo he interpretado yo; creo que esta intención queda especialmente de manifiesto en las últimas líneas de la obra). Por otro lado, Lorenzo, padre de Silvia, perseguido por la culpabilidad de un grave crimen; y Leandro, padre de Lorenzo y por tanto abuelo de Silvia. El medio de ambos para esquivar la oscuridad consiste en la búsqueda desesperada de la compañía. En el primer caso, en una relación con Daniela, una inmigrante sudamericana ilegal contratada como empleada del hogar; y en el segundo, en la prostitución. Ambas soluciones se intuyen más como agravantes de la situación que como medio efectivo para ponerles remedio. Esta es una clara y fundamental distinción entre los cuatro protagonistas. Para los dos primeros, la tristeza desempeña también una labor benefactora, que nos prepara frente a los lances que quedan por vivir; algo así como una vacuna. En los dos últimos, es un mar profundo en el que nos vemos lastrados por las decisiones que hemos tomado a lo largo de nuestra historia.

El estilo se Trueba tampoco sufre alteración. Particularmente, encuentro desconcertante ese desprecio por los signos de puntuación a la hora de introducir los fragmentos hablados por los personajes, las transcripciones literales y la alternancia en las conversaciones. En la construcción de escenarios, Saber perder guarda también muchas analogías con Blitz. Las ciudades en las que transcurren, Madrid y Múnich, están abundantemente caracterizadas. Múnich se percibía como un medio extranjero y hostil. Aquí, Madrid es una presencia gris, decadente, en la que la ruindad de lo popular se entremezcla con la frialdad de lo más ostentoso.

Galardonada con el Premio Nacional de la Crítica en 2008, y por ello el más claro referente en la bibliografía del autor, Saber perder no supone por tanto una innovación temática, ni tampoco estilística, sino simplemente una indagación más en lo que parece un tema recurrente en Trueba, que gira en torno a la tristeza cotidiana de la que continuamente intentamos escapar. En unas ocasiones, no tenemos más remedio que aceptarla como incómoda compañera de viaje, pero en otras puede llegar a convertirse en un callejón sin salida tras una pérdida irrecuperable; quizás una de las lecturas más positivas de la obra consiste en la constatación de que no tenemos muchas oportunidades para conseguir que la primera situación se convierta en la segunda. En la progresión entre un extremo y otro, desde Silvia hasta Leandro, el mensaje se hace cada vez más apremiante.

 

David Trueba.

David Trueba.