Literatura en castellano

Soldados de Salamina

Javier Cercas (Ibahernando -Cáceres-, 1962), 2001.

Círculo de Lectores, 1ª ed. (2001), 220 páginas.

 

– ¿Sabe usted cuantos años acabo de cumplir? Ochenta y dos. Soy un hombre mayor y estoy cansado. Tuve una mujer y ya no la tengo. Tuve una hija y ya no la tengo. Todavía me estoy recuperando de una embolia. No me queda mucho tiempo, y lo único que quiero es que me dejen vivirlo en paz. Créame: esas historias ya no le interesan a nadie, ni siquiera a los que las vivimos; hubo un tiempo en que sí, pero ya no.    (p. 185)

 

Comencé Soldados de Salamina por dos motivos. Primero, por esnobismo, porque suele incluirse en las recopilaciones de las mejores novelas españolas de los últimos años. Segundo, porque hace poco me describieron a Cercas (Ibahernando -Cáceres-, 1962) como lo más parecido a Carrère en España. Terminé la novela hace un mes; sobre lo primero, me extraña que esté incluida en listas de unas docenas de títulos junto con obras como En la orilla o Juegos de la edad tardía. Respecto a lo segundo, efectivamente es la no ficción tan de moda últimamente, pero en un registro que, conociendo el precedente de Carrère, pierde mucho efectismo.

Éxito de ventas en su momento, narra la biografía de Rafael Sánchez Mazas, intelectual falangista de primera hora que acabó apartado de los círculos de influencia y caído en el olvido después de la Guerra Civil. Este personaje protagonizó un episodio mítico durante la contienda: cautivo de los republicanos, escapó a un fusilamiento y acto seguido le fue perdonada la vida por el miliciano que lo perseguía. La historia fue posteriormente adaptada al cine por David Trueba, y hoy perduran escenas como la de un miliciano bailando Suspiros de España abrazado a su rifle.

En mi opinión, las mejores páginas son las que hablan de Historia, con mayúsculas. El relato testimonial, que pudo suponer una innovación en su momento, parece perderse entre posicionamientos políticos titubeantes (se defiende la virtud intelectual de Sánchez Mazas pero paralelamente se critica su filiación política; págs 88-89), un uso a veces mamporrero de situaciones excéntricas y un estilo algo recargado, con frases muy largas.

Pero en los márgenes de la intrascendencia, Soldados de Salamina hay espacio para algunas aportaciones enriquecedoras, especialmente hacia el final. No en vano, la salvación milagrosa de Mazas pertenece hoy casi a nuestro imaginario colectivo. Sin el matiz de intercesión divina que alguna vez tuvo.

Croatoan

José Carlos Somoza (La Habana, 1959), 2015.

Stella Maris, 1ª ed. 344 páginas.

 

– Pero ¿y nosostros? ¿Podemos elegir? Fátima hablaba de su enganche a las drogas. ¿Todo está en nuestra naturaleza? Pero si es así, ¿por qué no está en nuestra naturaleza asumir lo que somos, contentarnos con lo que somos, sin sufrir ni hacer sufrir?

 

Yo había leído ya a Somoza (La Habana, 1959; exiliado en España desde 1960) mucho antes de este blog, y guardaba de este autor el recuerdo de lecturas entretenidas. Pero sin embargo me acerqué a su última obra con escepcticismo. Creía que sus libros, de un terror cosmológico  al estilo de Lovecraft, muy característico, serían emocionantes para adolescentes pero poco desafiantes para adultos. Ahora me alegro de estar tan equivocado. Somoza es ejemplar acompasando el desarrollo de la acción con la delineación de los personajes, manejando el suspense y las situaciones y, por supuesto, creando planteamientos en los que suelen intervenir seres o fuerzas trascendentales al ser humano (La dama número trece, 2013; La llave del abismo, 2007), en ocasiones creados o descubiertos el propio hombre (Zig Zag, 2006; El cebo, 2001). La formación del autor como psiquiatra deja notar su influencia, y esto también sucede en este título.

El argumento retoma un enigma histórico: el de la colonia inglesa de Roanoke, en la Norteamérica del siglo XVI. Al regresar desde Inglaterra con abastecimientos, los colonos descubrieron que los más de cien habitantes se habían esfumado sin dejar rastro alguno en registros escritos ni marcas de violencia en hogares ni calles. El único indicio fue la palabra Croatoan tallada en un árbol. Hoy no se sabe si esta palabra hace referencia a una tribu de indígenas, a una isla o a cualquier otra cosa. Somoza propone una explicación inquietante. Y que reaparece en nuestros días.

La flaqueza del bolchevique

Lorenzo Silva (Madrid, 1966), 1997.

Destino booket, 2004, 1ª ed. 185 páginas.

Yo no fui siempre un tipo con el alma entre los cojones. Durante bastantes años ni siquiera decía palabrotas, y hasta utilicé durante muchos un vocabulario abundante y selecto. Ahora he decidido que la vida no merece arriba de quinientas palabras y que las más a propósito son palabrotas.           (p. 11)

 

En mi admirada serie protagonizada por los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro, Silva hace gala de una considerable destreza para las digresiones ensayísticas, generalmente desde un posicionamiento filosófico y psicológico, disciplinas que visita frecuentemente. En busca de títulos no policiacos en los que el autor madrileño vuelque un mayor componente ensayístico, no hay que dejar pasar su tercera novela, La flaqueza del bolchevique, publicada originalmente en 1997 por Destino, que ocupa un lugar destacado en su abundantísima y muy laureada bibliografía. Esta obra fue finalista del Nadal ese mismo año (por detrás por cierto de Quién, de Carlos Cañeque Solá) y ha sido llevada al cine.

De nuevo desde las mencionadas trincheras filosófica y psicológica, Silva plantea un tema que también se ha dejado ver en su saga policiaca, el inevitable conflicto existente entre nuestra razón, abanderando una concepción socialmente consensuada del bien, y nuestra parte irracional, que haciendo caso omiso de los protocolos, nos recuerda nuestra naturaleza hedonista y animal. Esto lo lleva a cabo a través de un protagonista abandonado al cinismo y a la desesperanza a la que se desemboca un pasado traumático. Silva sabe, por un lado, tomar un tema poco original y revestirlo de tanta belleza como la que describe la metáfora que da nombre a la novela. Y por otro, usar ese tema en un sentido reflexivo, didáctico y por tanto reconfortante.

Lejos de volver a insistir una vez más en los talentos de un autor que ya venero, y en la elocuencia y el lirismo de su estilo, diré simplemente que La flaqueza del bolchevique me ha servido para conocer algo mejor sus posicionamientos y sus planteamientos recurrentes. Háganse un favor y léanlo, y si no les gusta, háganselo mirar.

Nadie vale más que otro

Lorenzo Silva (Madrid, 1966), 2004.

Destino Booket, 5ª ed., 2014. 212 páginas.

 

-Creí que para ustedes esto era un asunto rutinario, un camello más, muerto por meterse donde no debía. Creí que no iban a hacer ningún esfuerzo por resolverlo.

Lo malo era que en buena medida tenía razón. Era un asunto rutinario. Pereira se lo vendería al coronel de la comandancia de Madrid, y éste se lo agradecería sin mayores aspavientos.

-Para nosotros, nadie vale más que otro, señora -dije, sin embargo-.            (p. 65)

La cuarta entrega de la serie Bevilacqua y Chamorro consiste en un libro de relatos. Los cuatro pequeños casos a los que la pareja de guardias civiles se enfrentan se resuelven sin mayores complicaciones, en pocas páginas, y en algunos de ellos la solución resulta ser efectivamente la más probable. En todos se mantiene el buen tono narrativo del autor, sin ser por lo demás especialmente memorables para los no aficionados a la saga. En todo caso, contribuyen a dar un matiz adicional a sus personajes, haciéndolos más verosímiles. Así, Silva nos recuerda que un oficio tan literario como el de guardia civil, por el que debe sentir verdadera veneración, no está constituido sólo por casos vertiginosos de complicada resolución.

La niebla y la doncella

Lorenzo Silva (Madrid, 1966), 2002.

Destino, colección de bolsillo Booket, 2011. 6ª ed. 354 páginas.

 

Lo malo del envejecimiento, aunque sólo fuera el debido a los treinta y ocho años que hasta entonces yo había visto transcurrir, es que te enseña a encontrar gateras por las que huir de casi todo, e incluso a tener bien clasificadas las gateras en función de su eficacia como vías de escape.     (p. 35)

Esta entrega de la serie de guardias civiles Bevilacqua y Chamorro sigue manteniendo un nivel aceptablemente alto, y son ya tres las novelas que Silva consigue enlazar no sólo sin bajar el listón, sino en ocasiones tocando cotas muy altas, como hiciera con el segundo número, El alquimista impaciente (comentada aquí; la primera entrega se comenta aquí).

En La niebla y la doncella, la pareja protagonista se enfrenta al asesinato de un joven en la isla de La Gomera. Los personajes salen de una zona que podría ser a priori más confortable para el autor madrileño, el centro peninsular, demostrando versatilidad en la ambientación en el Garajonay y en la geografía canaria. La última entrega, publicada hace nada, de esta serie (Donde los escorpiones, Destino, 2016), que transcurre en Marruecos, parece ampliar en este sentido el campo de acción del autor y sus protagonistas.

Donde reside el punto fuerte de la obra, como viene siendo habitual en la literatura de Silva, es en los personajes. Aparte de la pareja principal, destaca en este caso la agente Anglada, eje vertebrador de casi todo el relato, muy bien trazado y que sirve de guía para profundizar en las personalidades de Vila y Chamorro. Una magistral tarea de descripción psicológica a través de la confrontación entre personalidades. El estilo de Silva no se mueve ni un ápice. Sencillísimo, algo envarado y mojigato en escenas violentas o en discusiones acaloradas, pero muy elegante y de agradecer en la mayoría de registros. Por otra parte, las digresiones de Vila, que además de protagonista ejerce de narrador, muestran una vocación ensayística que se expresa plenamente hacia el final de la obra, con el misterio ya resuelto (páginas 336-339). Pese a circunvalar siempre la limitada temática policial-judicial-administrativa y las cuestiones personales que la rodean, me parecen muy dignas de elogio (la cita del encabezamiento es un ejemplo). Este género más introspectivo parece desarrollado en algunas obras fuera de la serie, como Música para feos (Destino, 2015), a la que le tengo echado el ojo desde algún tiempo. Silva no solo escribe policíaco.

En definitiva, sin ser la mejor de la saga, La niebla y la doncella es una novela entretenida y agradable de leer, que no desmerece la obra global que Silva va escribiendo en el canon del género policiaco en castellano.

 

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Lorenzo Silva

Saber perder

David Trueba (Madrid, 1969), 2008.

Círculo de Lectores, 2008. 1ª ed. 452 Páginas.

 

El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y sólo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople su viento. Es el deseo de desear.           (p. 13)

 

Parece que el guionista, director de cine y actor David Trueba (Madrid, 1969) tiene predilección por la desolación cotidiana. Por aquellas historias en las que la soledad y el fracaso, ya sea la segunda como motivo de la primera, o al revés, vencen los muros tras los que nos asedia a todos. Este tema único, que se desarrolla a lo largo de la historia de Beto en Blitz (Anagrama, 2014; comentada también aquí), multiplica ahora en cuatro historias muy parecidas a esta, entrelazadas entre sí, y con muchos puntos en común.

Por un lado, Silvia, adolescente desorientada, y Ariel, futbolista argentino recientemente fichado por un equipo madrileño. Ambos comienzan una relación sin futuro, dado los mundos tan diferentes a los que pertenecen, pero que constituye una experiencia aleccionadora para ambos (al menos así lo he interpretado yo; creo que esta intención queda especialmente de manifiesto en las últimas líneas de la obra). Por otro lado, Lorenzo, padre de Silvia, perseguido por la culpabilidad de un grave crimen; y Leandro, padre de Lorenzo y por tanto abuelo de Silvia. El medio de ambos para esquivar la oscuridad consiste en la búsqueda desesperada de la compañía. En el primer caso, en una relación con Daniela, una inmigrante sudamericana ilegal contratada como empleada del hogar; y en el segundo, en la prostitución. Ambas soluciones se intuyen más como agravantes de la situación que como medio efectivo para ponerles remedio. Esta es una clara y fundamental distinción entre los cuatro protagonistas. Para los dos primeros, la tristeza desempeña también una labor benefactora, que nos prepara frente a los lances que quedan por vivir; algo así como una vacuna. En los dos últimos, es un mar profundo en el que nos vemos lastrados por las decisiones que hemos tomado a lo largo de nuestra historia.

El estilo se Trueba tampoco sufre alteración. Particularmente, encuentro desconcertante ese desprecio por los signos de puntuación a la hora de introducir los fragmentos hablados por los personajes, las transcripciones literales y la alternancia en las conversaciones. En la construcción de escenarios, Saber perder guarda también muchas analogías con Blitz. Las ciudades en las que transcurren, Madrid y Múnich, están abundantemente caracterizadas. Múnich se percibía como un medio extranjero y hostil. Aquí, Madrid es una presencia gris, decadente, en la que la ruindad de lo popular se entremezcla con la frialdad de lo más ostentoso.

Galardonada con el Premio Nacional de la Crítica en 2008, y por ello el más claro referente en la bibliografía del autor, Saber perder no supone por tanto una innovación temática, ni tampoco estilística, sino simplemente una indagación más en lo que parece un tema recurrente en Trueba, que gira en torno a la tristeza cotidiana de la que continuamente intentamos escapar. En unas ocasiones, no tenemos más remedio que aceptarla como incómoda compañera de viaje, pero en otras puede llegar a convertirse en un callejón sin salida tras una pérdida irrecuperable; quizás una de las lecturas más positivas de la obra consiste en la constatación de que no tenemos muchas oportunidades para conseguir que la primera situación se convierta en la segunda. En la progresión entre un extremo y otro, desde Silvia hasta Leandro, el mensaje se hace cada vez más apremiante.

 

David Trueba.

David Trueba.

 

El balcón en invierno

Luis Landero (Albuquerque -Badajoz-, 1948).

Tusquets, 2014. 2ª ed (1ª ed. en “Maxi”). 245 páginas.

Es nostalgia y pesar de la juventud, de la belleza, de la acción, de todo cuanto sucumbió al tiempo, pero también de lo que no llegó a vivirse, de los alegres decires nunca dichos, de las correrías nunca emprendidas, de los amigos que no tuve, del amor apenas entrevisto, de la vida dilapidada en vano, y de lo breve e ilusorio de los ahoras […] (p. 20)

 

Ha sido en 2014 cuando Luis Landero considera que ha llegado el momento de girarse hacia sí mismo. De aparcar la ficción, al menos en parte, y de revelar estas memorias. De recopilar recuerdos que abarcan desde momentos en su finca natal de Valdeborrachos, en Albuquerque, Badajoz, hasta el presente, consagrado como creador y con un nombre escrito con mayúsculas en la historia de la literatura en castellano. Pasando en este viaje por momentos como la muerte del padre contando el autor dieciséis años, uno de los puntos de inflexión de su historia, o su “canonización” literaria en 1969.

Y al servicio de este propósito se emplea uno de los mayores dominios del lenguaje que he podido conocer. Landero es un autor en el que el estilo y su lirismo, y ese humor disparatado y enternecedor, pueden absorber el propio relato. Esta prosa acaba convirtiéndose a lo largo de la obra en una herramienta que se nos sirve para hacer que la realidad sea algo mágico y fascinante. Capacidad que es deudora de una forma diferente de ver el mundo. Algunos pasajes y capítulos enteros, como el octavo, son auténticas maravillas.

Y sirviéndose de este derroche de estilo, Landero ofrece un gran ejercicio de sinceridad y generosidad, que consiste en identificar públicamente sus fuentes de inspiración literaria en su propia experiencia vital, lo que queda de manifiesto a la vista, al menos, de Juegos de la edad tardía (comentado también aquí). Decidido a convertirse en un hombre de provecho, Landero estudiaba en las mismas academias nocturnas que frecuentaba Gregorio Olías. Los estudiantes somnolientos que las abarrotaban eran sus propios compañeros de clase. Y la fascinación por el “progreso” y la ciudad que sentía Gil en aquellas conversaciones telefónicas son las que podría haber sentido su propio padre.

Es de esperar que buena parte del universo de ficción de Landero no sea nada menos que el universo de su propia vida. Y en este universo, tiene un lugar destacado lo que el autor llama “el afán”, ese nostálgico sentimiento de desengaño de quien vive soñando, deseando en vano. El empeño de despegarse de nuestro prosaico destino en alas de una fuerza telúrica que surge de nuestro interior y que nos dice que hemos sido llamados para algo mucho más grande. Ese afán, como naturaleza inevitable y como fuente de frustraciones y melancolía, pero también de conocimientos y de valor, ha germinado en su obra porque antes ha polinizado a su propia familia. Si no es desde esta posición de sinceridad, es posible que unas memorias no merezcan la pena ser contadas.

 

Dice al principio Landero que para él, el balcón no es una simple puerta al exterior, sino también a otra vida. Al asomarse al balcón, siente el vértigo de quien observa en la calle a gente feliz y desaprensiva, que disfruta sus vidas. Y se pregunta si toda una existencia consagrada a la literatura, entre libros y cantidades ingentes de papel, no habrá sido una vida desaprovechada. Quizás por algo así escribimos. Lo que no se escribe se perderá sin remedio. Y al darnos cuenta de que no podemos conservar todo lo que nos gustaría, de todo lo que dejamos por el camino, nos abandonamos a un acto de piedad con nosotros mismos, de intentar conservar algo de entre todo lo que se nos arrebata. Y también a una indagación en la búsqueda de una belleza esquiva que nos alivie el escozor de las heridas del tiempo que nos abandona.

Pero ahora pienso que el vértigo que nos produce asomarnos al balcón tal vez pueda calmarse. Con el consuelo de saber que la propia obra, a lo que se ha consagrado la existencia a este lado de la ventana, sirve para serenar otros espíritus. Para calmar ese mismo vértigo cuando lo sienten otros. Vértigo que nos marca pero que afortunadamente nos hermana.

El alquimista impaciente

Lorenzo Silva (Madrid, 1966).

Planeta (ed. de quiosco), 2000. 9ª ed (excluyendo reimpresiones). 281 páginas.

Premio Nadal 2000

 

Supongo, de todos modos, que tanto Chamorro como yo habríamos acabado pasando página, y que la muerte de Trinidad Soler habría quedado como uno de tantos sucesos fortuitos, si el azar no hubiera decidido desbaratar, con su capricho imprevisible, la historia ya escrita y archivada.     (pág 90)

 

Hace poco tuve la oportunidad de asistir a unas charlas sobre novela negra a cargo de Lorenzo Silva (Madrid, 1966), en las que extrajo los que para él eran los tres ingredientes que hay que cuidar en el proceso creativo de estas obras: contexto, estilo y personajes. Sea cual sea la fórmula, el caso es que a Silva le ha servido para escalar a lo más alto del género en castellano con su serie de los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro. Serie que comenzó en 1998 con El lejano país de los estanques (Destino; que comenté aquí hace poco), Premio Ojo Crítico. Esta segunda entrega recibió el Premio Nadal en el 2000, y no es la última en ser galardonada. Pero todo a su tiempo.

El alquimista impaciente (Destino, 2000) es una novela magistral, mejor que la primera, lo cual no era nada sencillo de conseguir. Hay puntos en común entre las dos: el recurso de ambientación en bares de copas y discotecas,  protagonistas provenientes del este de Europa, la belleza como perdición… Temas en los que el autor madrileño parece sentirse especialmente cómodo.

 

Decía también Silva que la novela negra no es necesariamente una novela policial. Al menos, ya no. Que no es el crimen el que define al género, sino más bien el volver la mirada hacia las cloacas de la sociedad, hacia los asuntos que solemos preferir dejar al margen de nuestra atención y de nuestra conciencia. Y aquí Silva no hace sangre, pero tampoco elude los temas de la trata de blancas, el tráfico de influencias, la corrupción en la justicia, la manipulación periodística y alguno más.

Por lo demás, el contexto lo constituye el triángulo formado por Madrid, la Alcarria de Guadalajara y la Costa del Sol. Los espacios geográficos no están muy perfilados pero este hueco lo rellenan paisajes, la mayoría vistos a través de una luna de coche, tan bien entreverados con descripciones anímicas que el espacio vacío apenas se aprecia.

El segundo ingrediente era el estilo, y en el caso de Silva llaman la atención los diálogos. Impactantemente bien escritos, en el equilibrio perfecto, como él propio autor defiende, entre “levantar acta” y el respeto por los registros de las conversaciones. Empleados en la función de desnudar poco a poco las personalidades de los personajes, insinuando partes que quedan escondidas bajo las aguas de la psique. Silva echa un pulso al lector en cada diálogo, y con ellos les saca el máximo partido a los personajes que consigue construir.

Llegamos así al último ingrediente, los personajes, y aquí es donde creo que reside la mejor baza de la novela. Aquí está la razón de que supere a la primera entrega. No hay nadie que pase por El alquimista impaciente que no sea irresistiblemente atrayente; incluso los personajes más indeseables ejercen sobre nosotros el influjo de quien enseña sólo una pequeña muestra de un gran mapa de cicatrices, o directamente de quien lleva a cuestas un bagaje que le ha hecho jirones el espíritu. Es algo muy sutil: el interés está precisamente en lo que no se nos enseña, en lo que se insinúa. Empezando por los protagonistas, por la humildad y sencillez revestida de una esforzada dureza del sargento Rubén Bevilacqua, y, al revés, por la fortaleza disimulada por una costra de timidez y envaramiento de su ayudante Virginia Chamorro. La relación entre ambos es una historia que trascurre paralela a la investigación. Está tan bien desarrollada que cuesta imaginar que, en palabras del propio Silva, nunca se concibiera para ser contada en varias novelas. El desarrollo de tensiones encorsetadas por la jerarquía laboral-militar del Cuerpo está tratado con la elegancia de un gran estilista.

 

Al final, resulta evidente que la creación de una buena novela no es algo tan sencillo como atender los  tres ingredientes del principio por separado. Estos ingredientes no tienen sentido si no se miran al trasluz del talento, de la experiencia y de la capacidad de sacrificio y de empatía, vital y literaria. Con todo esto, Lorenzo Silva ha construido una novela con una dosificación que no engancha, sino que toma prisioneros. De buena gana le habría dedicado mi tiempo en exclusiva, a leerla y a imaginarme en un mundo que, como para cualquier lector, ya forma parte de mí.

Los confines

Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío -León-, 1953).

Destino, 2009. 1ª ed. 271 páginas.

 

Pensemos en el lector común de novelas. ¿Qué relación tiene su vida con los entes de ficción?: la sospecha de que en ellos, por irreales que parezcan, se esconde una verdad que no podrían descubrir de otro modo.       (p. 9)

 

Recuerdo cuando tuve noticias de una novela, Al morir don Quijote (Destino, 2005), que contaba lo que sería de las vidas de los personajes de Cervantes tras la muerte del Hidalgo. Me pareció una idea muy atractiva. Entonces yo desconocía que el autor de aquella novela, Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío -León-, 1953), es un creador prolífico que ha cultivado casi todos los géneros, y que en muchos de ellos ha obtenido sobrado reconocimiento. Desde el Premio de la Crítica de Poesía (Acaso una verdad, 1993) al Premio Nadal de novela (Los amigos del crimen perfecto, 2003). Actualmente, recoge sus diarios en Salón de pasos perdidos, una obra monumental que ya cuenta con diecinueve tomos.

Pero la primera obra de Trapiello que leo no es ninguna de las más galardonadas de su catálogo. Los confines es la historia del amor entre Max y Claudia, una relación que esconde un secreto que pondrá en su contra a cuantos les rodean. Todos desaprueban la relación. Pero, ¿y si este secreto no es un argumento ingenioso? La apuesta fuerte de la obra es la transmisión de sentimientos, en busca de la empatía del lector, suponiendo que el morbo de un amor prohibido es suficiente justificación. Pero no lo es, o al menos para alguien que haya caído en la cuenta de que es una historia infinitamente repetida en situaciones reales, sobre todo a la luz de la Historia. Y el estilo que despliega el autor no salva la obra. La lectura se me ha hecho muy cuesta arriba, desde el primer capítulo, que es por cierto el más confuso de todos, quizás porque hace referencia a lo que el lector aún desconoce. Yo lo recuerdo un tanto jactancioso. Sí destaca una buena capacidad para la perfilación tanto de personajes (todos ellos algo cargantes, especialmente Max, cubierto con un aura de misticismo y veneración ridícula) como de los escenarios donde transcurren los capítulos, especialmente para el exotismo y a la vez la inhóspita miseria de Constanza, una ciudad sudamericana mestiza de aire colonial y que todavía no tengo claro si es real (en tal caso, deber ser muy pequeña) y Madrid.

Más adelante, en los momentos en que parece vascular hacia el thriller, la historia amaga con levantar el vuelo, pero tarda muy poco en volver a encallarse en bizantinismos sobre la predestinación del amor, la inevitabilidad del destino, grandes dramas y traumáticos desengaños. Y páginas y páginas de declaraciones de amor incondicional. Todo es demasiado empalagoso. Buscando ahora pasajes que me sirvan como ejemplo, pareciera que puedo encontrar uno casi en cada página por la que abro el libro:

 

“Mientras dormías he estado pensando […] El corazón tiene un lenguaje sin palabras, que hay que saber oír, pero no podemos vivir sin traducciones. Te he esperado toda mi vida…” (pág. 122).

[…] No puedo vivir sin verte, sin abrazarte, sin hablarte. Pero esto es imposible. No puedo más…” (pág. 107).

“<<Nunca te había visto tan guapa>>. Se avergonzó de sus palabras, no tanto por la indiscreción de decirlas delante de mis amigas…” (pág 63).

“<<Si me has hecho feliz, ya no te temo; y si te he hecho feliz, ya te conozco>>” (pág 89).

 

Y prácticamente así hasta el final. Si quieren leer a Trapiello, inténtenlo con otro título.

Los besos en el pan

Almudena Grandes (Madrid, 1960).

Tusquets, 2015. 3ª ed. 336 páginas.

-Oye, ¿y Laura? -es él quien se anima a preguntar cuando Roberto deja de informarle-. ¿Qué sabéis de ella?

-Pues no mucho -le confiesa él-, porque ahora llama muy poco, menos que al principio.

-Yo no sé… -interviene su nuera, que nunca lo ha visto muy claro-. Dice que nos echa mucho de menos, que los días son muy oscuros, que está un poco triste.

-Pero que le va muy bien -remata su marido-. ¿O no?      (p.298)

 

Almudena Grandes ha aparcado su gran retablo Episodios de una guerra interminable, del que ya hay publicadas tres entregas (Inés y la alegría, El lector de Julio Verne y Las tres bodas de Manolita, Tusquets, 2010, 2012 y 2014), para sumarse a la moda de la literatura de la crisis. Los besos en el pan es su particular contribución a lo que se viene considerando un género en sí mismo, bajo cuya sombra se han escrito desde ensayos exhaustivos hasta novelas que usan la coyuntura socioeconómica como el marco de una narración. La autora madrileña ya ha hecho callo en el terreno de la denuncia y el testimonio social con sus columnas en medios periodísticos, sus intervenciones en radio y sus entrevistas, en todas las cuales mantiene una lucidez que a mí me parece especialmente agradable. Y con la pausa de una novela se descubren notas nuevas en su estilo.

Ahora nos presenta un álbum con instantáneas de los vecinos de un barrio humilde de la capital en las escenas más arquetípicas de esta nueva austeridad. El libro está estructurado en forma de historias independientes pero interrelacionadas a través de la red de parentescos y amistades que existe entre los protagonistas. Red que, por otro lado, resulta desconcertantemente compleja, significando las repercusiones que nuestros actos tienen en quienes nos rodean y lo sencillo que puede resultar hacerles felices. Las moralejas y la idea principal insisten en una analogía recurrente en el nuevo género, la que se establece con las épocas de más amarga carestía de nuestra historia reciente. Campo en el que Grandes también tiene experiencia.

Negocios donde empiezan a faltar clientes, la competencia hercúlea de locales regentados por asiáticos, comedores de escuela, cierre de hospitales, recortes de personal…  La narración oscila entre los protagonistas que solo tienen que apretarse el cinturón y los que son alcanzados por la más cruda desesperanza. En este segundo caso, en las pocas ocasiones en las que se le toma el pulso a la desolación y a la soledad, en las que se quieren oír ecos de Chirbes, es cuando se alcanzan las cotas más altas, dentro de un relato en general bastante modesto. Modesto porque a la mayoría de estos episodios, que podrían estar sacados punto por punto de un telediario cualquiera de hace unos años, no se les aporta más que unas relaciones interpersonales muy idealizadas y ñoñas. El resultado no justifica el sometimiento de unos personajes meramente instrumentales. De forma que al final estamos ante una aproximación a la problemática social de la crisis que parece escrita muy ligeramente y acaba resultando algo superficial o desaprensiva. El péndulo pasa demasiado tiempo en el lado opuesto a la angustia de Chirbes. Y en el camino se quedan las pinceladas que acercan una obra a la buena factura, aunque la alejen de las listas de más vendidos o de los géneros de moda.