Clásicos

Crematorio

Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna -Valencia-, 1949 – 2015), 2007.

Anagrama, 2015. 10ª ed (1ª ed. en col. Compactos: 2010). 417 páginas.

Premio Nacional de la Crítica 2007

 

Temen las palabras, porque una palabra los tumba de forma más contundente que un puñetazo, te corta, te hiere, te aplasta, es cuchillo, es maza. Gente que se pasa el día amargada, acomplejada. Que no follan o no saben follar; que follan con las putas porque les da asco hacerlo en casa; que piensan que no valen un duro, y a cualquier cosa que les dices creen que se lo estás diciendo para joderlos, para dejarlos con el culo al aire, porque los tomas por gilipollas; que los estás llamando inútiles, poco hombres, lo que sea que ellos consideran lo peor; y te gritan, porque saben que lo son, saben que son gilipollas, que como hombres no valen un duro, y así, a gritos, están convencidos de que conseguirán que la cosa quede en secreto.    [p. 70]

 

Considerado por muchos de lo mejor en castellano en lo que va de siglo, adaptado con éxito gran éxito a la televisión y alabado por la crítica, Crematorio es mi segunda novela del ya mítico Rafael Chirbes, tras En la orilla. Haber leído ésta antes influye en la impronta. Crematorio también es una novela de la crisis. Más certeramente, de los antecedentes de la crisis. En Crematorio se levanta el edificio que luego se derrumbará generando En la orilla. Edificio construido y a la vez carcomido por la derrota personal, por la falta de escrúpulos y de principios, por la bajeza, complejos, mierda y decadencia castiza que a todos nos vuelve a resultar familiar. Es la misma materia prima, pero antes del boom inmobiliario.

La narración arranca con la muerte de Matías Bertomeu, hermano del protagonista, Rubén Bertomeu, empresario de la construcción y especulador urbanístico que ha levantado su emporio sobre el delito. Ya encumbrado, Chirbes usa su voz (y, minoritariamente, la de otros personajes) para el balance de su vida, que oscila entre la nostalgia del pasado y la depresión por el presente, entre lo melancólico y lo trágico; usando a menudo símbolos o recursos líricos al servicio de las argumentaciones. Las conversaciones entre personajes son en muchas ocasiones la excusa para estas digresiones, especialmente las que tienen como finalidad la indagación en la personalidad de los diferentes miembros de la familia. En otras ocasiones, el inicio de estas digresiones son motivos irrelevantes: una barbería, un plato culinario… La figura de los padres (y no solo del padre, como En la orilla), el machismo, el racismo, etc., y especialmente la dolorosa perspectiva de la vejez son los temas que articulan el conjunto.

Digresiones que se presentan, al igual que En la orilla, aglomeradas, todas en un único párrafo, y que se extienden por casi toda la obra, que huye de “la dictadura de la trama”, en los términos en los que el autor a veces alude a ella. Así, se sitúa en el espacio habitual de Chirbes, unos pasos más próximo al ensayo con gusto a memorias.

Pero como decía al principio, la comparación con En la orilla lo empaña. Uno de los problemas es que el destilado de las reflexiones, por muy bien que se enhebren con discusiones entre personajes, visitan los mismos lugares. Y si los lugares ya no son originales, resulta que sólo la melancolía, sólo el dolor por el dolor, ya no parecen motivos suficientes si no hay excusa narrativa, o si ésta es mínima. Hay páginas magistrales; la línea de flotación del lector sigue estando al alcance de la tristeza de Chirbes. Pero ahora ni el recurso estilístico es suficiente, ni los temas que se orbitan son originales. En Crematorio no hay medios de evasión. Y la ilusión de una vida nueva siempre ha sido una de las promesas de la literatura.

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Limónov

Emmanuel Carrère (París, 1957), 2011.

Anagrama, 2016. 11ª ed (1ª ed. en 2013). Trad. Jaime Zulaika. 396 páginas.

No quiero hablar ni de neonazis ni de exterminadores de presuntos inferiores […], sino del modo en que cada uno de nosotros se adapta al hecho evidente de que la vida es injusta y los hombres desiguales: más o menos hermosos, más o meos dotados, más o menos armados para la lucha. Nietzsche, Limónov y esta instancia en nosotros que denomino fascista dicen al unísono: “Es la realidad, es el mundo tal cual es.” ¿Cabe decir otra cosa? ¿Cuál sería el contrapeso de esa evidencia?

 

Es el libro más aclamado de Carrére. Ganador del Premio de la Lengua Francesa, del Premio Renaudot y del “Premio de Premios” (Prix des Prix, elegido sólo entre libros ya premiados) en 2011. Y yo soy un admirador declarado de Carrère. Sin embargo, la combinación no ha sido la esperada. Quizás por esto es apasionante la literatura. Tal vez Limónov es diferente a obras como El adversario o El reino. Sin dejar de lado uno de los factores que, en mi opinión, más grande hacen al escritor francés, las deliciosas infiltraciones subjetivas, reflexivas y cristianas, Limónov es un libro escrito eminentemente “de puertas hacia afuera”, menos introspectivo e intimista. Es una biografía del excéntrico político, activista y escritor ruso homónimo. Pandillero, marginado social, vagabundo, escritor de éxito, intelectual, agitador, y político extremista y nostálgico del estalinismo.

Es indudablemente un buen libro. Carrère es un autor comprometido con su trabajo, muy autoexigente, de documentación escrupulosa y ritmo ágil: se lee como un thriller, como sucedía con El reino, en un nuevo desafío a las fronteras de los géneros. Si bien en esta ocasión, la biografía, la auto-biografía, los ensayos sobre literatura rusa o las profundas reflexiones, como la que reduce la oposición bien-mal a la oposición entre el cristiano-nietzscheano, conforman un conjunto algo menos cercano; algo menos emotivo.

 

 

Soldados de Salamina

Javier Cercas (Ibahernando -Cáceres-, 1962), 2001.

Círculo de Lectores, 1ª ed. (2001), 220 páginas.

 

– ¿Sabe usted cuantos años acabo de cumplir? Ochenta y dos. Soy un hombre mayor y estoy cansado. Tuve una mujer y ya no la tengo. Tuve una hija y ya no la tengo. Todavía me estoy recuperando de una embolia. No me queda mucho tiempo, y lo único que quiero es que me dejen vivirlo en paz. Créame: esas historias ya no le interesan a nadie, ni siquiera a los que las vivimos; hubo un tiempo en que sí, pero ya no.    (p. 185)

 

Comencé Soldados de Salamina por dos motivos. Primero, por esnobismo, porque suele incluirse en las recopilaciones de las mejores novelas españolas de los últimos años. Segundo, porque hace poco me describieron a Cercas (Ibahernando -Cáceres-, 1962) como lo más parecido a Carrère en España. Terminé la novela hace un mes; sobre lo primero, me extraña que esté incluida en listas de unas docenas de títulos junto con obras como En la orilla o Juegos de la edad tardía. Respecto a lo segundo, efectivamente es la no ficción tan de moda últimamente, pero en un registro que, conociendo el precedente de Carrère, pierde mucho efectismo.

Éxito de ventas en su momento, narra la biografía de Rafael Sánchez Mazas, intelectual falangista de primera hora que acabó apartado de los círculos de influencia y caído en el olvido después de la Guerra Civil. Este personaje protagonizó un episodio mítico durante la contienda: cautivo de los republicanos, escapó a un fusilamiento y acto seguido le fue perdonada la vida por el miliciano que lo perseguía. La historia fue posteriormente adaptada al cine por David Trueba, y hoy perduran escenas como la de un miliciano bailando Suspiros de España abrazado a su rifle.

En mi opinión, las mejores páginas son las que hablan de Historia, con mayúsculas. El relato testimonial, que pudo suponer una innovación en su momento, parece perderse entre posicionamientos políticos titubeantes (se defiende la virtud intelectual de Sánchez Mazas pero paralelamente se critica su filiación política; págs 88-89), un uso a veces mamporrero de situaciones excéntricas y un estilo algo recargado, con frases muy largas.

Pero en los márgenes de la intrascendencia, Soldados de Salamina hay espacio para algunas aportaciones enriquecedoras, especialmente hacia el final. No en vano, la salvación milagrosa de Mazas pertenece hoy casi a nuestro imaginario colectivo. Sin el matiz de intercesión divina que alguna vez tuvo.

Seda

Alessandro Baricco (Turín, 1958), 1996.

Círculo de lectores, 1ª ed. 154 páginas.

Trad. de X. González Rovira y C. Gumpert

 

Gozaba discretamente de sus posesiones y la perspectiva, verosímil, de acabar siendo realmente rico le dejaba completamente indiferente. Era, por lo demás, uno de esos hombres que prefieren asistir a su propia vida y consideran improcedente cualquier aspiración de vivirla.

Habrán observado que son personas que contemplan su destino de la misma forma en que la mayoría acostumbra contemplar un día de lluvia.   [p. 13]

 

La maravillosa novela escrita en 1996 por Alessandro Baricco no solo bordea temáticamente la seda, sino que es seda en cuando a sus propiedades literarias; en cuanto a su poder evocador, su lirismo, su sutileza y su ambientación orientalista. Sólo 150 páginas, que se leen del tirón en un acto de generosidad con uno mismo, que invocan las pulsiones que tienen el poder de deshilachar la vida de un hombre.

El talento de Mr. Ripley

Patricia Highsmith (Fort Worth, Texas, 1921 – Locarno, Suiza, 1995), 1955.

Anagrama Compactos, 1ª ed. en 1981. 324 páginas.

Trad. del inglés de Jordi Beltrán

 

Tom se decía que tal vez mistress Cartwright había sido una verdadera arpía en su juventud, que quizá era ella la culpable de todas las neurosis de su hija, a la que había absorbido hasta el punto de impedirle llevar una vida normal y casarse. Tom se decía que tal vez mereciese que la echasen a patadas por la borda, en vez de llevarla a pasear por cubierta, escuchando sus historias durante horas y horas. Pero daba igual. El mundo no siempre daba a cada cual su merecido. Él mismo era un buen ejemplo de ello.  (p. 317)

 

La autora

El lado oscuro de la condición humana protagoniza frecuentemente las novelas de la escritora texana Patricia Highsmith (1921 – 1995), puede que debido a lo complicada que fue su vida. Entre otras cosas, por la obsesión por conseguir el amor de su madre, y por su condición de lesbiana en una época en la que la homosexualidad se consideraba delito y enfermedad. En su diario escribió que de niña aprendió a “vivir con un odio homicida y opresivo” y a sofocar sus emociones más intensas porque, como ella misma confiesa:

“Hubo un momento, con dieciséis o diecisiete años, en que comencé a tener escalofriantes ideas.”

El eco de estas escalofriantes ideas impulsaría su vocación hasta convertir a Patricia Highsmith en una de las grandes autoras de novela negra norteamericana. Investigadora de conciencias, de oscuras y malsanas conciencias. En otra confesión, defiende:

“Estoy interesada en la conciencia de la gente. Busco la carga más pesada que pueda encontrar. La peor de todas es sin duda la de un asesino. Y por eso soy tan incisiva con sus reacciones. Porque soy capaz de meterme en la mente de alguien que ha matado a otro”.

Ya su primera novela, Extraños en un tren (1950) se convirtió en un gran éxito, y logró la fama mundial, sobre todo tras la adaptación de Alfred Hitchcock, un año más tarde. A partir de ahí, Patricia Highsmith se ha convertido en una de las maestras indiscutibles de la novela criminal, y en toda una leyenda. Finalmente, decidió recluirse en su casa de Suiza, donde se volcó sobre su máquina de escribir, sobreviviendo a base de vodka y sexo.

 

Adaptaciones y ediciones

Matt Damon, Gwyneth Paltrow y Jude Law protagonizaron en 1999 El talento de Mr. Ripley, remake de la versión de 1960 de René Clement con Alain Delon como Ripley, que fue, de forma similar a lo que sucedió con Extraños en un tren, un gran empujón de la novela de Higsmith a la fama mundial, hasta el punto de que hoy es considerada una de sus mayores obras.

Esta primera adaptación fue estrenada con el título A pleno sol, lo que haría que Anagrama, en su colección Compactos, publicara en 1989 la novela bajo ese mismo título. La editorial, fiel a la autora desde los años ochenta, propone, en 2015, ponernos una vez más tras los pasos de la prosa inquietante de Highsmith y su talento investigador de la turbia mente humana. Dentro de la nueva colección “Negra”, nos ofrece seis títulos imprescindibles de la bibliografía de Highsmith. Además de la que nos ocupa, se publican las novelas: Ese dulce mal (1960), El grito de la lechuza (1962), Crímenes imaginarios (1965), El diario de Edith (1977) y la citada Extraños en un tren.

 

La obra

Los personajes de Highsmith, en su mayoría nocivos y llenos de psicopatías, nacieron de su carácter complicado, visceral y contradictorio. El talento de Mr. Ripley, publicada en 1955, está dominada por la presencia de Tom Ripley, un joven americano de 23 años. Es un tipo tormentoso, brutal, inquietante, escurridizo… Y eso que al principio solo parece un tímido joven neoyorquino. Pero tras esa tranquila máscara discurre la mente amoral de un delincuente, dueño de un talento asesino. En su pervertida psique, los actos de Tom Ripley se antojan necesarios, inevitables, y se asumen como meras gestiones que hay que resolver para poder llevar una vida cómoda. Ni sombra de duda o arrepentimiento.

Esta violencia, este pulso sanguinario, extiende sus dendritas con la ayuda de la prosa de mirada despiadada de la autora, fruto de una infancia marcada por el odio. De la misma forma que no hay debate en el corazón de Ripley, tampoco lo hay en la narración de Highsmith. Ni una sola concesión a la introspección, al planteamiento ni a la digresión. La narración prosigue sin concesión. Porque no hay concesión en las mentes malsanas que Highsmith, a cambio de tantos años de ira y dolor, sabe construir como nadie.

(Tomado en parte del programa de televisión de RTVE Página Dos emitido el 01 de noviembre de 2016 y del programa de radio Biblioteca Básica, también de RTVE, emitido el 20 de marzo de 2015)

Sostiene Pereira

Antonio Tabucchi (Pisa, 1943 – Lisboa, 2012), 1994.

Círculo de Lectores, 1ª ed., 1996 (1ª ed. de Anagrama en 1995). 254 páginas.

Trad. del portugués de Carlos Gumpert y Xavier González Rovira.

 

Pereira se levantó y le dio la mano diciéndole adiós. ¿Por qué le dijo esas cosas cuando hubiera querido recriminarle, incluso despedirle? Pereira no sabe decirlo. ¿Tal vez porque el restaurante estaba desierto, porque no había visto a ningún literato, porque se sentía solo en aquella ciudad y necesitaba de un cómplice y de un amigo? Quizá por estas razones y por otras más que no sabe explicar. Es difícil tener convicciones precisas cuando se habla de las razones del corazón, sostiene.          (p. 54)

 

Sostiene Pereira en la famosa novela de Antonio Tabucchi que no hay nada como comer una tortilla a las finas hierbas. Una omelette, la llama él. Pero a ser posible, como las que preparan en el Café Orquídea de Lisboa. A este restaurante suele ir habitualmente para comerse una. Eso sí, siempre bien acompañada de un vaso de limonada fresca, con mucho azúcar. Y lo hace porque es un hombre de costumbres, un periodista viudo con una misma liturgia. Se levanta, desayuna (en ocasiones, una tortilla de queso, que también le gusta), habla con la fotografía de su esposa, y se dirige al diario Lisboa, en el que trabaja como responsable de la página de cultura.

Un buen día, sostiene Pereira, para desarrollar su labor necesita ayuda. Y así es como entra en su rutinaria vida Monteiro Rossi, un joven licenciado en Filosofía y comprometido políticamente, lo que preocupa al protagonista, que se siente a gusto trabajando en un diario libre, independiente y apolítico. Eso sostiene él, entre omelette omelette, mientras su vida paulatinamente irá mutando hacia el inevitable compromiso.

Sostiene Pereira es la obra que encumbró al añorado Antonio Tabucchi, que supo crear un personaje inolvidable que, cuando llegó el momento, se convirtió en un espectador activo del mundo que le rodeaba.

Así que, por el autor y por Pereira, sostengo que no puede haber mejor homenaje que degustar esta novela junto a una limonada fresca y una sabrosa omelette a las finas hierbas.

(Tomado del prgrama de televisión Página Dos, de RTVE, emitido el día 20 de septiembre de 2016)

 

En efecto, Pereira es un hombre que disfruta con sus costumbres. Vivimos atosigados por dependencias impuestas, nos parece imposible pasar sin todas las necesidades que creemos tener. Por eso debería resultarnos entrañable un personaje que es tan libre como para sosegarse con lo más simple, con una tortilla (o una omelette, sostendría él) en un restaurante literario, con un cuento francés del siglo XIX o con una limonada. O con sus propios pesares, darle por fin la bienvenida a la nostalgia y perder el miedo a hablarle a un retrato. Pereira es inolvidable porque encarna la humildad y la posibilidad de redención que todos llevamos con nosotros pero a las que tantas veces damos de lado.

Demian

Herman Hesse (Calw, Imperio alemán, 1877 – Montagnola, Suiza, 1949), 1919.

Alianza Editorial, 1998, 5ª ed. Trad. Genoveva Dieterich. 175 páginas. (1ª versión de Alianza de 1968 con 27 ediciones).

 

La vida de cada hombre es un sendero hacia sí mismo. El intento de un camino. El esbozo de un sendero.            (p. 10)

 

En su decimoprimera novela (si se incluyen los libros de relatos), el alemán Herman Hesse (1877 – 1962), Premio Nobel de Literatura en 1946, crea una novela con vocación universal, trufada de grandes sentencias sobre la condición humana. No sé, por ahora, si es una tendencia general en su literatura. El lobo estepario, escrita unos seis años después que Demian y que desde hace mucho quiero leer, puede ser un buen siguiente paso.

La presente se trata de una novela de iniciación, la historia de la juventud de Emil Sinclair desde que conoce a un joven, Demian, que encarna los axiomas generales de realización personal, como se lee en la contraportada, en la repulsa de la sociedad burguesa y masificada. En muchas ocasiones, esta repulsa se articula en términos de denuncia a dogmas religiosos que actualmente pueden estar algo obsoletos, lo cual plantea la discusión sobre su vigencia. Pero además de la religión, el contraste entre Emil y Demian gira en torno a temas como la persecución de los sueños, la introspección, el patriotismo, etc.

En Demian, Hesse vuelca su obsesión por la psicología junguiana, sea lo que sea lo que signifique eso. En todo caso, Jung debió de considerar muy importantes los sueños, pues lo onírico tiene gran importancia en la obra, como representación de realidades ignotas en el hombre. Pero por encima de todo esto, el poder de Demian, desde mi punto de vista, lo constituye precisamente su citado carácter universalista. Suponer la existencia de un bien objetivo es el punto de partida para cualquier acción ética. Y el mejor camino hacia el descubrimiento de la naturaleza de este bien universal es la cultura. Desde este punto de partida, se construye una reivindicación del humanismo y de la individualidad sobre los males de la sociedad. El matiz de la cultura como herramienta que ennoblece del hombre, que lo hace mejor, es una idea sobre la que he sentido pivotar la obra, y en virtud de la cual la he conseguido entroncar con algunas sugerentes convicciones.

En la orilla

Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna -Valencia-, 1949).

Anagrama 2013. 11ª ed. 437 Páginas.

Muy cerca del campamento de chabolas, desarrollan su actividad dos chamarileros que amontonan ferralla y han sembrado el paisaje de mutiladas carrocerías de automóviles, neveras, lavadoras y viejos aparatos de aire acondicionado; todo eso, a unos centenares de metros de las urbanizaciones que se anuncian como lujosas en grandes carteles levantados junto a la carretera. A la gente le da todo igual; mientras no le tiren la basura del otro lado de la tapia, ni le llegue el olor de podredumbre a la terraza, se puede hundir el mundo en la mierda.  (p. 36).

 

En agosto del año pasado, unas páginas marginales de una sección también marginal en los periódicos, la de cultura, se hacían eco de la muerte de Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna, Valencia, 1949). Entonces yo aún no había leído En la orilla. Conocía a Chirbes por la repercusión de su obra, y su muerte me causó la vaga sensación de oportunidades perdidas por un autor de obras reconocidas pero a las que aún no se ha tenido la oportunidad de acceder. Conocía Crematorio, una obra que por lo que había leído recordaba que orbitaba en torno a la especulación en España, y que se llevó a la televisión en forma de serie. La novela fue Premio de la Crítica en 2007.

Ahora hace pocos días que terminé En la orilla. Pero mucho antes de terminarla, incluso cuando el lector apenas la ha comenzado, empieza a forjarse la certeza de la riqueza y de la capacidad para la disección de la condición humana, en especial de la condición social española, que atesoran sus páginas. Es una obra monumental. Ha sido considerado el mejor libro en castellano de 2013, año de su publicación. Ha recibido el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros reconocimientos. Y muchos la consideran la novela definitiva sobre la crisis.

 

Es cierto que es una novela “de la crisis”, pero no creo que este sea el tema central. La crisis es un escenario, capital, muy influyente; es la fuerza motriz, el viento que mueve las aspas para la molienda de la oscuridad y la podredumbre a la que se asiste. Estas sí son las tesis principales del libro. La crisis no es más que un catalizador, un acelerador, que viene a sacar lo peor del hombre, a infectar una herida moral, de valores, de sociedad, que ya teníamos abierta y latente en el alma.

Herida plasmada en el caso particular de unos pequeños pueblos ficticios del Levante, del tipo de los que vieron nacer al autor y debe conocer bien, Olba y Misent. El primero, de interior, agrícola, donde el tiempo se detiene y donde todo el mundo conoce a todo el mundo. El segundo, costero y sobreurbanizado, desierto en temporada baja y atestado en verano de turistas y de miserias importadas. La España profunda y salvaje y la España superficial y hortera. En estos escenarios, al calor de la implosión de pelotazos inmobiliarios y del descalabro económico, se cocinan nuestras castizas bajezas, y se toma el pulso a todo un país y una época. La crisis ha venido a ser una batalla para la que ha quedado claro que no estábamos preparados. Leer En la orilla es bañarse en el lodazal de esta decadencia económica y moral, en el lodazal de los pantanos pestilentes y contaminados de Olba. Cada acto de abrir el libro y retomar la lectura es otra zambullida en el barro, en la desesperación y en la brutalidad.

La actitud es de pesimismo. ¿Acaso cabe otra? Pesimismo teñido de abandono, de impotencia. Y de rabia. Las miserias de la cotidianidad son cogidas por Chirbes de las solapas y zarandeadas violentamente, en un grito de indignación. Rabia lanzada contra una multitud de objetivos. Paro, fracaso a los ojos de los hijos, y a los de uno mismo, el naufragio de las ilusiones de juventud, las envidias, las traiciones, la falta de valor y de valores, los recuerdos que nos torturan y que nos hacen torturar a los demás, los prejuicios, los abusos, el racismo, el machismo… Estos son los fantasmas de los personajes de Chirbes. Y también los fantasmas de nuestros días, por eso parecen tan increíblemente reales. Un reflejo de nosotros mismos, un ejercicio de lucidez y transparencia apabullante. Todas estas ideas se amontonan en párrafos, sobreviniendo una a la anterior. Un estilo apelmazado, sin puntos y aparte, casi sin espacios en blanco, que parece intencionadamente abrumador, en rima con el espíritu de la obra. Las acciones simultáneas a las reflexiones se introducen incluso entre paréntesis. Y queda también hueco para aportaciones estilísticas sorprendentes.

 

Atrapados en la infección de la crisis, los personajes de Chirbes comienzan a supurar oscuridad, turbios pasados y falta de moralidad. Pero también mucho dolor. Ya no se cuenta con la narcótica anestesia de la bonanza económica. Resulta que además de cómplices somos las víctimas de nuestra propia vileza. De ahí la añoranza y la melancolía de la infancia y de los sueños frustrados que empapa toda la obra. Y es que en el altar de los sueños se ha sacrificado demasiado; un hogar más allá del terruño donde se nace, un oficio más allá del heredado. Una vida más allá de la heredada. Un destino. Por esto son tan importantes las figuras de los personajes como Francisco, que pudieron encontrar alternativas a esta predestinación y que ahora son objetivo de tantas envidias.

También tiene importancia en la obra el tema de la familia y la amistad, laboratorios en miniatura para desahogar las frustraciones y la falta de ilusión. Para las traiciones y la desconfianza. Donde se escarmienta en carne ajena o se celebra la deslealtad y el cinismo. “Los matrimonios que mejor funcionan son los de conveniencia”, se discute en algún momento.

Hay mucho espacio también para la relación con el padre. El padre se identifica con un pasado de guerra, posguerra y represión del que heredamos una estructura social basada en el maniqueísmo de vencedores y vencidos separados por un abismo de rencores y represalias. En poblaciones pequeñas este abismo es aún más difícil de olvidar. Y es aún más difícil evitar que contamine los afectos paternales. Que invada el territorio del amor y del cariño.

 

Terminada la lectura, lo que antes era distante respeto ahora es franca veneración. La muerte de Chirbes pasa de inspirarme una vaga pérdida y la vivo con la íntima soledad de saber extinta la luz de uno de los pocos faros que aún nos iluminaba. Como los estercoleros de Olba, seguimos descomponiéndonos lentamente, pero ahora más en la oscuridad, sin los rayos de luz delatores que son su testimonio y que denunciaban la mierda que se mece a nuestros pies; en la orilla.

Juegos de la edad tardía

Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948).

Tusquets, 1989. 400 Páginas.

-¡Exacto! -gritó Gil, con gallos y astillas-. ¿No le he dicho que yo quería ser pensador?

-¿Y a qué espera?

-Es que no se me ocurre nada. Es terrible. Me pongo a pensar y nada. Yo tuve un maestro de niño que decía que los filósofos se dan más en las orillas del mar porque allí la gente come mucho pescado y el pescado tiene mucho fósforo. Solía decir, y perdóneme por la expresión: “Así come el mulo, así caga el culo”. Y aunque es una barbaridad, sin embargo yo creo que el destino de cada uno empieza en la fisiología. Mi problema, por ejemplo, son los ojos. Si los cierro, me ocurre que donde estaban los ojos se forman unos agujeros que los veo con la mente, y veo tantas chirivitas que me distraigo y no puedo pensar. Si los abro me distraen las cosas y tampoco puedo. A mí me admira la gente capaz de pensar hasta en un bazar. Yo enseguida me distraigo, es terrible. Además, me duelen los pies y las muelas, y sufro ardores de estómago. Yo, señor Faroni, nunca podré ser pensador. Yo soy un enfermo, eso es lo que soy -y se oyó como un sollozo reprimido.


Juegos de la edad tardía fue la ópera prima del ya consagrado Luis Landero, escrita a sus 42 años. Tras su publicación, fue galardonado con el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa. Y es que no es una novela del montón; está llamada a formar parte de los nombres propios que en el futuro se estudiarán como Historia de la Literatura en castellano. Yo diría que estos reconocimientos se deben, ante todo, a tres factores que Landero ha demostrado manejar magistralmente: por un lado la forma, la riqueza del estilo, por otro un humor que parece ser característico en el autor, patético y nostálgico, y por otro el perfil psicológico y el calado de su protagonista, Gregorio Olías.

Muy por el estilo de lecturas recientes, como la Intemperie de Jesús Carrasco, Juegos de la edad tardía es, en una de sus facetas, un indiscutible ejercicio de estilo, una demostración por parte del autor de un dominio total sobre el lenguaje. El lector se ve transportado continuamente en viajes descriptivos o reflexivos motivados por el recreo en el lirismo y la artificiosidad de la expresión. Este dominio está en gran parte de las ocasiones puesto al servicio de la descripción de situaciones de gran comicidad. Se trata, como se ha dicho, de un humor melancólico, triste y patético, cervantino, que resulta de hacer pasar los sinsabores de la rutina por el filtro de las ambiciones y los sueños de juventud no realizados del protagonista.

Llegamos así al tercer gran elemento de la novela, el entrañable y a la vez miserable Gregorio Olías. La novela cuenta la evolución de este personaje, siendo la fuerza motriz de la misma la mencionada divergencia entre la descorazonadora existencia en la que se encuentra abandonado, una vida anodina y sin alicientes a la que le ha llevado su apatía y desilusión, y de otra parte sus fantasías, que vemos fraguarse en la infancia y que dibujan excéntricos delirios de brillantez intelectual, indomabilidad de espíritu, exóticas aventuras y desordenados romances. Al menos, como muchos hacemos, Olías puede asirse a la fantasía, al inagotable torrente de su imaginación, que se esparce por toda la novela configurando una atmósfera onírica con la que Gregorio adereza su día a día.

El hecho fatal ocurre con la aparición de Gil, un compañero de trabajo con el que mantiene una relación telefónica. Se presenta entonces ante Gregorio la oportunidad de vivir la ficción con la que siempre ha soñado, de jugar a juegos demasiado peligrosos haciéndose pasar por el personaje idealizado, al que bautizará como Faroni, mentira a la que se suma Gil, que fatalmente necesita un referente con el que consolar sus propias miserias. De esta forma, ambos personajes, ambos por necesidad, acabarán fundiéndose en el gran Faroni en una espiral de rebeldía, nostalgia, embustes, ambiciones frustradas y la amenaza constante del mortal golpe contra la realidad. Es imposible no sentirse identificado con Gregorio Olías porque es un personaje eterno. Su historia es la historia de todos los hombres que en el crepúsculo de sus vidas se descubren varados en una existencia que nunca habían pedido, y que se dan cuenta resignados de que en el viaje han naufragado todas sus ambiciones de hace años. Todos los que alguna vez hemos soñado, hemos aprendido también a conformarnos con destilar nuestros sueños en un pequeño Faroni que vive en nuestro interior, al que veneramos y atesoramos, pero al que nunca, como hace Olías, hemos de dejarle tomar los mandos.