Novela histórica

Cuando fuimos huérfanos

Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954), 2000

Anagrama1ª ed., 2001. 408 páginas.

 

Acaso hay quienes son capaces de vivir su vida libres de tales inquietudes. Pero para quienes no somos capaces de hacerlo, nuestro destino es encarar el mundo como huérfanos, huérfanos que a lo largo de los años persiguen las sombras de sus desparecidos padres. En tal caso, nada puede hacerse salvo tratar de llegar nuestra misión hasta su entero cumplimiento, como mejor podamos, pues si no lo hacemos jamás nos podrá ser dado el consuelo.

 

De pocas cosas se hablará estos días en el mundo de la literatura tanto como del autor británico de origen japonés Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954), flamante ganador del Nobel unas semanas atrás. Cuando fuimos huérfanos es una de las novelas que han servido como aval a esta distinción. Y, sorprendentemente, se trata de una novela detectivesca, género que no suele tener demasiado peso a la hora de avalar candidatos. Incluso, con importantes reminiscencias, casi guiños, a los grandes clásicos del género. Fue publicada en España en 2001, cuando el autor ya esta consagrado.

 

Ishiguro y el Nobel

Originario de Japón, Ishiguro se mudó muy joven a Inglaterra, país al que debe la totalidad de su formación. Pese a que su bibliografía no es demasiado extensa, llevaba siendo uno de los autores postulados para el máximo reconocimiento en las últimas ediciones, como viene siendo habitual en los ganadores (sin tener en cuenta las grandes sorpresas tipo Dillan). Su nombre empezó a sonar a raíz de ganar uno de los premios literarios más prestigiosos en habla inglesa y en el mundo: el Booker de 1989 por Lo que queda del día. La posterior adaptación al cine por James Ivory, con Anthony Hopkins y Emma Thomson le ayudó a ser aún más conocido.

Antes del Booker, Ishiguro había ya sido galardonado con el Whitbread, tradicionalmente otorgado a autores noveles en lengua inglesa, por Un artista del mundo, publicado en 1986.

Entre todas sus obras, el referente de su Japón natal es un tema recurrente, especialmente en los periodos que rodean la Segunda Guerra Mundial, así como la impronta que este periodo ha dejado hasta la actualidad en la sociedad nipona.

 

De detectives, soldados y nostalgia

Cuando fuimos huérfanos está ambientada en la época de entreguerras, de imperialismo y fascismo y de tensiones diplomáticas de los años 30-40. La obra comienza como una novela de detectives al estilo más clásico. Christopher Banks es, como Ishiguro, inglés pero originario del Extremo Oriente. Concretamente de Shangái, donde su padre trabajaba en una empresa colonial británica.

Siendo Banks muy joven, sus padres desaparecen en extrañas circunstancias y él es llevado a Inglaterra. Allí se convertirá en un célebre detective, y vivirá acomodado en la alta sociedad británica, pero siempre sumergido en los recuerdos de su infancia en China, dulces e idealizados. Uno de los principales ingredientes de la novela es esta nostalgia por la felicidad perdida en la infancia.

Por fin, decide centrarse en exclusiva en la desaparición de sus padres, y vuelve a Shangái para resolver el caso más importante de su vida. Una vez allí, la tranquilidad que lo anestesiaba se va resquebrajando poco a poco. Banks se encuentra una China sumida en la invasión por los japoneses y en la guerra civil entre los comunistas y los nacionalistas de Chiang Kai Shek. Es entonces cuando la novela de detectives se convierte en una novela histórica. El caso pasa a un segundo plano frente a la denuncia de la hipocresía de los occidentales, que no se inmutan ante el conflicto. Es más, se enriquecen gracias a su participación en el tráfico ilegal de opio. Aislados en las Colonias Internacionales, barrios respetados por la guerra, aplauden los bombardeos como si de fuegos artificiales se tratara. El propio Banks es por momentos bastante indiferente a lo que le rodea.

En las últimas páginas, cuando el caso está cerca de resolverse, la guerra se hace inevitablemente palpable. Y cuando esto sucede, la novela vira de nuevo, esta vez hacia el ensayo intimista en torno a la perspectiva de una vida separado de tus padres y, tal vez debido a esto, de una vida en pos de un sueño.

 

El estilo de la impotencia

La novela queda por tanto a medio camino entre los tres géneros: detectivesco, histórico y reflexivo, sin decantarse por ninguno. El resultado final es una investigación que avanza lentamente, interrumpida por escenas de trasfondo histórico y por emotivos recuerdos del pasado.

Las bazas más potentes de Cuando fuimos huérfanos son estos sentimientos que Ishiguro pone en juego. En primer lugar, la desesperación por la actitud inglesa, la cual se transmite a través de un contraste de lenguaje: las formas estiradas y desaprensivas propias de los aristócratas ingleses y el de la decadencia y la miseria conforme la guerra se va abriendo paso. En segundo lugar, la serena nostalgia que empapa las reflexiones de las últimas páginas, con algunos pasajes de emotiva belleza.

Estos pasajes, junto con el ejercicio de estilo desplegado, quizás no constituyen una obra maestra, pero sí buena literatura, de la que no se escapa fácilmente del recuerdo.

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Un día de cólera

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), 2007

Punto de Lectura (grupo Penguin Random House). 1ª ed., 2009. 424 páginas

 

Detesta perder los estribos, él que tiene fama de hombre sereno; pero ayer estuvo a punto de ocurrir. Es difícil no contagiarse de ambiente general. Todos viven con los nervios a flor de piel, la calle anda inquieta, y el día que se presenta por delante no va a ser fácil, tampoco.     [pág. 42]

 

El siglo XIX es uno de las etapas predilectas de Pérez-Reverte (aunque no hay muchas que no lo sean). En esta época están ambientadas no sólo Un día de cólera, si no también Cabo Trafalgar (2004) y El asedio (2010).

En 1807, Manuel Godoy permite la entrada de tropas francesas en España con el supuesto objetivo de una invasión francoespañola de Portugal (Tratado de Fonainebleau). Las tropas napoleónicas, sin embargo, se fueron desplegando por las principales ciudades españolas de norte a sur, levantando suspicacias en la población. Esta ocupación de facto provocó unas tensiones populares incontenibles que acabaron desembocando en la caída de Godoy (motín de Aranjuez, marzo de 1808), y la miedosa abdicación de Carlos IV y el príncipe Fernando en Napoleón (abdicaciones de Bayona, mayo de 1808). El más famoso e importante de estos motines populares fue el levantamiento del 2 de mayo en Madrid. Empujados por las luchas callejeras, un grupo de militares encabezado por los capitanes Luis Daoiz y Pedro Velarde se atrincheraron en el Cuartel de Artillería de Monteleón. El resultado fue varios cientos de muertos, entre tropas de ambos bandos y ciudadanos madrileños.

No es extraño que Reverte escriba sobre estos acontecimientos. Constituyen el caldo de cultivo perfecto para sus personajes anti-heroicos y sus épocas históricas crepusculares, donde los protagonistas son manolos anónimos y militares desarraigados y lúcidos entre navajazos, arcabuzazos a quemarropa y desparrame de vísceras.

El gran punto de controversia de Un día de cólera es su enfoque. No es una novela, si no una crónica. Una colección cronológica de las historias individuales que conformaron el fresco de aquel día. Con una exhaustiva documentación sobre nombre de calles, esquinas y vecinos propia de las novelas de Reverte, pero esta vez sin ninguna concesión a la ficción.

Personalmente, no estoy acostumbrado a estos planteamientos. El lector que busque una novela histórica con una estructura narrativa más sólida se encontrará con una crónica de una exhaustividad poco manejable. No es una novela, pero como libro de Historia canónico el sentido de la trascendencia de los hechos del 2 de mayo en Madrid se acaba difuminando, enterrado entre tantas historias personales. Entretanto, la efectividad y el interés acaban malográndose. Un día de cólera contiene un espíritu que tendría mejor capacidad de penetración en el lector recortando más de la mitad de su contenido.

Falcó

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), 2016.

Alfaguara. eBook. 294 páginas.

 

Sin duda había imaginado una aproximación sutil con humo de cigarrillos, preguntas hábiles y respuestas al principio evasivas y luego más explícitas. Algo en plan poquito a poco que los fuese llevando a todos, de modo natural y con la conciencia asegurada, al desenlace. Confesión y castigo. Aquélla era sin duda su primera vez      [p. 123]

 

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) se sitúa en un plano ligeramente diferente al de la novela histórica a la que nos tiene acostumbrados. Ha creado en Lorenzo Falcó algo así como un Marlowe castizo, que protagonizará, parece ser, una serie de novelas de espías. En todo caso, el escenario histórico, la Guerra Civil, sigue jugando un papel importante.

Falcó es un experimentado espía a cargo de los servicios secretos del bando nacional. Mediada la contienda, le encargan la misión de encabezar un grupo destinado a salvar a José Antonio Primo de Rivera de la cárcel de Alicante. Sobre este argumento, Reverte desglosa su repertorio de rudeza, socarronería tabernaria, hosquedad, sangre fría, violencia y acción. Y de épica histórica, en varios pasajes centrada en la parafernalia franquista y falanguista. También, una desmesurada concentración de pornografía que hace que el resultado final desluzca bastante. Como marcas de la casa, la acción se sitúa en escenarios que domina, entre ellos su Cartagena natal, y en los cuales en ocasiones nos habla desde su propia melancolía a través de su nuevo personaje.

Falcó no es antológico, pero algunas escenas están muy logradas y el conjunto es muy entretenido, con pocas concesiones a la calma. Una nueva legión de fieles lectores esperan.

Limónov

Emmanuel Carrère (París, 1957), 2011.

Anagrama, 2016. 11ª ed (1ª ed. en 2013). Trad. Jaime Zulaika. 396 páginas.

No quiero hablar ni de neonazis ni de exterminadores de presuntos inferiores […], sino del modo en que cada uno de nosotros se adapta al hecho evidente de que la vida es injusta y los hombres desiguales: más o menos hermosos, más o meos dotados, más o menos armados para la lucha. Nietzsche, Limónov y esta instancia en nosotros que denomino fascista dicen al unísono: “Es la realidad, es el mundo tal cual es.” ¿Cabe decir otra cosa? ¿Cuál sería el contrapeso de esa evidencia?

 

Es el libro más aclamado de Carrére. Ganador del Premio de la Lengua Francesa, del Premio Renaudot y del “Premio de Premios” (Prix des Prix, elegido sólo entre libros ya premiados) en 2011. Y yo soy un admirador declarado de Carrère. Sin embargo, la combinación no ha sido la esperada. Quizás por esto es apasionante la literatura. Tal vez Limónov es diferente a obras como El adversario o El reino. Sin dejar de lado uno de los factores que, en mi opinión, más grande hacen al escritor francés, las deliciosas infiltraciones subjetivas, reflexivas y cristianas, Limónov es un libro escrito eminentemente “de puertas hacia afuera”, menos introspectivo e intimista. Es una biografía del excéntrico político, activista y escritor ruso homónimo. Pandillero, marginado social, vagabundo, escritor de éxito, intelectual, agitador, y político extremista y nostálgico del estalinismo.

Es indudablemente un buen libro. Carrère es un autor comprometido con su trabajo, muy autoexigente, de documentación escrupulosa y ritmo ágil: se lee como un thriller, como sucedía con El reino, en un nuevo desafío a las fronteras de los géneros. Si bien en esta ocasión, la biografía, la auto-biografía, los ensayos sobre literatura rusa o las profundas reflexiones, como la que reduce la oposición bien-mal a la oposición entre el cristiano-nietzscheano, conforman un conjunto algo menos cercano; algo menos emotivo.

 

 

El Reino

Emmanuel Carrère (París, 1957).

Anagrama, 2015. 1ª ed. francesa 2014; Trad. Jaime Zulaika. 500 Páginas.

Premio Le Monde 2014

 

“Cuando en una mañana de domingo oímos repicar las viejas campanas, nos preguntamos: ¿es posible? Esto se hace por un judío crucificado hace dos mil años, que decía que era Hijo de Dios, sin que se haya podido comprobar semejante afirmación. Un dios que engendra hijos con una mujer mortal; un sabio que recomienda que no se trabaje, que no se administre justicia, si no que nos precupemos por los signos del inminente fin del mundo; una justicia que toma al inocente como víctima propiciatoria; un maestro que invita a sus discípulos a beber su sangre; oraciones e intervenciones milagrosas; pecados cometidos contra un dios y expiados por este mismo dios; el miedo al más allá cuyo portón es la muerte; la figura de la cruz como símbolo en una época que ya no conoce su significado infamante… ¡Qué escalofrío nos produce todo esto, como si saliera de la tumba de un remoto pasado! ¿Quién iba a pensar que se seguiría creyendo en algo así?”

 

Emmanuel Carrère es uno de los autores más reputados y celebrados del panorama literario francés actual. Su primera gran obra, El adversario, supo aprovechar el interés del sonado caso Jean-Claude Romand, de los 90. Entre otras, publica en 2007 Una novela rusa, seleccionada entre las 10 candidatas al premio France Culture-Télérama; y en 2011 Limonov, premio Renaudot, premio de la Lengua Francesa y Premio de Premios (seleccionado entre obras ya galardonadas). Este reconocimiento ha propiciado una influencia cultural que le ha llevado, por ejemplo, a ser jurado del Festival de Cannes de 2010, presidido por Tim Burton. Carrère parece deber su éxito al importante componente íntimo del que dota a sus libros, que dejan entonces de ser simplemente novelas para convertirse en obras híbridas entre la narración, el ensayo, la confesión y la autobiografía. Aparece ahora, bajo una traducción correcta pero no notable, El Reino, publicada en 2014 y galardonada ya con el premio Le Monde del diario parisino homónimo.

El reino es una obra sobre los primeros momentos del cristianismo, una vez desaparecido Jesús de Nazaret, en el que los fieles que le acompañaron en vida se afanan en perpetuar su obra y su palabra. En tanto que novela histórica, es un alarde de erudición, rigor y documentación, pero también de pulso narrativo que en ocasiones construye trepidantes escenas de thriller. Articulada a través de la vida de Pablo de Tarso y San Lucas, todos aquellos santos, apóstoles y evangelistas se nos muestran como los simples mortales que la Historia nos revela que fueron, con sus humanos defectos, odios y rivalidades. Todo esto permite, como se ha dicho sobre el libro, que “el viejo tema se convierta en apasionante”: Carrère nos hace reflexionar sobre el cristianismo y toda su marca histórica, que llega hasta lo más íntimo de nuestra conciencia, transportándonos para ello a la época donde se gestó todo, entre judíos, fariseos, zelotes y romanos.

Hay que poner el acento en la labor no sólo histórica, si no historiográfica, de El Reino. En sus páginas se tratan, en un estilo accesible pero riguroso, lúcido y ameno, las contribuciones de las diferentes versiones y traducciones de las Sagradas Escrituras, una exégesis de muchos de sus pasajes, el revisionismo, su rigor histórico, su autoría… Las aportaciones propias del autor (lo que él llamaría su Sundergut), se presentan convenientemente etiquetadas, y algunas son tan maravillosas como la reflexión acerca del “acento de la Verdad”.

Pero Carrére, fiel al que viene siendo este estilo propio, no se queda aquí. Escrita a raíz de una época de conversión y fervor religioso propiciada por una crisis personal, le sirve como excusa para un ejercicio magistral de introspección y de sinceridad acerca de la fe, de lo subversivo de un mensaje, el de una secta del siglo I, que perdura hoy tan vivo como entonces, de la irracionalidad de los actos que se cometen en su nombre, y de filosofías de vida alternativas e históricamente enfrentadas a ella, como el estoicismo o el propio judaísmo. Así, El Reino es también un manual de filosofía y del ars vivendi que zarandea violentamente al lector.

Un lector que habrá viajado a lo largo de los siglos, que habrá aprendido a valorar la Historia, que se habrá emocionado, y, ante todo, que desde entonces verá sus convicciones y su cultura renovadas y sólidamente blindadas, o bien irreversiblemente agrietadas.