Ensayo

La desfachatez intelectual

Ignacio Sánchez-Cuenca (Madrid, 1966), 2016.

Catarata, 5ª ed. 221 páginas.

Son muchos los ejemplos de intelectuales que han interpretado el reconocimiento público que reciben por su obra literaria como una forma de impunidad. Llegados a cierto punto de “consagración”, saben que digan lo que digan, por muy arbitrario o absurdo que resulte, nadie les va a mover la silla. Es como si la acumulación de malas ideas y opiniones infundadas no tuviera apenas impacto sobre su reputación, de modo que ningún periódico se atreverá a prescindir de sus servicios, ni las editoriales rechazarán sus manuscritos ni les dejarán de invitar a conferencias, cursos de verano y demás actos culturales y académicos.      [p. 13]

 

Cuando a un novelista de éxito una firma editorial le ofrece un contrato como columnista, u “opinador” en general, en una publicación periódica, se le plantean dos alternativas honestas: declinar la oferta, pues su ámbito es la literatura, no el análisis político o económico, o bien aceptar la oferta y escribir con la documentación previa y la modestia de quien es intruso en temas ajenos. El problema está en que muchas veces optan por una tercera opción: aceptar la oferta, y escribir artículos mal documentados, no referenciados, superfluos, frívolos y en los que, antes que el rigor, tiene más interés una retórica con gancho que no diga nada de valor. Es el caso de Pérez-Reverte en XL Semanal, Félix de Azúa, Javier Cercas, Muñoz Molina y Fernando Savater en El País,  Jon Juriasti en ABC, y muchos otros. A veces, incluso, este modus operandi les da para todo un libro (por ejemplo, el aquí analizado Todo lo que era sólido, de Muñoz Molina: https://solidosyamorfos.wordpress.com/2016/03/11/todo-lo-que-era-solido/). Más allá de su indiscutible capacidad literaria, todos estos autores se han convertidos en perfectos instrumentos de marketing, aprovechando la polémica de moda en cada momento, sea o no de relevancia pública, siempre al servicio de la máxima “lo que interesa es vender al peso, y no la calidad del género”.

Ignacio Sánchez Cuenca, profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III y autor en Infolibre, saca a relucir todas estos patinazos con un estilo aséptico, dejando claro que su reclamación se centra exclusivamente en su campo competencial, y no dando ni una sola afirmación sin contrastar y con la correspondiente referencia bibliográfica. Aunque le sobran páginas en los capítulos sobre el nacionalismo vasco y catalán, es un libro necesario para aprender a juzgar antes de aplaudir, para desacralizar y para forjar un espíritu crítico cada vez más urgente, pero cada vez más difícil de encontrar. Muy necesario. Y, además, de lectura muy entretenida.

Todo lo que era sólido

Antonio Muñoz Molina (Úbeda -Jaén-, 1956).

Seix Barral, 2013. 14ª ed. 253 páginas.

 

Hay que saber qué se olvida, y qué se recuerda. No se puede olvidar el valor y la precariedad de lo bueno que se ha conquistado porque entonces se olvidará también la necesidad de su defensa constante. (pág 203)

 

He de confesar que la inspiración para escribir esta reseña se la debo al programa El Intermedio, de La Sexta. El día 10 de marzo entrevistaron a Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor de la Universidad Carlos III que acaba de publicar La desfachatez intelectual, en el que denuncia la vacuidad, la falta de contenido, de la que adolecen en muchas ocasiones las opiniones políticas vertidas por la clase intelectual. Aprovechando más su renombre, su originalidad, su dominio del lenguaje o su vehemencia, se permiten restar importancia al rigor y al contraste. Y como ejemplo, se citó precisamente la obra que yo me disponía a comentar, este Todo lo que era sólido de Muñoz Molina (Úbeda -Jaén-, 1956). Darme cuenta de que yo le veía los mismos defectos a este ensayo me hace sentir un estúpido orgullo. Yo pensaba compararlo con Mañana será tarde, de José Antonio Zarzalejos (Planeta, 2015), sugiriendo quizás las diferencias de forma que se pueden encontrar entre un ensayo escrito por un periodista y otro escrito por un novelista, un literato o un intelectual en el sentido más frecuente. Diferencias que afectan en primer lugar a la importancia de las cifras y los datos, y en segundo lugar al estilo y al carácter sugerente frente al exhaustivo. En este libro, tenemos que esperar hasta la página 143 (de 252) para encontrar los primeros datos objetivos. En ocasiones se vuelve a las mismas ideas de una forma un tanto machacona. Algunas acusaciones son poco o nada argumentadas, como la insistencia en el despilfarro público en festejos y celebraciones, mientras que la mayoría cuentan sin duda con el respaldo de la lucidez y la generosidad con las que dota la cultura. Lucidez que queda patente en las cargas contra la clase política, contra sus formas, contra la nueva y alienada cultura española, contra la plutocracia, contra la memoria y la gestión de nuestro pasado, contra el clientelismo de la administración, contra nuestra incapacidad para vigilarnos y exigirnos a nosotros mismos, contra nuestro castizo sectarismo e irracionalidad, contra los nacionalismos, y un largo etcétera que completan el rosario de nuestras vergüenzas. Pero incluso en estas ocasiones parece excesivo confiarlo todo a lo equilibrado del juicio, sin ejemplos, sin investigaciones que vayan más allá de la propia experiencia.

La obra de Sánchez-Cuenca, como decía, ilumina dos divorcios más en la vida civil española que hay que sumar al tradicional entre la clase política y la sociedad. Divorcios que se ponen especialmente de manifiesto en obras como esta. Por un lado, entre la clase intelectual y la política, y que muchas veces se traduce en denuncias un tanto vanas y sin compromiso como a las que he asistido leyendo este ensayo. Y precisamente por esta falta de compromiso, también al divorcio entre la clase intelectual y el resto de la sociedad. Entristece que la intelectualidad adolezca también de algo del sectarismo que trata de censurar. Y aun así, la que tengo entre mis manos es la decimocuarta edición del libro.

Pese a estas faltas, no dejamos de estar ante un libro de Muñoz Molina, y por tanto ante la sinceridad y el valor sin los cuales no se debería escribir sobre uno mismo; sobre los recuerdos, la melancolía y la desesperación. Sobre el sentir íntimo, en definitiva. Se trata más bien de una obra de testimonio, o de confesiones. Algo así como un diario. Un intento de llamada de atención que no pretende un diagnóstico profundo de la realidad. Y si lo pretende, no lo consigue. Esta llamada de atención se dirige contra la arrogancia con la que nos hemos deshecho de todo lo valioso que poseíamos en el pasado. La dignidad de la modestia o de la más franca pobreza, el sentido del valor del esfuerzo, el valor del imperio de la ley y de la democracia. Arrasado por los delirios de los nuevos ricos en los que nos hemos convertido, pareciera que el único legado de lo sólido sólo pervive en lo antiguo, en la memoria de quienes tienen que cargar, más que con la pesadez de sus miembros, con la de sus recuerdos y sus olvidos. Con la pesadez de la inhabitable España que estamos construyendo entre todos.

Historia del mundo contada para escépticos

Juan Eslava Galán (Arjona, Jaén, 1948).

Booket, 2014 (1ª ed. Planeta en 2012). 500 Páginas.

 

Fuera de su medio habitual, el pobre hominino pasaba más hambre que un caracol en un espejo. Se resignó a comer de todo: unas majoletas, un puñado de moras, una lechuga mustia, incluso la carroña que dejaban las fieras después de un festín. De frugívoro (comedor de fruta) se transformó en omnívoro (el que come de todo). Así, probando, probando, descubrió que la carne es muy energética, pura proteína, y se aficionó a ella. Es natural, su creciente cerebro le exigía proteínas.

– ¿Carne? -replica el hominino, nuestro querido antepasado-. ¿Podemos llamar carne, sin sarcasmo, a estos cuatro pingajillos que apuramos de los huesos mondos que desprecian los leones, las hienas y los buitres después de sus banquetes?

 

Declara el autor en la introducción: “Casi todo el mundo pasa por la escuela o por el instituto estudiando Historia como una asignatura más, prescindible, incluso antipática […]. Pasado el tiempo, muchos ciudadanos lamentan no haber prestado más atención a sus lecciones de Historia, como parte de una culturilla general que nunca sobra y que a veces echan en falta”. Pero leyendo este libro se da uno cuenta de que, aunque el lector sale claramente beneficiado de él y efectivamente queda cumplido con creces el propósito divulgador, este no es el fin principal de la obra, pese a las nobles intenciones declaradas. Se nota tanto que Eslava Galán disfruta con la Historia, y escribiendo Historia, que está claro lo que buscaba con esta Historia del mundo contada para escépticos: no tanto la divulgación para la que sus vastísimos conocimientos le facultan, como disfrutar recorriendo una vez más los sinuosos callejones del pasado de la humanidad. Cuando alguien consigue disfrutar tanto del aprender como nuestro autor, descubre que tiene en estos callejones un refugio, una solución anestésica en la que perderse y ampararse siempre.

Dispuesto pues a volver de nuevo a narrar las lecciones tantas veces narradas y a disfrutar con ello, resuelve el jiennense Juan Eslava Galán, Premio Planeta con En busca del unicornio, hacerlo con desenfado, sin encorsetarse en academicismos ni pulcritudes. Vertiendo opinión, pasando de largo de lo enrevesado sin perder rigor, con buenas dosis de humor y sarcasmo, y reconociendo sus fobias y sus predilecciones. Describiendo su visión del mundo y de las corrientes que lo han conformado, historiador e historiógrafo. Estamos ante un libro que a priori parece que llevará en leer mucho más tiempo del que luego es necesario, gracias a una prosa entretenidísima, distribuida en breves y concisos capítulos.

Como también se dice en la introducción, esta obra es un volumen de una colección de libros de Historia Contada para escépticos, en las que el autor pretende desplegar este buen hacer con otros episodios. Así, está publicada una Historia de la Segunda Guerra Mundial, una Historia de la Primera Guerra Mundial y una Historia de España contadas para escépticos, así como de otros ensayos del mismo autor que parecen mantener el mismo tono, como El catolicismo explicado a las ovejas. Habrá que estar atentos.

A la izquierda de lo posible

Julio Anguita (Fuengirola, Málaga, 1941) y Juan Carlos Monedero (Madrid, 1963).

Icaria, 2013. 115 Páginas. 10 €.

Un posicionamiento presente en el debate político español actual, nacido a la luz de fenómenos como el 15-M o la plataforma Frente Cívico (que aparece en 2012), supone una enmienda a la totalidad del funcionamiento del sistema imperante, formulada desde una reivindicación del sentido común y de respeto a la legalidad vigente, y no identificado con el discurso de la izquierda tradicional. Esta “legalidad vigente” no es otra que la de predicamento más universal, la que hace alusión a los derechos más básicos, más elevados, y sin embargo más frecuente y flagrantemente ignorados, del hombre y el ciudadano. De esta legalidad se supone que es depositario, para más inri, el constitucionalismo español. Hecho por lo demás irrelevante habida cuenta de que en el desenvolvimiento de la política española la Constitución no es más que parte del decorado.

Si se toma esta base de civismo como vara de medir, en España no se salvan ni los cimientos. En nuestro caso, la Transición del 78. Una clase política que ha permitido que un autócrata muera en la cama nos pretende vender ahora su impulso y su compromiso democrático renovador. Así, como si fuera algo de toda la vida. Mientras subrepticiamente se hace un lavado de currículum a la autoridad adicta al régimen. Dice Monedero “defender el nazismo en Alemania era un delito, y en España, un franquista como Fraga […] escribía la Constitución”.

Siguiendo esta línea, A la izquierda de lo posible pretende ser una reflexión a dos voces, breve y general que aborde todos los puntos, sobre el resultado de mirar el estado de la convivencia desde la óptica de este universalismo de la dignidad, indagar en las causas y además esbozar un modelo de actuación acorde al resultado de este análisis. Bajo este prisma, la izquierda aparece inepta, corrompida por una acuciante crisis de liderazgo y por el poder. Y además miserablemente, pues muchas veces este poder sólo se articula a través de una representación testimonial como miembros en minoría de un pacto de gobierno. Por otro lado, la clase de los intelectuales, muy aludida en el texto, se revela crucial en una sociedad tan profundamente inculta, tan acostumbrada a que le digan lo que tiene que hacer. Ellos podrían tener la responsabilidad, si no de construir, al menos de rescatar del olvido los referentes históricos. Pero parece ser que se ha desentendido tradicionalmente del tema. Mientras tanto, el capitalismo especulativo imperante en el mundo precariza cada vez más las clases medias, al ciudadano en general y el modelo de integración europea.

Hasta aquí la intención, pero el resultado es bastante difuso. ¿Algo inherente al diálogo como género, o es que este género no es el adecuado para un cometido de ensayo político? El libro no es claro. Las relaciones de causa no están bien explicadas, cuando las hay. Sobre todo en el caso de Monedero, el discurso se reduce demasiadas veces a un galimatías de consignas, diagnósticos y acusaciones (y por si fuera poco, se denuncia que ésa es precisamente una de las señas de identidad de la derecha histórica española). Como consecuencia de la poca profundidad, se cae en sutiles contradicciones, como la que reclama el empoderamiento de una sociedad a la que sin embargo se tilda (por más que sea acertadamente) de postrada y falta de inquietudes.

Este espíritu de universalidad de los derechos del hombre que se mencionaba más arriba está difusamente presente a lo largo del diálogo. Es como un principio motor, un axioma virtuoso que se pretende que guíe el discurso y que es lo que se salva. Por lo demás, uno termina la lectura desconcertado. Hasta que vuelve a la contraportada y recuerda que está escrito por políticos.

Mañana será tarde

José Antonio Zarzalejos (Bilbao, 1954).

Planeta, 2015. 320 Páginas.

José Antonio Zarzalejos (Bilbao, 1954) es una de las voces respetables entre las que diseccionan la historia actual de nuestro país, a lo cual sin duda ha contribuido su carrera, que incluye responsabilidades como la de editor de El Correo de Bilbao (1989 – 1999), director de ABC (1999 – 2004 y 2005 – 2008), secretario general del grupo Vocento (2004 – 2005) y colaborador de El Confidencial (2009 – hoy), además de colaborar en distintas entidades empresariales y de comunicación. Es autor de otros ensayos políticos y sociales, como Contra la secesión vasca (2005) y La destitución. Historia de un periodismo imposible (2010).

La crisis económica provocada por el derrumbamiento de la empresa financiera Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008 ha cristalizado, según los países, en consecuencias sociopolíticas diversas. En el caso de España, las urgentes medidas de ajustes iniciadas con la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero (2008–2011), y que se extienden hasta hoy, desembocaron en una devaluación de las clases medias, lo que ha acelerado un proceso de precarización del sistema político-institucional y expresado notoriamente a través de la desconfianza o desafección de la ciudadanía hacia sus clases dirigentes.

Los sucesivos gobiernos se han revelado ineficaces a la hora de llevar a cabo las reformas políticas que los nuevos tiempos requerían, y en todo caso se han limitado a imponer atropelladamente el dictado de recortes, reformas y rescates de la troika, pero mediante los mismos engranajes de siempre. En un alarde de estrechez de miras, no se alteró el statu quo en lo más mínimo. Empezando por la reforma del artículo 135 de la Constitución (la famosa “regla de gasto”) de Zapatero en 2011, con el beneplácito de la oposición popular; siguiendo con la abdicación de Juan Carlos I, medida que tampoco es más que un parchetazo de urgencia sin reformar ni resolver fallo sistémico alguno; y terminando con la profundización de la grieta de Cataluña y del País Vasco. Y, alarmantemente, los medios de comunicación participan del debilitamiento, perdiendo su valor de contrapeso vigilante abandonándose al mercantilismo.

Dejando de lado cuestiones que quizá también merecían una detención, como el estado de la Justicia y la Educación, Zarzalejos separa y disecciona cada uno de estos síntomas en un análisis que cuenta entre sus méritos encuadrarlos en el marco histórico-político de forma rigurosa y exhaustiva.

Los colores de la corrupción

Según el autor, el principal problema a solucionar en la lucha contra el ambiente de crisis de corrupción en el que nos encontramos no es tanto el de las prácticas corruptas, sino el de las prácticas “corruptoras”, es decir, todos aquellos factores que inducen o permiten la corrupción convirtiendo así muchos de los casos en no constitutivos de delito. Es, por tanto, más una responsabilidad del sistema que lo permite que de los actores que se aprovechan de él. Ahí están el Consejo de Administración de Caja Madrid incitando al gasto con tarjetas black con el objetivo de crear una red clientelar endogámica, los mecanismos de financiación de las Cámaras Legislativas que permiten los viajes a Canarias de Monago, las competencias urbanísticas de Ayuntamientos libres de los extinguidos Cuerpos Nacionales de la Administración Local, la Ley de Financiación de Partidos, etc. Y contra todo esto, una serie de medidas paliativas que se podrían englobar en una propuesta de “rescate a la justicia” y que pase, por ejemplo, por modificar la Ley de Enjuiciamiento Criminal que convierte cada instrucción en un sumario titánico eterno.

Llama la atención que se mencione aparentemente tan de pasada el aspecto ético del problema que subyace en el hecho de que, por mucho que los mecanismos lo permitan, alguien se ofrezca a una corrupción deliberada. Como dice el autor, “los circuitos de responsabilidad política y jurídico-judicial son radicalmente diferentes”, y esto no se entiende sin la llamada a una responsabilidad pública que se antoja hoy más necesaria que nunca.

El Rey y las líneas rojas

La crisis constitucional ha venido a coincidir en el tiempo fatídicamente con una serie de desafortunados incidentes protagonizados por la Corona como institución, la Familia Real e incluso directamente la persona del monarca Juan Carlos I, empezando por las disculpas por cazar elefantes en Botsuana en 2012, pasando por los escándalos de corrupción, la desestructuración familiar y poniendo la guinda con la bochornosa Pascua Militar de enero de 2014. Puesto que una jefatura de estado no electiva constituye una anomalía democrática, sólo puede sostenerse si aporta ciertos beneficios. Una Corona totalmente funcional “puede comportarse como contrafuerte del edificio estatal porque no se somete a los vaivenes de la renovación democrática o al desgaste del ejercicio efectivo y constante del poder”. El recambio en la persona de Felipe VI puede ser una oportunidad de oro para recuperar la legitimidad perdida. Para ello, la irreversibilidad del actual estado del problema obliga a una reforma constitucional que propicie un referéndum vinculante que la respalde por un lado y que, por otro, la someta a sus obligaciones de “ejemplaridad, la superación de cualquier tipo de partidismo, la transparencia […], la laboriosidad del titular y de su familia y el cumplimiento estrictísimo de sus funciones constitucionales”.

Cataluña, la grieta española

Es cuando más perdido parece el proyecto de Estado cuando menos sentido parece tener sostenerlo en común. Por eso, de la mano de los fantasmas económicos vuelven los fantasmas territoriales. La legitimidad de sus argumentos constituye su mejor arma, que hoy en día se hace acompañar desde el poder por una comparsa que incluye manipulación, un uso distorsionado de la historia, una idiosincrasia victimista y un rosario de organizaciones “sociales” y publicidad escénica. Por otro lado, e igual de importante, está la nefasta gestión que, para no faltar a nuestra cita con la Historia, se hace desde el gobierno central: quietismo cuando no reaccionarismo y actuaciones institucionalizadas que dejan un regusto a autoritarismo y politización (supresión del Estatut por el Tribunal Constitucional en 2010). A lo que hay que sumar el vacío político dejado por el viraje nacionalista de la izquierda catalana. Todo esto forma el caldo de cultivo perfecto para que el desastre económico se convierta también en un nuevo episodio de la crisis de convivencia catalana que reabre no pocas grietas sociales: entre CDC-UDC, entre CDC y los empresarios, entre ciudadanos, amén los pactos antinaturales entre coaliciones tan diferentes como CDC, ERC y la CUP.

Da la impresión que el análisis que hace el autor del problema catalán peca de superficial. El origen del debate no parece una auténtica reacción secesionista popular. A la vista de la historia reciente, da la impresión de que se trata de un uso interesado y oportunista del nacionalismo por parte de una clase dirigente para anquilosarse en el poder. Debatir sobre Cataluña hoy puede significar debatir no sólo sobre una eventual escisión, sino sobre la prostitución de las convicciones de una sociedad con la simple excusa del ansia de poder.

Ocho apellidos vascos

La diferencia fundamental que se señala entre el problema vasco y el catalán es que el vasco puede ser un problema con un contenido más sociológico. Nadie debería dar las gracias porque se le perdone la vida por el libre desempeño de sus derechos. La sociedad vasca puede, dice el autor, estar aún “enferma” (lit.) por haber obviado el ejercicio de reflexión y contrición necesario para darse cuenta de ello. ETA no ha sido simplemente una banda terrorista. ETA ha contado con un tentáculo civil que ha contribuido a atemorizar a los vascos hasta el punto de resignarlos o hacerlos colaboradores. Colaboradores ciudadanos como unos empresarios obligados a ceder al chantaje, colaboradores políticos como un PNV que lo ha usado para beneficio propio sin ningún tipo de escrúpulo, o colaboradores políticos en la figura del propio Estado español al participar en su juego sucio en forma de GAL o al proveernos de una justicia a efectos prácticos inoperante (como atestiguan los numerosísimos expedientes pendientes aún de cerrar). Por tanto, la respuesta del Estado vuelve a no estar a la altura, y el espíritu de Ermua acabó malográndose. Por un lado, la derrota de la internacionalización del conflicto impide actuaciones autónomas de instituciones como la Fiscalía o el Congreso. Por otro lado, la lucha armada no ha concluido con una rendición, sino que se ha transformado en un debate político contra un abertzalismo impenitente que se felicita de que no nos demos cuenta de que condenar la violencia no implica condenar unas ideas.

Poder tóxicos y medios prostituidos

En momentos tan convulsos como éstos, parece que el contrapeso periodístico al poder es imprescindible. Pero nos permitimos el lujo en España de prescindir de él. Los medios de comunicación españoles están gravemente deteriorados debido a su conglomerado con el poder político y económico, que ha difuminado la frontera entre intereses e información. Para el autor, el origen está en la aventura multimedia de las primitivas empresas de información. La mala gestión de esta aventura las ha sometido a las licencias públicas y a las inversiones privadas. Los intereses de terceros han llegado a tener tanto peso que hoy en día se entienden prácticas tan humillantes como ruedas de prensa sin preguntas o directamente a través de circuitos cerrados de televisión desde la habitación de al lado. La ley 17/2006 del gobierno socialista de Zapatero parecía una solución. RTVE alcanzó sus cotas máximas de audiencia y valoración, pero duró poco. Las presiones del sector privado forzaron la modificación de sus cauces de financiación y su nueva subordinación a la inversión pública y privada.