Literatura de la crisis

Hombres desnudos

Alicia Giménez-Bartlett (Almansa -Albacete-, 1951), 2015.

Planeta, 1ª ed. 474 páginas.

Premio Planeta 2015

 

De nuevo, las necesidades de la amistad. A Genoveva todo el mundo le ha dado un poco de lado. Es mayor que yo, ronda los cincuenta. En su día montó un buen escándalo porque dejó a su marido para largarse con su entrenador personal, un chaval carne de gimnasio, guapo, joven y cutre. Llegaron a convivir algún tiempo, pero la pasión no tardó mucho en irse al traste. Un día me explicó que el chico decía: “Me se ha ocurrido una idea”, calcomonías, y empleaba temática en lugar de tema. La ponía de los nervios, claro está.    (p. 36)

La doctora en filología y escritora Alicia Giménez-Bartlett (Almansa, 1951) es principalmente conocida por sus novelas policiacas protagonizadas por la inspectora Petra Delicado. Su obra Donde nadie te encuentre (2011) fue galardonada con el Premio Nadal.

En esta ocasión, aborda el tema eterno de la soledad, a través de una trama donde unos personajes entrañables, especialmente Iván, gigoló de clubes nocturnos, pivotan en torno al negocio de los espectáculos para adultos y la prostitución masculina. Es una novela de la crisis, pues esta forma de ganarse la vida surge de la necesidad; es una vía cuando no queda otra. También es una novela negra, pues, pese a sus episodios de luminoso optimismo, el tema central de la narración es cómo la desesperación, el miedo a lo desconocido o los complejos personales pueden sacar lo peor de nosotros mismos.

Javier, personaje en el que se intuyen notas autobiográficas, después de la ruptura con su pareja y de su despido laboral, se ve sumergido por Iván en un mundo que le reporta dinero fácil y que puede suponer una salida a corto plazo del bache en el que se encuentra. En este ambiente, conocen a Genoveva, otro personaje magistral, y a Irene, con las que las unirá un vínculo del que dependerá el futuro de todos. La narración es en primera persona, alternándose de párrafo a párrafo entre uno y otro de los cuatro protagonistas.

Pese al cierto regusto de autocomplacencia y de desinhibición algo forzada, las páginas caen sin darse uno cuenta. Gran capacidad narradora que se despliega no sólo en la profundidad psicológica, también en situaciones con la dosis justa de tensión, de dramatismo o de humor negro. Un acompañante de lujo.

Noticias de la noche

Petros Márkaris (Estambul, 1937), 1995.

Tusquets Maxi, 2014, 5ª ed. 327 páginas. (1ª ed. de Tusquets en 2008). Trad. Ersi Marina Samará Spiliotopulu.

 

Ésta es mi única afición: los diccionarios. Ni fútbol ni bricolaje ni nada. Si algún desconocido echara un vistazo a la “biblioteca”, no entendería nada. El estante superior está cargado de diccionarios, una visión impresionante. Luego, el hipotético visitante pasaría a los siguientes y vería Viper, Nora Belle, Arlequín y Bianca. Me había reservado el ático y cedido las tres plantas inferiores a Adrianí. Arriba, una visión lingüística; abajo, la decadencia. Grecia servida en cuatro anaqueles.         (p. 24)

Grecia vivió entre los años 2014 y 2015 un periodo que en el plano político muchos calificarían de apasionante. Al menos, supone una inflexión histórica incuestionable. Estos años comprenden la parte culminante de la grave incidencia de la crisis económica en un país estructuralmente poco sólido, la consecuente crisis institucional, el ascenso meteórico de partidos políticos considerados de corte extremista que hasta entonces habían tenido una relevancia mucho menor (o que sencillamente no existían), y finalmente la victoria electoral de uno de ellos en enero de 2015, Syriza, socialista y euroescéptico. En buena parte del mundo, especialmente en el resto de Europa, la atención mediática e informativa estaba cada vez más focalizada en el estado heleno, que atravesaba una coyuntura que bien podría condicionar réplicas en otras naciones. Para el resto de países europeos, cada uno de ellos encajando su propia crisis particular, la opinión pública ante se polarizaba entre los detractores que veían en el nuevo gobierno griego a un grupo de populistas oportunistas que acabarían socavando las estructuras básicas del estado de bienestar (la palabra “populismo” acabará poniéndose de moda), y los que lo veían como una reacción encomiable de un pueblo asfixiado por los mandatos de la troika que había tenido el coraje suficiente para intentar ser dueños de su destino.

Todo esto supone el caldo de cultivo perfecto para que el mundo editorial se ajuste a unas nuevas circunstancias, apareciendo así un nuevo subgénero literario y novelístico, la “literatura de la crisis”, que usaba la crispación social y el empobrecimiento generalizado como ambientación de dramas humanos o tramas negras y policíacas.

En este sentido se acogió la publicación en España en 2014 de la novela Pan, educación, libertad del griego Petros Márkaris. Informándome un poco más, descubrí que el autor goza de bastante popularidad en su país, debida a su desempeño como dramaturgo, guionista y traductor, pero ante todo como novelista, especialmente por la saga protagonizada por el agente Kostas Jaritos. Alentado por el morbo político, decidí hincarle el diente empezando por el primer título de una serie que ya va por ocho entregas.

Como el título anticipa, la trama se desarrolla partiendo de un crimen que alcanza e involucra a importantes cargos de los medios de comunicación griegos. La novela no usa tanto una ambientación política y social, sino la suciedad en el propio lobby periodístico y mediático, la xenofobia social y los defectos de la clase policial. Con un punto de vista resignado, la corrupción, la endogamia y los prejuicios se dan por sentado como un marcador cultural. Parece ser que el tema político aflora en los últimos números de la serie, coincidiendo con el desencadenamiento de la agitación. No en vano a estos tres últimos números se les viene conociendo como la Trilogía de la crisis (Con el agua al cuello, de 2010; Liquidación final, de 2012; y la mencionada Pan, educación, libertad, de 2014).

En Noticias de la noche me ha servido para descubrir a un personaje, el propio Jaritos, con un gran potencial como protagonista idóneo de una serie literaria. Es el principal punto fuerte de la obra. Una forma de enfrentarse a las adversidades benevolente, experta y optimista que recuerda al Rubén Bevilacqua de Lorenzo Silva, pero chapada a la antigua sin excluir cierta misoginia y xenofobia. El resultado en su personaje duro pero vulnerable, el clásico tipo entrañable al mando de una investigación criminal, que se completa con una relación con su mujer y su hija bastante atractiva, y con aficiones tan excéntricas como leer diccionarios.

Aunque leer novela griega, descubro, tiene el hándicap de que los nombres de los personajes pueden ser verdaderos trabalenguas, confundiéndose el lector, y aunque opino que al libro le sobran unas cien páginas que no hacen si no diluir la trama, la obra es suficientemente trepidante, y el carisma de Járitos resulta suficiente motivo como para que Noticias de la noche no deba ser la única incursión en el mundo literario de Márkaris.

Los besos en el pan

Almudena Grandes (Madrid, 1960).

Tusquets, 2015. 3ª ed. 336 páginas.

-Oye, ¿y Laura? -es él quien se anima a preguntar cuando Roberto deja de informarle-. ¿Qué sabéis de ella?

-Pues no mucho -le confiesa él-, porque ahora llama muy poco, menos que al principio.

-Yo no sé… -interviene su nuera, que nunca lo ha visto muy claro-. Dice que nos echa mucho de menos, que los días son muy oscuros, que está un poco triste.

-Pero que le va muy bien -remata su marido-. ¿O no?      (p.298)

 

Almudena Grandes ha aparcado su gran retablo Episodios de una guerra interminable, del que ya hay publicadas tres entregas (Inés y la alegría, El lector de Julio Verne y Las tres bodas de Manolita, Tusquets, 2010, 2012 y 2014), para sumarse a la moda de la literatura de la crisis. Los besos en el pan es su particular contribución a lo que se viene considerando un género en sí mismo, bajo cuya sombra se han escrito desde ensayos exhaustivos hasta novelas que usan la coyuntura socioeconómica como el marco de una narración. La autora madrileña ya ha hecho callo en el terreno de la denuncia y el testimonio social con sus columnas en medios periodísticos, sus intervenciones en radio y sus entrevistas, en todas las cuales mantiene una lucidez que a mí me parece especialmente agradable. Y con la pausa de una novela se descubren notas nuevas en su estilo.

Ahora nos presenta un álbum con instantáneas de los vecinos de un barrio humilde de la capital en las escenas más arquetípicas de esta nueva austeridad. El libro está estructurado en forma de historias independientes pero interrelacionadas a través de la red de parentescos y amistades que existe entre los protagonistas. Red que, por otro lado, resulta desconcertantemente compleja, significando las repercusiones que nuestros actos tienen en quienes nos rodean y lo sencillo que puede resultar hacerles felices. Las moralejas y la idea principal insisten en una analogía recurrente en el nuevo género, la que se establece con las épocas de más amarga carestía de nuestra historia reciente. Campo en el que Grandes también tiene experiencia.

Negocios donde empiezan a faltar clientes, la competencia hercúlea de locales regentados por asiáticos, comedores de escuela, cierre de hospitales, recortes de personal…  La narración oscila entre los protagonistas que solo tienen que apretarse el cinturón y los que son alcanzados por la más cruda desesperanza. En este segundo caso, en las pocas ocasiones en las que se le toma el pulso a la desolación y a la soledad, en las que se quieren oír ecos de Chirbes, es cuando se alcanzan las cotas más altas, dentro de un relato en general bastante modesto. Modesto porque a la mayoría de estos episodios, que podrían estar sacados punto por punto de un telediario cualquiera de hace unos años, no se les aporta más que unas relaciones interpersonales muy idealizadas y ñoñas. El resultado no justifica el sometimiento de unos personajes meramente instrumentales. De forma que al final estamos ante una aproximación a la problemática social de la crisis que parece escrita muy ligeramente y acaba resultando algo superficial o desaprensiva. El péndulo pasa demasiado tiempo en el lado opuesto a la angustia de Chirbes. Y en el camino se quedan las pinceladas que acercan una obra a la buena factura, aunque la alejen de las listas de más vendidos o de los géneros de moda.

Todo lo que era sólido

Antonio Muñoz Molina (Úbeda -Jaén-, 1956).

Seix Barral, 2013. 14ª ed. 253 páginas.

 

Hay que saber qué se olvida, y qué se recuerda. No se puede olvidar el valor y la precariedad de lo bueno que se ha conquistado porque entonces se olvidará también la necesidad de su defensa constante. (pág 203)

 

He de confesar que la inspiración para escribir esta reseña se la debo al programa El Intermedio, de La Sexta. El día 10 de marzo entrevistaron a Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor de la Universidad Carlos III que acaba de publicar La desfachatez intelectual, en el que denuncia la vacuidad, la falta de contenido, de la que adolecen en muchas ocasiones las opiniones políticas vertidas por la clase intelectual. Aprovechando más su renombre, su originalidad, su dominio del lenguaje o su vehemencia, se permiten restar importancia al rigor y al contraste. Y como ejemplo, se citó precisamente la obra que yo me disponía a comentar, este Todo lo que era sólido de Muñoz Molina (Úbeda -Jaén-, 1956). Darme cuenta de que yo le veía los mismos defectos a este ensayo me hace sentir un estúpido orgullo. Yo pensaba compararlo con Mañana será tarde, de José Antonio Zarzalejos (Planeta, 2015), sugiriendo quizás las diferencias de forma que se pueden encontrar entre un ensayo escrito por un periodista y otro escrito por un novelista, un literato o un intelectual en el sentido más frecuente. Diferencias que afectan en primer lugar a la importancia de las cifras y los datos, y en segundo lugar al estilo y al carácter sugerente frente al exhaustivo. En este libro, tenemos que esperar hasta la página 143 (de 252) para encontrar los primeros datos objetivos. En ocasiones se vuelve a las mismas ideas de una forma un tanto machacona. Algunas acusaciones son poco o nada argumentadas, como la insistencia en el despilfarro público en festejos y celebraciones, mientras que la mayoría cuentan sin duda con el respaldo de la lucidez y la generosidad con las que dota la cultura. Lucidez que queda patente en las cargas contra la clase política, contra sus formas, contra la nueva y alienada cultura española, contra la plutocracia, contra la memoria y la gestión de nuestro pasado, contra el clientelismo de la administración, contra nuestra incapacidad para vigilarnos y exigirnos a nosotros mismos, contra nuestro castizo sectarismo e irracionalidad, contra los nacionalismos, y un largo etcétera que completan el rosario de nuestras vergüenzas. Pero incluso en estas ocasiones parece excesivo confiarlo todo a lo equilibrado del juicio, sin ejemplos, sin investigaciones que vayan más allá de la propia experiencia.

La obra de Sánchez-Cuenca, como decía, ilumina dos divorcios más en la vida civil española que hay que sumar al tradicional entre la clase política y la sociedad. Divorcios que se ponen especialmente de manifiesto en obras como esta. Por un lado, entre la clase intelectual y la política, y que muchas veces se traduce en denuncias un tanto vanas y sin compromiso como a las que he asistido leyendo este ensayo. Y precisamente por esta falta de compromiso, también al divorcio entre la clase intelectual y el resto de la sociedad. Entristece que la intelectualidad adolezca también de algo del sectarismo que trata de censurar. Y aun así, la que tengo entre mis manos es la decimocuarta edición del libro.

Pese a estas faltas, no dejamos de estar ante un libro de Muñoz Molina, y por tanto ante la sinceridad y el valor sin los cuales no se debería escribir sobre uno mismo; sobre los recuerdos, la melancolía y la desesperación. Sobre el sentir íntimo, en definitiva. Se trata más bien de una obra de testimonio, o de confesiones. Algo así como un diario. Un intento de llamada de atención que no pretende un diagnóstico profundo de la realidad. Y si lo pretende, no lo consigue. Esta llamada de atención se dirige contra la arrogancia con la que nos hemos deshecho de todo lo valioso que poseíamos en el pasado. La dignidad de la modestia o de la más franca pobreza, el sentido del valor del esfuerzo, el valor del imperio de la ley y de la democracia. Arrasado por los delirios de los nuevos ricos en los que nos hemos convertido, pareciera que el único legado de lo sólido sólo pervive en lo antiguo, en la memoria de quienes tienen que cargar, más que con la pesadez de sus miembros, con la de sus recuerdos y sus olvidos. Con la pesadez de la inhabitable España que estamos construyendo entre todos.

En la orilla

Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna -Valencia-, 1949).

Anagrama 2013. 11ª ed. 437 Páginas.

Muy cerca del campamento de chabolas, desarrollan su actividad dos chamarileros que amontonan ferralla y han sembrado el paisaje de mutiladas carrocerías de automóviles, neveras, lavadoras y viejos aparatos de aire acondicionado; todo eso, a unos centenares de metros de las urbanizaciones que se anuncian como lujosas en grandes carteles levantados junto a la carretera. A la gente le da todo igual; mientras no le tiren la basura del otro lado de la tapia, ni le llegue el olor de podredumbre a la terraza, se puede hundir el mundo en la mierda.  (p. 36).

 

En agosto del año pasado, unas páginas marginales de una sección también marginal en los periódicos, la de cultura, se hacían eco de la muerte de Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna, Valencia, 1949). Entonces yo aún no había leído En la orilla. Conocía a Chirbes por la repercusión de su obra, y su muerte me causó la vaga sensación de oportunidades perdidas por un autor de obras reconocidas pero a las que aún no se ha tenido la oportunidad de acceder. Conocía Crematorio, una obra que por lo que había leído recordaba que orbitaba en torno a la especulación en España, y que se llevó a la televisión en forma de serie. La novela fue Premio de la Crítica en 2007.

Ahora hace pocos días que terminé En la orilla. Pero mucho antes de terminarla, incluso cuando el lector apenas la ha comenzado, empieza a forjarse la certeza de la riqueza y de la capacidad para la disección de la condición humana, en especial de la condición social española, que atesoran sus páginas. Es una obra monumental. Ha sido considerado el mejor libro en castellano de 2013, año de su publicación. Ha recibido el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros reconocimientos. Y muchos la consideran la novela definitiva sobre la crisis.

 

Es cierto que es una novela “de la crisis”, pero no creo que este sea el tema central. La crisis es un escenario, capital, muy influyente; es la fuerza motriz, el viento que mueve las aspas para la molienda de la oscuridad y la podredumbre a la que se asiste. Estas sí son las tesis principales del libro. La crisis no es más que un catalizador, un acelerador, que viene a sacar lo peor del hombre, a infectar una herida moral, de valores, de sociedad, que ya teníamos abierta y latente en el alma.

Herida plasmada en el caso particular de unos pequeños pueblos ficticios del Levante, del tipo de los que vieron nacer al autor y debe conocer bien, Olba y Misent. El primero, de interior, agrícola, donde el tiempo se detiene y donde todo el mundo conoce a todo el mundo. El segundo, costero y sobreurbanizado, desierto en temporada baja y atestado en verano de turistas y de miserias importadas. La España profunda y salvaje y la España superficial y hortera. En estos escenarios, al calor de la implosión de pelotazos inmobiliarios y del descalabro económico, se cocinan nuestras castizas bajezas, y se toma el pulso a todo un país y una época. La crisis ha venido a ser una batalla para la que ha quedado claro que no estábamos preparados. Leer En la orilla es bañarse en el lodazal de esta decadencia económica y moral, en el lodazal de los pantanos pestilentes y contaminados de Olba. Cada acto de abrir el libro y retomar la lectura es otra zambullida en el barro, en la desesperación y en la brutalidad.

La actitud es de pesimismo. ¿Acaso cabe otra? Pesimismo teñido de abandono, de impotencia. Y de rabia. Las miserias de la cotidianidad son cogidas por Chirbes de las solapas y zarandeadas violentamente, en un grito de indignación. Rabia lanzada contra una multitud de objetivos. Paro, fracaso a los ojos de los hijos, y a los de uno mismo, el naufragio de las ilusiones de juventud, las envidias, las traiciones, la falta de valor y de valores, los recuerdos que nos torturan y que nos hacen torturar a los demás, los prejuicios, los abusos, el racismo, el machismo… Estos son los fantasmas de los personajes de Chirbes. Y también los fantasmas de nuestros días, por eso parecen tan increíblemente reales. Un reflejo de nosotros mismos, un ejercicio de lucidez y transparencia apabullante. Todas estas ideas se amontonan en párrafos, sobreviniendo una a la anterior. Un estilo apelmazado, sin puntos y aparte, casi sin espacios en blanco, que parece intencionadamente abrumador, en rima con el espíritu de la obra. Las acciones simultáneas a las reflexiones se introducen incluso entre paréntesis. Y queda también hueco para aportaciones estilísticas sorprendentes.

 

Atrapados en la infección de la crisis, los personajes de Chirbes comienzan a supurar oscuridad, turbios pasados y falta de moralidad. Pero también mucho dolor. Ya no se cuenta con la narcótica anestesia de la bonanza económica. Resulta que además de cómplices somos las víctimas de nuestra propia vileza. De ahí la añoranza y la melancolía de la infancia y de los sueños frustrados que empapa toda la obra. Y es que en el altar de los sueños se ha sacrificado demasiado; un hogar más allá del terruño donde se nace, un oficio más allá del heredado. Una vida más allá de la heredada. Un destino. Por esto son tan importantes las figuras de los personajes como Francisco, que pudieron encontrar alternativas a esta predestinación y que ahora son objetivo de tantas envidias.

También tiene importancia en la obra el tema de la familia y la amistad, laboratorios en miniatura para desahogar las frustraciones y la falta de ilusión. Para las traiciones y la desconfianza. Donde se escarmienta en carne ajena o se celebra la deslealtad y el cinismo. “Los matrimonios que mejor funcionan son los de conveniencia”, se discute en algún momento.

Hay mucho espacio también para la relación con el padre. El padre se identifica con un pasado de guerra, posguerra y represión del que heredamos una estructura social basada en el maniqueísmo de vencedores y vencidos separados por un abismo de rencores y represalias. En poblaciones pequeñas este abismo es aún más difícil de olvidar. Y es aún más difícil evitar que contamine los afectos paternales. Que invada el territorio del amor y del cariño.

 

Terminada la lectura, lo que antes era distante respeto ahora es franca veneración. La muerte de Chirbes pasa de inspirarme una vaga pérdida y la vivo con la íntima soledad de saber extinta la luz de uno de los pocos faros que aún nos iluminaba. Como los estercoleros de Olba, seguimos descomponiéndonos lentamente, pero ahora más en la oscuridad, sin los rayos de luz delatores que son su testimonio y que denunciaban la mierda que se mece a nuestros pies; en la orilla.

La regla del oro

Juana Salabert (París, 1962).

Alianza, 2015. 1ª ed. 320 Páginas.

 

– Cuidado con lo que insinúas, muchacho. A ver si por hacerle caso a Berta y esbozarte un retrato somero me las voy a ver encabezando vuestra lista de sospechosos a mis años. No soy tu “vengador”, como tildaba hace un par de horas en titulares al asesino esa prensa casi siempre más pendiente de bobas anécdotas y de los ciento cuarenta caracteres tuiteados en todo momento por cualquier politicastro que del golpe de mano germánico en un continente de soberanías secuestradas donde la Gran Alemania ya no precisa de la Wehrmacht para saquear. […]

 

En los últimos tiempos ha surgido un género literario (y cinematográfico) que viene denominándose ‘literatura de la crisis’. O quizás debiéramos decir que ha resurgido, de un estado de latencia durante tiempos más esperanzadores. La cuestión es que, en el contexto de esta decadencia económica y social encuentran su marco bastantes obras y autores. Y está teniendo buena acogida; parece que la constatación de una época crepuscular no impide abstraerse de ella. Hablamos, por ejemplo, de los exitosos Besos en el pan de Almudena Grandes, de los Hombres desnudos de Alicia Giménez Bartlett, último Premio Planeta, o de la saga del inspector Haritos del griego Petros Markaris. Y en 2015 contamos con la aportación de Juana Salabert (París, 1962), Premio Nadal 1996 por Arde lo que será y finalista del Nacional de Narrativa 2005 por La noche ciega, entre otros reconocimientos.

En La regla del oro la miseria se ceba, durante las Navidades del 2012 en Madrid, sobre el gremio en auge de los ‘comprooro’ en forma de un asesino en serie que pretende castigar el desalmado oportunismo de prosperar a costa de la pobreza y la alienación ajenas. Pretende la autora que la situación económica, antes que un marco, sea un personaje más, concretamente el principal antagonista, como el valle de Baztán de Dolores Redondo. Que su yugo esté omnipresente, la fuerza motriz que gobierna todas las acciones y causa todos los quebrantos.

En este intento creo que hay un grave problema con la falta de sutilidad de las formas, que se ven reducidas en demasiadas ocasiones a consignas panfletarias de poca maduración y un tanto burdas. Además, esta crispación se introduce muchas veces en forma de arengas totalmente insospechadas, a contrapié. La cita de arriba puede ser un ejemplo. Por otro lado, muchos pasajes pretenden un lirismo de factura dudosa, lo cual es más chocante si se introduce en conversaciones informales y adultera los registros: «¿Prefiere que le revele que de joven mató a Kennedy, aunque quien luego obtuviera magnicida fama póstuma fuera el retrasado de Ostwald?» (página 165).

Es mi primera novela de esta autora. Confieso que me enfrentaba a ella sin mucha atención (aún con la cabeza en el Reino de Carrère), e, incapaz de zambullirme completamente en ella por detalles como los mencionados, la tomo como un lapsus en una carrera que, por el reconocimiento recibido, debe ser tenida en cuenta.