Literatura española

Soldados de Salamina

Javier Cercas (Ibahernando -Cáceres-, 1962), 2001.

Círculo de Lectores, 1ª ed. (2001), 220 páginas.

 

– ¿Sabe usted cuantos años acabo de cumplir? Ochenta y dos. Soy un hombre mayor y estoy cansado. Tuve una mujer y ya no la tengo. Tuve una hija y ya no la tengo. Todavía me estoy recuperando de una embolia. No me queda mucho tiempo, y lo único que quiero es que me dejen vivirlo en paz. Créame: esas historias ya no le interesan a nadie, ni siquiera a los que las vivimos; hubo un tiempo en que sí, pero ya no.    (p. 185)

 

Comencé Soldados de Salamina por dos motivos. Primero, por esnobismo, porque suele incluirse en las recopilaciones de las mejores novelas españolas de los últimos años. Segundo, porque hace poco me describieron a Cercas (Ibahernando -Cáceres-, 1962) como lo más parecido a Carrère en España. Terminé la novela hace un mes; sobre lo primero, me extraña que esté incluida en listas de unas docenas de títulos junto con obras como En la orilla o Juegos de la edad tardía. Respecto a lo segundo, efectivamente es la no ficción tan de moda últimamente, pero en un registro que, conociendo el precedente de Carrère, pierde mucho efectismo.

Éxito de ventas en su momento, narra la biografía de Rafael Sánchez Mazas, intelectual falangista de primera hora que acabó apartado de los círculos de influencia y caído en el olvido después de la Guerra Civil. Este personaje protagonizó un episodio mítico durante la contienda: cautivo de los republicanos, escapó a un fusilamiento y acto seguido le fue perdonada la vida por el miliciano que lo perseguía. La historia fue posteriormente adaptada al cine por David Trueba, y hoy perduran escenas como la de un miliciano bailando Suspiros de España abrazado a su rifle.

En mi opinión, las mejores páginas son las que hablan de Historia, con mayúsculas. El relato testimonial, que pudo suponer una innovación en su momento, parece perderse entre posicionamientos políticos titubeantes (se defiende la virtud intelectual de Sánchez Mazas pero paralelamente se critica su filiación política; págs 88-89), un uso a veces mamporrero de situaciones excéntricas y un estilo algo recargado, con frases muy largas.

Pero en los márgenes de la intrascendencia, Soldados de Salamina hay espacio para algunas aportaciones enriquecedoras, especialmente hacia el final. No en vano, la salvación milagrosa de Mazas pertenece hoy casi a nuestro imaginario colectivo. Sin el matiz de intercesión divina que alguna vez tuvo.

Croatoan

José Carlos Somoza (La Habana, 1959), 2015.

Stella Maris, 1ª ed. 344 páginas.

 

– Pero ¿y nosostros? ¿Podemos elegir? Fátima hablaba de su enganche a las drogas. ¿Todo está en nuestra naturaleza? Pero si es así, ¿por qué no está en nuestra naturaleza asumir lo que somos, contentarnos con lo que somos, sin sufrir ni hacer sufrir?

 

Yo había leído ya a Somoza (La Habana, 1959; exiliado en España desde 1960) mucho antes de este blog, y guardaba de este autor el recuerdo de lecturas entretenidas. Pero sin embargo me acerqué a su última obra con escepcticismo. Creía que sus libros, de un terror cosmológico  al estilo de Lovecraft, muy característico, serían emocionantes para adolescentes pero poco desafiantes para adultos. Ahora me alegro de estar tan equivocado. Somoza es ejemplar acompasando el desarrollo de la acción con la delineación de los personajes, manejando el suspense y las situaciones y, por supuesto, creando planteamientos en los que suelen intervenir seres o fuerzas trascendentales al ser humano (La dama número trece, 2013; La llave del abismo, 2007), en ocasiones creados o descubiertos el propio hombre (Zig Zag, 2006; El cebo, 2001). La formación del autor como psiquiatra deja notar su influencia, y esto también sucede en este título.

El argumento retoma un enigma histórico: el de la colonia inglesa de Roanoke, en la Norteamérica del siglo XVI. Al regresar desde Inglaterra con abastecimientos, los colonos descubrieron que los más de cien habitantes se habían esfumado sin dejar rastro alguno en registros escritos ni marcas de violencia en hogares ni calles. El único indicio fue la palabra Croatoan tallada en un árbol. Hoy no se sabe si esta palabra hace referencia a una tribu de indígenas, a una isla o a cualquier otra cosa. Somoza propone una explicación inquietante. Y que reaparece en nuestros días.

Música para feos

Lorenzo Silva (Madrid, 1966), 2015.

Booket, 1ª ed. 214 páginas.

Era un viernes por la noche, o lo que es lo mismo, el momento más temido por una mujer como yo: joven, pero ya no tanto como para tener el alma y la piel libres de rasguños, y con algún recorrido a las espaldas, pero todavía no tanto como para comprarme un gato y no esperar nada más de la vida. El temor se agrava cuando compruebas que en ese momento fatídico no tienes grabado en la agenda del móvil el número de nadie a quien puedas llamar sin que la perspectiva te inspire aburrimiento, asco o la mezcla de ambos. En esa situación, detestable y absurda, bien puede suceder que te prestes a probar alguna solución descabellada. Y eso fue, justamente, lo que yo hice.     [p. 13]

 

A propósito del libro de Lorenzo Silva Carta blanca (Espasa, 2004), Ignacio Echevarría escribió una crítica con afirmaciones un tanto aventuradas (como el propio título, “El taciturno novio de la muerte”) pero que contiene algunas ideas que sintetizan bien mi visión de la parte de la obra de Silva que conozco:

En el panorama de la actual narrativa española, Lorenzo Silva es uno de los mejores exponentes de lo que, sin reticencias de ningún tipo, cabe entender por escritor profesional […] Solvente, concienzudo a su manera, técnicamente bien pertrechado, y muy sensible a los gustos y a las demandas del gran público. Sin preocuparse mucho por su propio carisma, y sin andarse en general con manías, el escritor profesional se entiende bien con una industria editorial […] y que le sirve a él para labrarse una próspera carrera que se desarrolla hasta cierto punto al margen de los prestigios y de los escalafones por los que suelen competir la mayoría de sus colegas.

Docena y media de títulos publicados en menos de una década, entre ellos unas cuantas novelas muy exitosas, traducidas a varias lenguas y adaptadas o pendientes de adaptación al cine, dan cuenta, en el caso de Lorenzo Silva, de un ritmo de producción incansable, que en buena medida se explica por el recurso a plantillas genéricas, que Silva emplea con astucia, imbuido siempre de un espíritu divulgador, pedagógico incluso, y guiado por la obsesión -insiste él siempre- de no aburrir.

El resto de la crítica puede encontrarse aquí: http://elpais.com/diario/2004/04/24/babelia/1082764216_850215.html. Por cierto que provocó la esperable respuesta del propio Silva en su web (http://www.lorenzo-silva.com, en el apartado dedicado al libro en cuestión).

Más allá de polémicas, yo también creo que todas las novelas de Silva tienen puntos en común. Por un lado, ese sabor a “novio de la muerte” que deja su sensibilidad por la intimidad de lo marcial o lo policial (serie Bevilacqua), o bien el resabio canalla de algunos de sus protagonistas (La flaqueza del bolchevique), y ese estilo impecable hasta límites pedagógicos trufado a veces, y en este caso es así, de líneas absolutamente inspiradoras. “Plantillas”, como diría Echevarría, que hacen que, cuando menos, el sello Silva sea una apuesta segura.

Estamos ante una clásica historia de amor entre Mónica, una chica precarizada y un tanto sin rumbo en Madrid, con la que tantos empatizamos, y Ramón, mayor que ella y con grandes secretos. Sin ser tan brillante como otras, Música para feos es una vez más género de alta calidad.

La tierra que pisamos

Jesús Carrasco (Badajoz, 1972), 2016.

Seix Barral, 1ª ed. 270 páginas.

 

Después de la desoladora visión de su rostro, trato de volver a mis asuntos. Pero ¿quién podría dedicarse a sus cosas sabiendo que un loco desfigurado holgazanea a unos metros? Mis intentos son inútiles. Mi imaginación, más fuerte que mi voluntad, vacía mi mente de pensamientos cabales. Me arranca del presente y no soy capaz de pararla.   [p. 47]

Jesús Carrasco protagonizó en 2013 uno de los más aclamados debuts literarios con la obra maestra Intemperie (Seix Barral, 2013), una oda al poder del lenguaje y a su capacidad de evocación: libro del Año para el Gremio de Libreros de Madrid y para El País y uno de los mejores de 2014 en Reino Unido para The independent, además de al menos otros cuatro premios internacionales y no menos puestos finalistas.

La tierra que pisamos es su segunda obra. Plantea que, en un futuro próximo, España ha sido anexionada por un Imperio internacional. En Extremadura parte de la élite militar conquistadora ha elegido un pequeño pueblo para una jubilación idílica. Eva, esposa de un gran cargo, descubre que en su jardín habita un vagabundo sin nombre ni conocidos. Ominosamente seducida, se encarga de construirle un pasado, mientras asiste al desmoronamiento que su presencia provoca en los que habían sido los pilares de su vida: su relación con su marido y su conciencia.

En la contraportada del libro se cuentan nueve opiniones de crítica literaria alabando el talento que el autor derrocha en… Intemperie, su anterior obra. Nada acerca de la que se tiene entre manos. Esto ya debería hacernos desconfiar. Y, cuando se comienza a leer, en efecto, se comprueba que La tierra que pisamos está bastante lejos de su predecesora. El dominio del lenguaje y la capacidad evocadora de Carrasco siguen estando ahí (“La pluma rasca el papel, un sonido cordial junto a la llama ondulante de la bujía…” [p. 40]), pero mucho más diluidos. Quizás porque el fin ya no es la celebración del lenguaje en sí mismo. El argumento ya no es un mero pretexto. Y el estilo no es el protagonista único, sino que se pretende usar el lirismo y la insinuación para elevar un mensaje que no queda claro, más allá de orbitar en torno a la relación entre el Hombre y su tierra. Un intento de fidelidad estilística que acaba brillando con una luz propia mucho más tenue que el manifiesto inicial.

La desfachatez intelectual

Ignacio Sánchez-Cuenca (Madrid, 1966), 2016.

Catarata, 5ª ed. 221 páginas.

Son muchos los ejemplos de intelectuales que han interpretado el reconocimiento público que reciben por su obra literaria como una forma de impunidad. Llegados a cierto punto de “consagración”, saben que digan lo que digan, por muy arbitrario o absurdo que resulte, nadie les va a mover la silla. Es como si la acumulación de malas ideas y opiniones infundadas no tuviera apenas impacto sobre su reputación, de modo que ningún periódico se atreverá a prescindir de sus servicios, ni las editoriales rechazarán sus manuscritos ni les dejarán de invitar a conferencias, cursos de verano y demás actos culturales y académicos.      [p. 13]

 

Cuando a un novelista de éxito una firma editorial le ofrece un contrato como columnista, u “opinador” en general, en una publicación periódica, se le plantean dos alternativas honestas: declinar la oferta, pues su ámbito es la literatura, no el análisis político o económico, o bien aceptar la oferta y escribir con la documentación previa y la modestia de quien es intruso en temas ajenos. El problema está en que muchas veces optan por una tercera opción: aceptar la oferta, y escribir artículos mal documentados, no referenciados, superfluos, frívolos y en los que, antes que el rigor, tiene más interés una retórica con gancho que no diga nada de valor. Es el caso de Pérez-Reverte en XL Semanal, Félix de Azúa, Javier Cercas, Muñoz Molina y Fernando Savater en El País,  Jon Juriasti en ABC, y muchos otros. A veces, incluso, este modus operandi les da para todo un libro (por ejemplo, el aquí analizado Todo lo que era sólido, de Muñoz Molina: https://solidosyamorfos.wordpress.com/2016/03/11/todo-lo-que-era-solido/). Más allá de su indiscutible capacidad literaria, todos estos autores se han convertidos en perfectos instrumentos de marketing, aprovechando la polémica de moda en cada momento, sea o no de relevancia pública, siempre al servicio de la máxima “lo que interesa es vender al peso, y no la calidad del género”.

Ignacio Sánchez Cuenca, profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III y autor en Infolibre, saca a relucir todas estos patinazos con un estilo aséptico, dejando claro que su reclamación se centra exclusivamente en su campo competencial, y no dando ni una sola afirmación sin contrastar y con la correspondiente referencia bibliográfica. Aunque le sobran páginas en los capítulos sobre el nacionalismo vasco y catalán, es un libro necesario para aprender a juzgar antes de aplaudir, para desacralizar y para forjar un espíritu crítico cada vez más urgente, pero cada vez más difícil de encontrar. Muy necesario. Y, además, de lectura muy entretenida.

El juego sigue sin mí

Martín Casariego Córdoba (Madrid, 1962), 2015.

Siruela, 1ª ed. 213 páginas.

Premio Café Gijón 2014

Fue un ladrón especial, pues me robó, sí, pero durante años he pensado que me dio mucho más de lo que me quitó. Hoy no estoy tan seguro. Es posible que gracias a él me apartara del mal camino. No lo sé.     (p. 13)

Martín Casariego Córdoba (Madrid, 1962) compagina la escritura de guiones, cuentos y ensayo, con la de novelas, terreno en el que parece ser que tiene predilecciones por los temas juveniles, que son los que se abordan en su novela más vendida y conocida hasta el momento: Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero (1995), que vendió más de 150.000 ejemplares en España. Su última novela, Como los pájaros aman el aire (Siruela, 2016), de temática igualmente amorosa, ya goza con el favor de la crítica (http://www.elcultural.com/revista/letras/Como-los-pajaros-aman-el-aire/38816).

El juego sigue sin mí es su penúltima novela, e igualmente exitosa: premio Café Gijón 2014. Narra la relación de Ismael, un chaval de instituto, con Rai, un profesor particular al que han contratado sus padres para intentar mejorar las calificaciones de su hijo. Pronto, Ismael descubrirá que Rai no es como los demás chicos, le rodea un aura especial, una confianza en sí mismo y en su extravagancia que lo han hecho mucho más libre que cualquier otra persona a la que Ismael haya conocido. Puede parecer algo simplista, y de hecho en parte la infancia aparece distorsionada por la idealización en la novela; pero más allá de eso, Casariego sabe empatizar con el pasado que nunca ha dejado de acompañarnos, con las decepciones que se fraguan al terminar la adolescencia y las astillas que los sueños, al estallar, nos dejan clavadas. Novela de formación plagada de sensibilidad que nos obliga a una benéfica nueva batalla contra nosotros mismos.

Hombres desnudos

Alicia Giménez-Bartlett (Almansa -Albacete-, 1951), 2015.

Planeta, 1ª ed. 474 páginas.

Premio Planeta 2015

 

De nuevo, las necesidades de la amistad. A Genoveva todo el mundo le ha dado un poco de lado. Es mayor que yo, ronda los cincuenta. En su día montó un buen escándalo porque dejó a su marido para largarse con su entrenador personal, un chaval carne de gimnasio, guapo, joven y cutre. Llegaron a convivir algún tiempo, pero la pasión no tardó mucho en irse al traste. Un día me explicó que el chico decía: “Me se ha ocurrido una idea”, calcomonías, y empleaba temática en lugar de tema. La ponía de los nervios, claro está.    (p. 36)

La doctora en filología y escritora Alicia Giménez-Bartlett (Almansa, 1951) es principalmente conocida por sus novelas policiacas protagonizadas por la inspectora Petra Delicado. Su obra Donde nadie te encuentre (2011) fue galardonada con el Premio Nadal.

En esta ocasión, aborda el tema eterno de la soledad, a través de una trama donde unos personajes entrañables, especialmente Iván, gigoló de clubes nocturnos, pivotan en torno al negocio de los espectáculos para adultos y la prostitución masculina. Es una novela de la crisis, pues esta forma de ganarse la vida surge de la necesidad; es una vía cuando no queda otra. También es una novela negra, pues, pese a sus episodios de luminoso optimismo, el tema central de la narración es cómo la desesperación, el miedo a lo desconocido o los complejos personales pueden sacar lo peor de nosotros mismos.

Javier, personaje en el que se intuyen notas autobiográficas, después de la ruptura con su pareja y de su despido laboral, se ve sumergido por Iván en un mundo que le reporta dinero fácil y que puede suponer una salida a corto plazo del bache en el que se encuentra. En este ambiente, conocen a Genoveva, otro personaje magistral, y a Irene, con las que las unirá un vínculo del que dependerá el futuro de todos. La narración es en primera persona, alternándose de párrafo a párrafo entre uno y otro de los cuatro protagonistas.

Pese al cierto regusto de autocomplacencia y de desinhibición algo forzada, las páginas caen sin darse uno cuenta. Gran capacidad narradora que se despliega no sólo en la profundidad psicológica, también en situaciones con la dosis justa de tensión, de dramatismo o de humor negro. Un acompañante de lujo.

La flaqueza del bolchevique

Lorenzo Silva (Madrid, 1966), 1997.

Destino booket, 2004, 1ª ed. 185 páginas.

Yo no fui siempre un tipo con el alma entre los cojones. Durante bastantes años ni siquiera decía palabrotas, y hasta utilicé durante muchos un vocabulario abundante y selecto. Ahora he decidido que la vida no merece arriba de quinientas palabras y que las más a propósito son palabrotas.           (p. 11)

 

En mi admirada serie protagonizada por los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro, Silva hace gala de una considerable destreza para las digresiones ensayísticas, generalmente desde un posicionamiento filosófico y psicológico, disciplinas que visita frecuentemente. En busca de títulos no policiacos en los que el autor madrileño vuelque un mayor componente ensayístico, no hay que dejar pasar su tercera novela, La flaqueza del bolchevique, publicada originalmente en 1997 por Destino, que ocupa un lugar destacado en su abundantísima y muy laureada bibliografía. Esta obra fue finalista del Nadal ese mismo año (por detrás por cierto de Quién, de Carlos Cañeque Solá) y ha sido llevada al cine.

De nuevo desde las mencionadas trincheras filosófica y psicológica, Silva plantea un tema que también se ha dejado ver en su saga policiaca, el inevitable conflicto existente entre nuestra razón, abanderando una concepción socialmente consensuada del bien, y nuestra parte irracional, que haciendo caso omiso de los protocolos, nos recuerda nuestra naturaleza hedonista y animal. Esto lo lleva a cabo a través de un protagonista abandonado al cinismo y a la desesperanza a la que se desemboca un pasado traumático. Silva sabe, por un lado, tomar un tema poco original y revestirlo de tanta belleza como la que describe la metáfora que da nombre a la novela. Y por otro, usar ese tema en un sentido reflexivo, didáctico y por tanto reconfortante.

Lejos de volver a insistir una vez más en los talentos de un autor que ya venero, y en la elocuencia y el lirismo de su estilo, diré simplemente que La flaqueza del bolchevique me ha servido para conocer algo mejor sus posicionamientos y sus planteamientos recurrentes. Háganse un favor y léanlo, y si no les gusta, háganselo mirar.

Nadie vale más que otro

Lorenzo Silva (Madrid, 1966), 2004.

Destino Booket, 5ª ed., 2014. 212 páginas.

 

-Creí que para ustedes esto era un asunto rutinario, un camello más, muerto por meterse donde no debía. Creí que no iban a hacer ningún esfuerzo por resolverlo.

Lo malo era que en buena medida tenía razón. Era un asunto rutinario. Pereira se lo vendería al coronel de la comandancia de Madrid, y éste se lo agradecería sin mayores aspavientos.

-Para nosotros, nadie vale más que otro, señora -dije, sin embargo-.            (p. 65)

La cuarta entrega de la serie Bevilacqua y Chamorro consiste en un libro de relatos. Los cuatro pequeños casos a los que la pareja de guardias civiles se enfrentan se resuelven sin mayores complicaciones, en pocas páginas, y en algunos de ellos la solución resulta ser efectivamente la más probable. En todos se mantiene el buen tono narrativo del autor, sin ser por lo demás especialmente memorables para los no aficionados a la saga. En todo caso, contribuyen a dar un matiz adicional a sus personajes, haciéndolos más verosímiles. Así, Silva nos recuerda que un oficio tan literario como el de guardia civil, por el que debe sentir verdadera veneración, no está constituido sólo por casos vertiginosos de complicada resolución.